Hay un verso del Himno Nacional dominicano que resume, mejor que cualquier libro de historia, el argumento que cierra esta serie: "Más Quisqueya la indómita y brava / siempre altiva la frente alzará; / que si fuere mil veces esclava / otras tantas ser libre sabrá". Y más adelante, ese cierre que Emilio Prud'Homme dejó casi como advertencia y como promesa al mismo tiempo: "Que Quisqueya será destruida / pero sierva de nuevo, jamás".
Después de nueve artículos recorriendo cómo una crisis fiscal en la Francia de 1789 terminó, por una cadena de causas que cruzó el Atlántico, determinando la historia de la isla entera, este último artículo da un paso atrás y mira el cuadro completo desde otro ángulo: no el de los eventos puntuales, sino el de cómo los propios historiadores dominicanos han organizado esa historia en cuatro Repúblicas sucesivas, y cómo, llamativamente, cada una de ellas termina o comienza marcada por la intervención de una potencia extranjera.
La Primera República: nacida en guerra, muerta por su propio general (1844-1861)
La Primera República dominicana, como desarrolló en detalle el séptimo y el noveno artículo de esta serie, nació el 27 de febrero de 1844 en una carrera contra el tiempo entre dos proyectos políticos rivales, financiada en gran medida por el patrimonio privado de la élite hatera del este, y defendida casi de inmediato en una sucesión de batallas que no dejó dudas sobre la voluntad de sostenerla. Duró diecisiete años.
Y terminó, de manera casi simbólica, por la mano del mismo hombre que la había hecho posible militarmente: Pedro Santana, el general victorioso de Azua, proclamó en 1861 la anexión de la República a España. No fue una conquista externa impuesta por la fuerza desde fuera; fue una decisión tomada desde dentro del propio liderazgo fundador, motivada, como ya se exploró, por la convicción personal de Santana de que el país nunca podría sostenerse por sí mismo sin el amparo de una potencia europea.
La Segunda República: de la Restauración a la ocupación norteamericana (1865-1916)
La Segunda República arranca en 1865, tras la Guerra de Restauración que devolvió la soberanía dominicana después de la breve anexión española. Es, en la periodización que sigue este artículo, el período más largo de toda la historia republicana dominicana, cincuenta y un años, y también, hay que decirlo con franqueza, uno de los más caóticos: décadas de caudillismo desbordado, presidencias que duraban meses o, en el mejor de los casos, uno o dos años, golpes de Estado, guerras civiles internas y una inestabilidad institucional crónica que, vista con la distancia que da el tiempo, parece darle bastante la razón al propio Pedro Santana y a otros criollos de su generación que sostenían que el país, dejado a su propia suerte, simplemente no lograba gobernarse con un mínimo de continuidad.
Ese ciclo de inestabilidad no se resolvió por sí solo desde dentro. Se detuvo, en 1916, con una nueva intervención extranjera: la ocupación militar de Estados Unidos. Y aquí vale la pena hacer una pausa para reconocer algo que no siempre se dice con la misma franqueza con la que se condena la ocupación en sí: dentro de lo malo que tuvo, y tuvo mucho, empezando por la pérdida misma de la soberanía, esa intervención también dejó herencias que hoy forman parte de lo más entrañable de la identidad dominicana, como el propio béisbol, además de ciertas prácticas administrativas y de infraestructura estatal que contribuyeron, paradójicamente, a sentar bases para la organización del Estado que vendría después.
La Tercera República: de la ocupación a Trujillo, y de Trujillo a la Guerra Civil (1916-1965)
La Tercera República, en esta periodización, cubre un arco completo de casi cincuenta años: arranca con la propia ocupación norteamericana de 1916, y es, de hecho, dentro de ese mismo período de intervención extranjera y sus consecuencias inmediatas donde se fue gestando, entre bastidores, la figura que terminaría dominando casi tres décadas de la vida nacional: Rafael Leónidas Trujillo. Es uno de los giros más amargamente irónicos de toda esta historia: la ocupación que llegó, en parte, para imponer orden institucional terminó siendo el caldo de cultivo que permitió el ascenso de un hombre entrenado dentro de las propias fuerzas creadas bajo supervisión norteamericana, que luego construiría, a partir de 1930, la dictadura personalista más prolongada y más absoluta de toda la historia dominicana.
Después de la caída de Trujillo en 1961, el país atravesó años convulsos (el breve gobierno de Juan Bosch, el golpe de Estado que lo derrocó, y finalmente la Guerra Civil de abril de 1965) que culminaron, una vez más, en una nueva intervención militar extranjera: la segunda ocupación norteamericana, esta vez breve, en 1965. Es el cierre simbólico de esta Tercera República: nace con una intervención extranjera y termina, también, con otra.
La Cuarta República: la más larga, la más estable, y la única sin intervención extranjera (1966-presente)
La Cuarta República arranca en 1966, en el momento en que se cierra la intervención de 1965 y comienza lo que suele describirse, entre comillas, como la etapa "democrática" del país: primero los doce años continuos de Joaquín Balaguer, y después, ya hacia finales de los años setenta, la consolidación de un sistema de alternancia partidista real, con turnos rotativos entre distintas fuerzas políticas, el propio reformismo de Balaguer, el Partido Revolucionario Dominicano y sus variantes, y más adelante el Partido de la Liberación Dominicana, que, con todas sus crisis, sus elecciones disputadas y sus propios episodios de tensión institucional, ha logrado sostenerse sin interrupción durante sesenta años.
Y aquí está el dato que, a juicio de este artículo, merece subrayarse con toda claridad: por primera vez en sus más de 180 años de historia republicana, contados desde 1844, República Dominicana lleva sesenta años consecutivos sin que ninguna nación extranjera haya vuelto a ocupar, anexar o intervenir militarmente el territorio para resolver una crisis interna. No es un dato menor frente al patrón que se repite en cada una de las tres Repúblicas anteriores: la Primera termina con una anexión española auto-provocada; la Segunda termina con una ocupación norteamericana; la Tercera nace de esa misma ocupación, produce una dictadura, y termina con una segunda intervención militar extranjera. La Cuarta, hasta el día de hoy, es la primera que no ha necesitado ni ha sufrido ninguna de esas dos cosas.
El lugar legítimo de la crítica política
Esto no implica, de ningún modo, que la Cuarta República esté exenta de razones legítimas para la crítica política. Es perfectamente compatible sostener, al mismo tiempo, dos ideas: que el país vive su período más largo y más estable de gobierno propio en toda su historia republicana, y que existen razones de sobra para ser exigente y crítico frente al Estado, sus instituciones, sus partidos y sus gobiernos de turno. La crítica al poder no es, ni debería ser jamás, un gesto de deslealtad hacia el país; es, precisamente, una de las condiciones que hacen posible que una democracia partidista, con todas sus imperfecciones, sus ciclos de desgaste y sus propios riesgos de estancamiento institucional, siga siendo preferible, con enorme diferencia, a cualquiera de los escenarios que la historia dominicana ya conoció de sobra: el caudillismo del siglo XIX, la dictadura del XX, o la pérdida directa de la soberanía nacional frente a una potencia extranjera.
Por qué el verso de Prud'Homme sigue siendo la clave de lectura
Volviendo al punto de partida de este artículo: lo que conecta estos casi 182 años de historia republicana dominicana, desde el grito de 1844 hasta el día de hoy, no es la ausencia de crisis, de intervención o incluso de pérdida temporal de la soberanía. Es, más bien, la persistencia de un patrón mucho más profundo: cada vez que una potencia extranjera, o una facción interna aliada con ella, ha logrado interrumpir el proyecto de nación (España en 1861, Estados Unidos en 1916 y de nuevo en 1965, y antes de todo eso, como mostró el recorrido completo de esta serie, Francia y Haití en los siglos anteriores a la propia fundación de la República) el proyecto siempre ha vuelto a levantarse. Nunca, en ninguno de esos episodios, el país ha permanecido bajo dominio extranjero de manera permanente. La Restauración de 1865 puso fin a la anexión española. La Tercera República, con todo lo doloroso que fue el camino, terminó dando paso a la Cuarta, que hasta el día de hoy sigue siendo dominicana y solo dominicana.
Esa es, en el fondo, la lectura que este artículo propone del himno de Prud'Homme: la historia dominicana, leída en su conjunto de cuatro Repúblicas, no es la historia de un país que nunca fue intervenido, lo fue, varias veces, y de maneras profundas. Es la historia de un país que, cada vez que fue sometido, terminó por liberarse otra vez, tal como anuncia el propio himno cuando dice que Quisqueya, "si fuere mil veces esclava, otras tantas ser libre sabrá". Quisqueya, efectivamente, ha sido golpeada, ocupada, anexada y dividida en distintos momentos de sus más de 180 años de historia republicana. Pero sierva, en el sentido pleno y permanente que el propio himno reserva para esa palabra, sometida de manera definitiva e irreversible a un poder extranjero, "de nuevo, jamás", nunca volvió a serlo después de 1844. Lo intentó Haití antes de esa fecha. Lo intentó España, dos veces. Lo intentó Francia. Y lo intentó, también, Estados Unidos, dos veces más. Y ahí sigue el país, en su Cuarta República, la más larga y la más estable de toda su historia, todavía discutiendo, como corresponde a una democracia viva, sus propios problemas internos, pero sin nadie más, desde fuera, decidiendo por ella.
No será, ciertamente, el mejor de los países en ningún ranking objetivo que se quiera construir. Pero es un país que, después de haber atravesado todo lo que esta serie de diez artículos ha recorrido, desde la Bastilla hasta Sabana Larga, desde Ferrand hasta Trujillo, desde Santana hasta Balaguer, sigue siendo, contra cualquier pronóstico razonable que se hubiera podido hacer en 1795, 1822, 1861, 1916 o 1965, un país propio.
Referencias
- Himno Nacional de la República Dominicana, letra de Emilio Prud'Homme, música de José Reyes, como fuente literaria central de la reflexión de este artículo.
- Artículos I a IX de esta misma serie, "De la Bastilla a Quisqueya: cómo la Revolución Francesa terminó forjando la nación dominicana", como fuente interna de referencia para la reconstrucción de la Primera República (1844-1861) y el debate sobre el nacimiento de la nación.
- Fuentes históricas generales sobre la periodización republicana dominicana en cuatro etapas: Primera República (1844-1861), Segunda República (1865-1916), Tercera República (1916-1965, incluyendo la primera ocupación estadounidense, la Era de Trujillo y la Guerra Civil de 1965), y Cuarta República (1966-presente).
- Fuentes históricas generales sobre la primera ocupación militar estadounidense (1916-1924) y sus consecuencias institucionales, incluyendo la introducción del béisbol como práctica cultural heredada del período.
- Fuentes históricas generales sobre el ascenso de Rafael Leónidas Trujillo dentro de las fuerzas armadas creadas bajo supervisión estadounidense durante la ocupación, y su posterior dictadura (1930-1961).
- Fuentes históricas generales sobre la Guerra Civil de abril de 1965, la segunda intervención militar estadounidense, y el inicio de los doce años de gobierno de Joaquín Balaguer en 1966.