Hay algo peculiar en descubrir que llevas años habitando un territorio artístico sin saber que alguien ya había trazado el mapa. Que esa necesidad tuya de convertir cada línea en verso , de buscar la emoción desbordada, de hacer que cada palabra vibre con sensación física, tiene un apellido: lorquiano . No como imitación, sino como parentesco espiritual. En los espacios improbables donde comencé — salones parroquiales con sillas plegables, aulas convertidas en escenarios improvisados, tarimas escolares decoradas con papel crepé— yo no sabía que estaba siendo lorquista. Simplemente no podía hacerlo de otra manera. El descubrimiento en los márgenes El teatro aficionado tiene algo de laboratorio secreto. Sin la presión de lo profesional, sin las convenciones de lo establecido, uno se permite explorar desde el instinto puro. En esos espacios religiosos y académicos donde el teatro era más vocación que oficio, yo dirigía o actuaba con una certeza inexplicable: cada palabra debía pesar,...
Un rincón en medio del alborotado internet de siempre. Una voz en medio del bullicio normalizado.