Ir al contenido principal

[HISTORIA] El debate: Es Nuestra Nación Libre desde ¿1844 o 1865? (IX)

Cualquiera que haya conversado lo suficiente sobre historia dominicana se ha topado, en algún momento, con una discusión que parece simple a primera vista pero que en realidad esconde una tensión semántica e histórica profunda: ¿la verdadera independencia dominicana ocurrió en 1844, cuando se separó de Haití, o en 1865, cuando se desvinculó definitivamente de España tras la breve anexión liderada por Pedro Santana?

La pregunta no es trivial, y tampoco es nueva. Aparece recurrentemente en sobremesas, en redes sociales, en columnas de opinión, y curiosamente divide a la gente en líneas que no siempre coinciden con lo que cabría esperar. Este artículo, que cierra la serie completa trazada desde la Revolución Francesa hasta la fundación de la nación dominicana, busca desarmar el argumento de cada bando con el cuidado que merece, porque ambos parten de premisas reales, aunque conducen a conclusiones distintas. La postura que sostiene este artículo es clara desde ya: 1844 es el verdadero nacimiento de la nación. Pero llegar a esa conclusión exige primero tomar en serio el argumento contrario.

El argumento a favor de 1865: la lógica de la desvinculación final

Quienes defienden 1865 como el verdadero nacimiento de la nación suelen apoyarse en un argumento que, a primera vista, tiene peso real: España, después de todo, había perdido interés genuino en el territorio mucho antes de 1844. Como se desarrolló en detalle en el octavo artículo de esta serie, el desinterés español hacia Santo Domingo no era nuevo en el siglo XIX, se remontaba al siglo XVI, cuando la isla quedó relegada frente a la riqueza minera de México y Perú. España cedió el territorio a Francia en 1795 sin mayor resistencia, lo abandonó durante la España Boba sin inversión real, y, según este argumento, su soberanía sobre el territorio era, para mediados del siglo XIX, más una formalidad jurídica que una presencia efectiva.

Bajo esa lógica, el argumento continúa así: si España ya había perdido el interés real por el país un siglo antes, entonces la anexión de 1861 fue apenas un episodio anómalo y pasajero, y su reversión en 1865, la evacuación final de las tropas españolas, descrita también en el octavo artículo de esta serie, representa el momento en que España renuncia, esta vez de manera definitiva e irrevocable, a cualquier pretensión sobre el territorio. Sería, en este sentido, el verdadero corte final del cordón colonial español, el punto donde ya no queda ninguna potencia europea con vínculo formal sobre la isla.

Hay también, dentro de este argumento, una segunda capa: la Guerra de Restauración de 1863-1865 sí tuvo un carácter de movilización popular masiva y de resistencia armada sostenida contra una ocupación extranjera reciente, con batallas, líderes militares y un relato de unidad nacional contra el invasor que, para algunos, se asemeja más a lo que históricamente se entiende como una "guerra de independencia" clásica que el propio 27 de febrero de 1844, percibido por estos sectores como una proclamación más administrativa que bélica en su origen inmediato.

Por qué a tanta gente le genera ruido reconocer 1844 como proyecto de independencia

Aquí conviene detenerse en algo central para este debate: por qué, para mucha gente, el concepto mismo de "separación", la palabra que efectivamente usaban los propios Trinitarios en sus manifiestos de 1844, genera resistencia a la hora de reconocerlo como un proyecto de independencia plena, equiparable en peso simbólico a otras independencias latinoamericanas del mismo siglo.

Hay, al menos, tres razones distinguibles detrás de ese ruido semántico:

Primera, la palabra "separación" suena, en el oído contemporáneo, a algo más administrativo que fundacional. "Independencia" evoca la creación de algo nuevo desde cero; "separación" evoca, en cambio, la ruptura de un vínculo previo entre dos partes que ya coexistían dentro de una misma estructura. Para una sensibilidad moderna acostumbrada a pensar las independencias como rupturas dramáticas frente a un imperio lejano y claramente "extranjero", como la independencia de las colonias españolas continentales frente a España, o la propia independencia de Estados Unidos frente a Gran Bretaña, una "separación" de Haití, un territorio vecino e inmediato dentro de la misma isla, no encaja del todo en ese molde narrativo esperado.

Segunda, la anexión de 1861 introduce una confusión retrospectiva real. Si Pedro Santana, el mismo hombre que financió y lideró militarmente la gesta de 1844, terminó diecisiete años después entregando voluntariamente la soberanía recién conquistada a España, resulta tentador para algunos concluir que esa primera independencia nunca fue del todo genuina o consolidada, que era, en el fondo, una intención frágil, fácilmente reversible, y que solo tras la experiencia de haber sido anexados y haber tenido que luchar de nuevo para desvincularse, el país adquirió una conciencia de soberanía verdaderamente irreversible.

Tercera, persiste una idea, parcialmente justificada por la propia historia que esta serie ha desarrollado, de que Haití, como vecino inmediato y como potencia que ya había logrado su propia independencia décadas antes, representaba una amenaza de naturaleza distinta a la de una potencia europea lejana como España. Para parte del imaginario histórico, separarse de un vecino caribeño se siente, semánticamente, como un conflicto regional o fronterizo, mientras que desvincularse de España, la antigua metrópoli colonial original, la que había fundado la propia identidad lingüística y religiosa del territorio, se siente como la ruptura "verdadera" con el poder colonial de origen.

El argumento a favor de 1844: la intención de nación ya estaba completa

Frente a todo esto, hay un argumento sólido a favor de reconocer 1844 como el verdadero nacimiento de la nación dominicana, independientemente de la palabra exacta que utilizaran los propios protagonistas de la época.

El argumento parte de una distinción importante entre la intención política de un movimiento y la terminología que ese movimiento eligió para describirse a sí mismo. Es cierto que los manifiestos trinitarios hablaban de "separación" respecto de Haití. Pero basta leer esos mismos manifiestos, y entender el proyecto político completo de Juan Pablo Duarte, para notar que la intención detrás de esa palabra no era meramente administrativa ni fronteriza: era, de manera explícita, la fundación de una nación nueva, soberana, con identidad, bandera, gobierno e instituciones propias, completamente distinta tanto de Haití como de cualquier potencia europea. Duarte no concebía un simple reordenamiento territorial dentro de una misma estructura política; concebía, desde el inicio, un Estado dominicano autónomo con vocación de permanencia.

La palabra "separación", entonces, no debe leerse como una declaración de modestia sobre el alcance del proyecto, sino como la descripción más precisa, en el lenguaje de la época, del acto inmediato que estaba ocurriendo: dejar de estar bajo la administración de un gobierno extranjero, el haitiano, para constituirse en entidad propia. Es, en este sentido, funcionalmente equivalente a lo que otros procesos americanos del siglo XIX llamaron "independencia", aunque el vocabulario elegido fuera distinto.

La prueba diplomática: buscar reconocimiento internacional desde el primer día

Quizás el argumento más fuerte a favor de 1844 como nacimiento pleno de la nación es observar qué hicieron los propios protagonistas de ese momento inmediatamente después de proclamar la separación. No se comportaron como administradores de una transición territorial menor. Se comportaron, desde el primer momento, como representantes de un Estado nuevo que necesitaba ser reconocido como tal por el resto del mundo.

Durante los primeros cinco o seis años posteriores a 1844, los gobiernos dominicanos sucesivos enviaron representantes a distintas potencias, entre ellas, de manera nada casual dado todo lo desarrollado en esta serie, a la propia Francia, y también a otras naciones europeas y americanas, buscando activamente que se les reconociera formalmente como nación independiente. Este esfuerzo diplomático sostenido es, en sí mismo, una prueba contundente de la autopercepción del proyecto: no se trataba de una facción regional pidiendo autonomía administrativa dentro de otra estructura, sino de representantes de un Estado plenamente constituido pidiendo su lugar dentro del concierto de naciones reconocidas.

Es revelador, además, el propio nombre con el que el territorio era conocido internacionalmente antes de 1844 en buena parte de la correspondencia diplomática y los registros de la época: "el Santo Domingo francés" o "el Santo Domingo español", denominaciones que reflejaban precisamente la ausencia de una identidad nacional propia reconocida, subordinada siempre al nombre de la potencia que en cada momento ejercía control sobre el territorio. Que ese mismo territorio comenzara, a partir de 1844, a buscar ser reconocido bajo su propio nombre, República Dominicana, y no bajo el nombre de ninguna metrópoli, es en sí mismo un indicador claro de que ahí, y no en 1865, se estaba fundando algo genuinamente nuevo.

La prueba militar: la nación que se defendió desde el primer mes

Hay, sin embargo, un segundo tipo de evidencia, menos simbólica y mucho más concreta, que refuerza con fuerza adicional el argumento a favor de 1844: la intensidad y la frecuencia de los enfrentamientos armados que el país sostuvo en defensa de esa independencia recién proclamada, prácticamente desde el primer mes de existencia del nuevo Estado.

Apenas trece días después del grito de independencia, el 13 de marzo de 1844, se produjo el primer choque armado en Fuente del Rodeo, bajo el mando dominicano de Fernando Tavera contra las fuerzas de Charles Rivière-Hérard. No fue un hecho aislado ni un escaramuza simbólica: fue el inicio de una serie ininterrumpida de batallas que se extendería, con distintas intensidades, durante más de una década.

La siguiente tabla recoge las principales batallas de este período, organizadas en dos grandes etapas: la etapa propiamente independentista (1844-1845), en la que se concentran nueve enfrentamientos en apenas dieciocho meses, y una etapa posterior de consolidación (1849-1856), en la que la joven república debió volver a tomar las armas para sostener lo que ya había conquistado.

Batalla Fecha Triunfador General dominicano Derrotado haitiano Bajas registradas Importancia
Fuente del Rodeo 13 marzo 1844 RD Fernando Tavera Charles Rivière-Hérard 1 herido RD Primer choque armado en defensa de la independencia
Cabeza de Las Marías 18 marzo 1844 Haití Manuel de Regla Mota Gral. Souffrand - Temprana victoria haitiana en el sur
Azua 19 marzo 1844 RD Pedro Santana Charles Hérard y Souffrant +1000 haitianos Primera gran victoria dominicana
30 de Marzo (Santiago) 30 marzo 1844 RD José M. Imbert Jean-Louis Pierrot +600 haitianos Victoria clave en el norte; salva Santiago y el Cibao
El Memiso 13 abril 1844 RD Antonio Duvergé Pierre Paul y Brouard - Importante victoria en Azua
Tortuguero 15 abril 1844 RD J. B. Cambiaso - - Primera victoria naval dominicana
Cachimán dic. 1844/1845 RD Antonio Duvergé Grales. Seraphin y Denis - Victoria fronteriza
La Estrelleta 17 sept. 1845 RD José J. Puello Jean-Louis Pierrot 3 heridos RD Victoria convincente en la frontera
Beller 27 oct. 1845 RD F. A. Salcedo Jean-Louis Pierrot +350 haitianos Victoria decisiva en Dajabón
El Número 17 abril 1849 RD Antonio Duvergé Jean F. Jeannot - Victoria ante fuerza mayor haitiana
Las Carreras 21 abril 1849 RD Pedro Santana Faustino Soulouque 3 generales haitianos Derrota del propio emperador haitiano en persona
Santomé 22 dic. 1855 RD José María Cabral Antoine Pierrot † 695 muertos Victoria en el Sur
Cambronal 22 dic. 1855 RD Francisco Sosa Pierre Rivière Garat † 350 muertos Victoria en Bahoruco
Sabana Larga 24 enero 1856 RD/Cuba J. L. Franco Bidó Faustino I de Haití 1500 muertos Última gran invasión haitiana repelida

Lo que esta tabla aporta al debate

Esta cronología militar, leída con cuidado, alimenta argumentos en ambas direcciones del debate, y es justo reconocerlo así.

A favor de leer 1844 como nacimiento pleno, la tabla muestra que la nueva república no se limitó a proclamar su existencia y esperar a ver qué pasaba: la defendió, de inmediato, con las armas. Entre el 13 de marzo y el 27 de octubre de 1845 se libraron nueve batallas registradas, un promedio de aproximadamente una batalla cada dos meses durante el primer año y medio de vida del Estado. Las victorias de Azua y del 30 de Marzo, esta última salvando explícitamente a Santiago y al Cibao de la conquista haitiana, resultan especialmente significativas: consolidaron la idea, tanto interna como externamente, de que era posible derrotar a Haití y mantener la independencia, impidieron que los haitianos controlaran y dividieran el territorio recién independizado, y representaron, en el caso de Santiago, un golpe estratégico y moral considerable para los planes del gobierno haitiano de Charles Hérard. Una nación que se defiende con esta intensidad desde su primer mes de existencia no parece, bajo ningún criterio razonable, un proyecto frágil o meramente administrativo.

A favor de quienes ven en la prolongación del conflicto un argumento distinto, la misma tabla evidencia que la amenaza haitiana no fue un episodio puntual de 1844, sino una constante que se extendió, con intervalos, durante más de una década: la etapa de consolidación de 1849 a 1856 muestra que el país tuvo que volver a movilizarse en al menos cinco ocasiones más, incluyendo la notable derrota personal del emperador haitiano Faustino Soulouque en Las Carreras (1849) y la sangrienta batalla de Sabana Larga (1856), con 1.500 muertos, que representó la última gran invasión haitiana repelida por el ejército dominicano. Quienes prefieren leer la soberanía dominicana como un proceso más gradual, consolidado recién hacia mediados de siglo, encuentran en esta prolongación una evidencia de que la "independencia" de 1844 fue, durante años, una condición disputada y no garantizada, sostenida batalla a batalla más que asegurada de una vez por la sola proclamación.

La anexión de 1861-1865 como interrupción, no como prerrequisito

Bajo la lectura que sostiene este artículo, la anexión liderada por Pedro Santana en 1861 no debe entenderse como prueba de que la independencia de 1844 fuera incompleta o ilegítima, sino como una interrupción, motivada, como se explicó en el séptimo artículo de esta serie, por la obsesión personal y de larga data de Santana hacia el amparo de una potencia europea, de un proyecto de nación que ya existía plenamente desde diecisiete años antes, y que ya había demostrado, batalla tras batalla, su capacidad de defenderse y sostenerse en el tiempo. La Guerra de Restauración de 1863-1865, en esta lectura, no es la guerra que crea la nación dominicana; es la guerra que recupera una nación que ya había sido fundada en 1844 y que un sector de su propio liderazgo había entregado, en un acto de claudicación personal, a una potencia extranjera.

Es revelador, en este sentido, que el propio Pedro Santana, el mismo general que aparece liderando la victoria decisiva de Azua en 1844 y la derrota del emperador Soulouque en Las Carreras en 1849, sea también la figura que, años después, entrega la soberanía a España. Esto no contradice el argumento a favor de 1844; lo confirma con más fuerza. Santana defendió militarmente, con extraordinaria eficacia, una nación en cuya viabilidad de largo plazo nunca terminó de creer del todo. La nación, sin embargo, sobrevivió incluso a la falta de fe de uno de sus propios padres fundadores y principales generales.

Pudieramos decir hasta acá...

Esta distinción no es meramente semántica: tiene consecuencias directas sobre cómo se entiende la historia política dominicana. Si 1865 fuera el verdadero nacimiento, entonces 1844 quedaría reducido a un ensayo fallido, una especie de prólogo fracasado de la verdadera independencia, y las nueve batallas libradas entre 1844 y 1845, incluyendo la sangre derramada en Azua y en Santiago, quedarían reducidas a una nota al margen de un proceso todavía no real. Pero si, como sostiene esta serie, 1844 es el nacimiento real, entonces esas batallas se convierten en exactamente lo que fueron: la primera prueba de fuego de una nación que, desde su primer mes de existencia, ya sabía exactamente lo que estaba defendiendo, y 1861-1865 se convierte en lo que efectivamente fue, una traición de parte de su propia dirigencia hacia un proyecto nacional ya consolidado, seguida de la guerra que demostró que esa identidad, una vez nacida, ya no podía ser disuelta ni siquiera por la decisión de sus propios fundadores.

Este es, entonces, el cierre del recorrido completo que esta serie ha trazado: desde una crisis fiscal en la Francia de 1789, pasando por la primera independencia negra de la historia moderna en Haití, el abandono estructural español, los sucesivos intentos fallidos de asimilación cultural francesa y haitiana, hasta la noche del 27 de febrero de 1844, cuando un grupo de hombres, financiados por hateros y liderados por intelectuales con una idea clara de nación, decidieron que ya no querían ser "el Santo Domingo francés" ni "el Santo Domingo español" ni una provincia haitiana, sino, simplemente, República Dominicana.


Referencias

  • Fuentes históricas generales sobre los manifiestos y proclamas de La Trinitaria, liderada por Juan Pablo Duarte, Francisco del Rosario Sánchez y Ramón Matías Mella, y el uso del término "separación" respecto de Haití.
  • Fuentes históricas generales sobre las gestiones diplomáticas de los primeros gobiernos dominicanos (1844-1850) en busca de reconocimiento internacional ante distintas potencias europeas y americanas.
  • Fuentes históricas generales sobre la cronología de batallas dominico-haitianas del período 1844-1856: Fuente del Rodeo, Cabeza de Las Marías, Azua, 30 de Marzo (Santiago), El Memiso, Tortuguero, Cachimán, La Estrelleta, Beller, El Número, Las Carreras, Santomé, Cambronal y Sabana Larga, con sus respectivos generales, resultados y cifras de bajas.
  • Fuentes históricas generales sobre la derrota del emperador haitiano Faustino Soulouque en la Batalla de Las Carreras (1849) y sobre la Batalla de Sabana Larga (1856) como última gran invasión haitiana repelida.
  • Fuentes históricas generales sobre la anexión a España liderada por Pedro Santana (1861) y la Guerra de Restauración (1863-1865) como proceso de desvinculación final respecto de la Corona española.
  • Artículos I a VIII de esta misma serie, "De la Bastilla a Quisqueya: cómo la Revolución Francesa terminó forjando la nación dominicana", como fuente interna de referencia para la reconstrucción del recorrido histórico completo.