Este artículo cierra la serie volviendo a una pregunta de fondo que atraviesa todo el recorrido anterior: ¿por qué España, durante casi setenta años, desde el Tratado de Basilea de 1795 hasta la evacuación final de la anexión en 1865, nunca tuvo un interés económico real en conservar o proteger Santo Domingo, mientras que sí defendió con uñas y dientes a Cuba y Puerto Rico, territorios igualmente cercanos en el Caribe? La respuesta no tiene que ver con distancia geográfica ni con afecto histórico. Tiene que ver, casi exclusivamente, con una variable fría y contable: la rentabilidad económica real de cada colonia.
La raíz del problema: Santo Domingo dejó de ser rentable desde el siglo XVI
El desinterés español hacia Santo Domingo no nació en 1795 ni en ningún momento puntual del siglo XIX. Se remonta mucho más atrás, hasta el propio siglo XVI. A finales de esa centuria, tras la conquista de los grandes territorios continentales de México y Perú, ricos en plata y oro a una escala que ninguna isla caribeña podía igualar, la isla de La Española quedó relegada a un segundo plano, hundiéndose cada vez más en la pobreza y el olvido.
España encontró en el continente metales preciosos en cantidades masivas; Santo Domingo, en cambio, había agotado su breve auge azucarero inicial de comienzos del siglo XVI. La Corona llegó incluso a despoblar deliberadamente partes de la isla, en el proceso conocido como "las Devastaciones", para frenar el contrabando, porque temía que la generalización del comercio ilegal condujera a la secesión del territorio respecto del control metropolitano.
El siglo XVIII: pobreza estructural, no abandono casual
Durante el siglo XVIII, la situación no mejoró de manera sustancial. La colonia dependía del llamado "Situado", un subsidio que llegaba desde México, frecuentemente con retraso, y su supervivencia económica dependía en gran medida de la prosperidad de la vecina Saint-Domingue francesa, que funcionaba como su principal mercado para la exportación de ganado. Es una situación notable: Santo Domingo español ni siquiera podía sostenerse con una economía propia autosuficiente; dependía de un subsidio de otra colonia española lejana y del comercio con su vecino francés.
España sí intentó revertir esta situación mediante las Reformas Borbónicas del siglo XVIII, un esfuerzo deliberado por subsanar el abandono en que tenía sumidas varias de sus posesiones de ultramar, entre ellas Santo Domingo. Pero las medidas tuvieron poco efecto real: no fue posible reavivar la economía de plantación que la isla había conocido brevemente en el siglo XVI. La pobreza y el abandono de la parte española generaron, en consecuencia, una sociedad económicamente muy distinta a la francesa vecina, donde la proporción entre esclavizados y amos era ínfima en comparación con la riquísima Saint-Domingue, que se sostenía con cientos de miles de personas esclavizadas trabajando en plantaciones de altísima productividad.
Por eso, en 1795, fue tan fácil cederla
Con este contexto estructural en mente, el Tratado de Basilea descrito en el tercer artículo de esta serie cobra mucho más sentido. España no estaba sacrificando una joya colonial cuando cedió Santo Domingo a Francia; estaba desprendiéndose de una posesión empobrecida que apenas le costeaba mantener, a cambio de algo que sí le importaba de verdad: recuperar territorio peninsular vasco perdido en la guerra. Fue, en términos puramente contables, un buen negocio para la Corona española.
El contraste radical: Cuba como "la colonia más rica del orbe"
Frente a este panorama de pobreza estructural en Santo Domingo, Cuba representó exactamente lo contrario. La impronta del azúcar en la economía decimonónica de Cuba fue tal que permitía hablar de ella como la colonia más rica del orbe. Hacia mediados del siglo XIX, la isla contaba con más kilómetros de vías ferroviarias que el resto de América Latina junta, con tecnología importada de las principales empresas industriales del mundo instalada directamente en sus ingenios azucareros.
Cuba poseía ventajas climáticas y geográficas extraordinarias para el desarrollo de la industria azucarera, además de contar con la dotación de recursos humanos, es decir, mano de obra esclava en cantidades masivas, necesaria para sostener ese modelo productivo. Hasta 1870, Cuba fue la primera exportadora de azúcar del mundo entero, generando ingresos que ninguna otra colonia española en América podía equiparar.
Puerto Rico: más modesto, pero con un nicho rentable propio
Puerto Rico nunca alcanzó la escala espectacular de Cuba, pero desarrolló su propio nicho económico rentable, particularmente durante los años de predominio del cultivo de café, cuando los mercados metropolitano y cubano fueron los principales destinatarios de las exportaciones boricuas. La isla también desarrolló una industria azucarera relevante, aunque de menor envergadura que la cubana. No era tan espectacular como Cuba, pero sí aportaba ingresos constantes y previsibles al imperio español.
La cercanía geográfica nunca fue el factor determinante
Aquí está el punto que conviene subrayar con claridad, porque suele ser la primera intuición de cualquiera que mire un mapa del Caribe: Santo Domingo no estaba lejos de Cuba ni de Puerto Rico. Son vecinos inmediatos dentro de la misma región caribeña, separados por distancias marítimas relativamente cortas. La diferencia en el trato que España les dio nunca tuvo que ver con logística ni con cercanía. Tuvo que ver, exclusivamente, con la estructura económica que cada territorio logró o no logró desarrollar.
Cuba y Puerto Rico construyeron economías de plantación esclavista de altísima productividad, basadas en azúcar y café respectivamente. Santo Domingo, por las razones históricas ya descritas (despoblación deliberada en el siglo XVII, dependencia estructural de subsidios externos, falta crónica de capital y de mano de obra esclava masiva) nunca pudo replicar ese modelo, ni bajo administración española, ni, como se vio en el cuarto artículo de esta serie, bajo el posterior intento francés de Ferrand entre 1804 y 1809.
El resultado lógico: inversión proporcional al ingreso esperado
España no jugaba a la lealtad sentimental con sus colonias. Jugaba, de manera bastante consistente a lo largo de los siglos, a maximizar ingresos con recursos limitados. Cuba recibía inversión sostenida, infraestructura ferroviaria de vanguardia, atención política constante desde Madrid, y España llegó incluso a luchar guerras largas y extraordinariamente costosas por mantenerla bajo su dominio, la Guerra de los Diez Años entre 1868 y 1878, y después la guerra de independencia cubana de 1895 a 1898, precisamente porque el retorno económico esperado justificaba ese esfuerzo descomunal. Puerto Rico, en una escala menor, seguía esa misma lógica de inversión proporcional al beneficio.
1865: la confirmación final del patrón, setenta años después
Santo Domingo, en cambio, nunca cruzó ese umbral de rentabilidad que justificara un esfuerzo similar. Esto se confirma de manera contundente en el episodio final de la breve anexión española de 1861-1865. En julio de 1865, la actividad en los cuarteles españoles en la efímera provincia de Santo Domingo fue febril: la orden de abandonar y evacuar la isla había llegado desde Madrid, donde la decisión de las Cortes y de la propia reina Isabel II fue unánime. Aquella guerra no veía un final claro ni tenía sentido económico ni estratégico que la justificara.
El costo había sido devastador: la aventura de la Corona en su antigua colonia costó 35 millones de pesos, y de los 25.000 soldados españoles enviados a la efímera provincia de Santo Domingo, volvieron menos de la mitad. España probó la anexión, descubrió que era una sangría de dinero y de vidas humanas sin ningún retorno económico que la compensara, y se retiró sin mayor remordimiento, aplicando, setenta años después de Basilea, exactamente la misma lógica de costo-beneficio que ya había guiado la decisión original de 1795.
El otro lado de la moneda: por qué Francia tampoco pudo digerirlo
Conviene cerrar esta serie retomando también la otra cara de esta misma pregunta, ya explorada en el cuarto artículo: si España nunca encontró rentabilidad suficiente en Santo Domingo, ¿por qué Francia, bajo el gobierno de Ferrand, sí creyó ver una oportunidad ahí? La respuesta está en el conocimiento técnico acumulado: Francia ya sabía, por su experiencia directa en la vecina y muchísimo más rica Saint-Domingue, cómo construir una economía de plantación esclavista de alta productividad. Tenía el know-how que España nunca desarrolló en su mitad de la isla.
Pero ese conocimiento técnico no fue suficiente para superar los obstáculos estructurales: la escasez crónica de mano de obra esclava, el miedo persistente a nuevas incursiones haitianas que ahuyentaba la inversión y la población productiva, y, sobre todo, una identidad criolla hispánica ya consolidada durante casi tres siglos que ni Francia con Ferrand, ni después Haití con Boyer durante veintidós años, lograron disolver. Los esfuerzos por imponer el francés como lengua nunca tuvieron éxito real; la cultura criolla e hispánica se mantuvo incólume frente a ambos intentos de transformación cultural impuesta desde fuera.
El hilo completo de esta serie, visto en retrospectiva
Llegados a este punto final, vale la pena mirar atrás sobre el arco completo que esta serie ha recorrido. Todo comenzó con una crisis fiscal en Francia en 1789 que desató una revolución. Esa revolución, mediante su propia ideología de libertad e igualdad, encendió una rebelión de esclavizados en su colonia más rica del Caribe, que terminó en la primera independencia negra de la historia moderna.
Esa independencia, a su vez, le costó a Francia no solo Haití sino también Louisiana. La guerra europea consecuente llevó a España a cederle Santo Domingo a Francia en 1795, en un tratado que tardó casi una década en ejecutarse por la propia inestabilidad regional. Francia gobernó el territorio durante cinco años, intentando sin éxito replicar el modelo de plantación de Saint-Domingue, hasta que la invasión napoleónica a la propia España en 1808 provocó una rebelión local que acabó con el proyecto francés. España recuperó el territorio solo para gobernarlo con el mismo desinterés estructural de siempre, durante una "España Boba" que desembocó en un ensayo de independencia fallido en 1821, rápidamente sustituido por veintidós años de ocupación haitiana.
Esa larga ocupación, en lugar de disolver la identidad dominicana, terminó forjándola con más claridad, dando paso a la independencia de 1844, financiada por hateros privados y disputada entre un proyecto de soberanía plena y otro de anexión extranjera que persistiría, con distintas potencias, durante décadas más.
Detrás de cada uno de estos giros, cada cesión, cada ocupación, cada intento fallido de asimilación cultural, cada decisión de invertir o de abandonar, hay una misma lógica de fondo que pocas veces se hace explícita: el poder colonial, ya fuera español o francés, actuaba según el cálculo frío de costos y beneficios, mientras que la identidad dominicana, ajena a esos cálculos imperiales, se fue construyendo precisamente en los espacios y los tiempos que esas potencias dejaban desatendidos.
Referencias
- Saint-Domingue y Santo Domingo en el siglo XVIII: análisis económico (Studocu, Pedro Ureña): sobre la pobreza y el abandono de la colonia española en contraste con la economía esclavista francesa, y la proporción esclavo/amo en ambos territorios.
- Colonia de Santo Domingo durante el siglo XVI y XVII (Docentes Digitales TV): sobre la postergación de la isla a un segundo plano tras la conquista de México y Perú, y el abandono de la economía minera.
- Situación económica y política de la colonia en el siglo XVII (Studocu): sobre las Devastaciones y el temor español a la secesión por contrabando.
- ¿Cómo fue el siglo XVIII en Santo Domingo? (Acento, enero de 2026): sobre la dependencia del Situado mexicano y de la prosperidad de Saint-Domingue como mercado de exportación de ganado.
- Esclavitud más allá de la plantación. El caso de Santo Domingo, siglo XVIII (Issuu/UNAPEC): sobre las Reformas Borbónicas y su escaso impacto en la reactivación de la economía de plantación.
- La colonia que se independizó del Imperio español y pidió unirse de nuevo medio siglo después (El Español, 17 de abril de 2024): sobre la evacuación española de Santo Domingo en julio de 1865, el costo de 35 millones de pesos y las bajas entre los 25.000 soldados enviados.
- ¿Era Cuba una colonia a finales del siglo XIX? (Insularis Magazine): sobre el carácter atípico de Cuba como colonia y su relación económica con España.
- La política económica de España en la Guerra de los Diez Años en Cuba (1868-1878) (Redalyc): sobre las ventajas climáticas y geográficas de Cuba para la industria azucarera y su posición como primera exportadora mundial de azúcar hasta 1870.
- La savia del Imperio. Azúcar, comercio y relación colonial (Dialnet): sobre la infraestructura ferroviaria cubana y su comparación con el resto de América Latina.
- Las islas españolas del azúcar (1760-1898) (Scielo México): sobre el desarrollo del café en Puerto Rico y su relación comercial con los mercados metropolitano y cubano.