Quienes siguen de cerca mis ensayos y reflexiones saben que, entre mis múltiples intereses, el análisis de las brechas generacionales ocupa un lugar preponderante. Esta inquietud no es meramente teórica; nace de la observación diaria y del rigor intelectual que exige comprender nuestro tiempo. Mis constantes interacciones con compañeros de la Generación Z fueron, de hecho, el motor que me impulsó a concebir Trabajar no es Terapia , una obra de corte serio donde abordo, entre otras cosas, las fricciones entre las nuevas sensibilidades y la realidad ineludible del esfuerzo sostenido. Siempre me ha fascinado cómo cada cohorte demográfica construye sus propios mitos, hasta que el peso del mundo se encarga de desmantelarlos. El TDAH y otras corrientes diagnósticas de moda Justamente reflexionaba sobre estas dinámicas cuando me topé con un breve, pero contundente, intercambio en la red. Un usuario preguntaba, con evidente sarcasmo: «¿Ya la generación Z no hace alarde de parecer T...
Yo sé que la IA, con todos sus debates, sus peligros y también sus aportes, ha provocado que su uso se masifique en prácticamente todos los niveles de la sociedad. Ya no es algo exclusivo de grandes empresas tecnológicas o de instituciones que antes tenían que pagar miles o millones de dólares a especialistas para implementar ciertas soluciones. Ahora está en todos lados. Y yo entiendo perfectamente por qué eso produce molestia en sectores como el diseño, la publicidad y otros trabajos creativos que, de alguna manera, sienten que han sido desplazados o relegados por las facilidades que ofrece la inteligencia artificial. Porque sería absurdo negar algo evidente: la IA optimiza tiempo. Y cuando una persona necesita resolver algo rápido, eso pesa muchísimo. El fin de las excusas para la mediocridad Pero independientemente de esa molestia —que en parte también es entendible— hay algo de la IA que sí me parece profundamente positivo. Y es que ya casi nadie tiene excusa para presen...