Siempre me ha generado una mezcla de ternura y desconcierto —a veces incluso una risa involuntaria— escuchar a madres jóvenes en redes sociales, particularmente en Instagram, hablando de lo “peligroso” que es romantizar la maternidad. El discurso suele comenzar con una advertencia bien intencionada y continúa con una lista de situaciones difíciles: el cansancio, la renuncia, la soledad, el desgaste emocional, la pérdida de tiempo propio. Como si todo eso fuera un descubrimiento reciente. Como si alguien, en algún momento de la historia, hubiera creído seriamente que ser madre era fácil. La maternidad nunca ha sido romantizada en la experiencia real. Jamás. Ha sido dura, exigente, absorbente y, muchas veces, cruel. Lo fue cuando nuestras abuelas tuvieron trece o catorce hijos. Lo fue cuando nuestras bisabuelas parían dieciséis o dieciocho veces, muchas sin sobrevivir todos los partos, muchas sin ver crecer a todos sus hijos. Lo fue cuando nuestras madres criaron dos, tres o cuatro hijo...
En 1984, Michael Jackson se encontraba en la cima absoluta del mundo del entretenimiento. Thriller había redefinido los límites del éxito comercial en la música popular, convirtiéndose en el álbum más vendido de todos los tiempos con más de 20 millones de copias vendidas solo en Estados Unidos (Taraborrelli, 2004). Su presentación del moonwalk en el especial televisivo Motown 25: Yesterday, Today, Forever había cautivado a millones de espectadores y lo había catapultado a un nivel de fama sin precedentes. Sin embargo, justo en este momento de triunfo individual, Michael tomó una decisión que definiría tanto su carrera como sus relaciones familiares: aceptar realizar una última gira con sus hermanos, el Victory Tour . El documental The Tour Michael Jackson Never Wanted to Do: The Jacksons: Road to Victory (The Detail, 2024) presenta esta historia como una narrativa de obligación familiar y despedida nostálgica. Sin embargo, un análisis más profundo revela una realidad mucho más com...