Hay algo que como docente he comenzado a observar con más claridad en los últimos años: nuestros estudiantes no solo están aprendiendo en un contexto distinto, sino que están desarrollando una relación diferente con el conocimiento. Durante mucho tiempo, estudiar implicaba conservar información. No porque todo tuviera que memorizarse de manera mecánica, sino porque había conocimientos que uno entendía que debía tener disponibles. Capitales, fechas, nombres, regiones, acontecimientos, conceptos, autores, referencias culturales. Esa información servía como ancla para comprender otras cosas. Hoy esa lógica ha cambiado. Diccionarios, enciclopedias y libros de consulta: durante décadas, conservar conocimiento también respondía a la dificultad de recuperarlo inmediatamente. Imagen: Wikimedia Commons. El estudiante vive rodeado de dispositivos que le permiten acceder a una respuesta casi de inmediato. Incluso un teléfono de baja gama puede resolver en segundos ...
[REFLEXIÓN] La mujer de 4.62 estrellas Sobre lo que cambia cuando la calificación tiene nombre y cara Uso Uber casi todos los días de trabajo. De lunes a viernes necesito moverme entre mis compromisos y, como no conduzco, la aplicación dejó hace tiempo de ser para mí una comodidad ocasional. Es parte de mi rutina. Uno termina aprendiendo cosas sin proponérselo: reconoce los horarios difíciles, sabe cuándo un conductor aceptará un viaje y luego se arrepentirá de la distancia, aprende cuáles rutas funcionan mejor y hasta desarrolla una relación extraña con las estrellas. No soy obsesivo con las calificaciones. Pero las veo. Y después de tantos viajes uno comienza a saber, intuitivamente, qué significa un 4.96, un 4.83 o un 4.75. Por eso hoy algo me llamó inmediatamente la atención. 4.62. Era una mujer. Miguelina. Treinta y un viajes. Cinco días conduciendo. Lo primero que pensé no fue que manejara mal. Pensé exactamente lo contrario. Me pa...