Hay preguntas que parecen simples hasta que alguien las hace en voz alta en el momento justo. La Dra. Maribel Núñez Méndez tenía esa habilidad. Una de esas clases de posgrado —de esas donde uno llega creyendo que ya sabe lo suficiente y sale con la cabeza ligeramente desencajada— lanzó la pregunta al aire de la sala como quien suelta una piedra en agua quieta: ¿A quién le pertenece el significado de un texto? ¿Al autor que lo escribió, al lector que lo recibe, o al texto mismo? El silencio que siguió duró exactamente lo que tarda una clase de adultos en decidir si alguien más va a hablar primero. Luego empezaron las respuestas. Y fue ahí donde la cosa se puso interesante. Alguien dijo, con la seguridad de quien ha pensado en esto antes: "Depende del lector. Cada quien lee desde su experiencia." Otra voz, desde el otro lado del aula, levantó la mano para matizar: "El autor tiene sus intenciones. Quizás no controla cómo lo perciben, pero las intenciones están."...
Durante años he recibido distintas muestras de gratitud por parte de mis estudiantes. Algunas llegaron en forma de mensajes, otras a través de reencuentros inesperados, y muchas mediante esos pequeños gestos que para un profesor significan más de lo que suelen imaginar quienes están fuera del aula. Con el tiempo aprendí que, por mínimas que parezcan, esas manifestaciones de afecto y reconocimiento son importantes. Son la evidencia de que el trabajo realizado dejó alguna huella. Todavía hoy recibo mensajes de antiguos alumnos que me recuerdan una clase, una conversación o algún consejo que les ofrecí en un momento particular de sus vidas. Y cuando hablo de esos recuerdos, no me refiero necesariamente al "buen maestro" entendido como el que más sabe o el que domina mejor una materia. Me refiero al buen maestro que, además de enseñar, logra convertirse en una presencia significativa: un guía, un referente, un modelo o simplemente un adulto confiable en quien un joven puede...