Cuando señalar al otro se convierte en una forma de no mirarse a uno mismo
Hay un patrón que no pertenece a ninguna persona en particular.
Es más antiguo que las redes sociales. Es más viejo que internet. Aparece en foros, en tertulias, en columnas de opinión, en conversaciones de café. Pero hoy, con algoritmos que amplifican exactamente lo que genera más adhesión, ese patrón ha encontrado su hábitat perfecto.
El patrón se ve así: alguien usa el lenguaje de la lucidez para construir una identidad de distinción. Señala la hipocresía ajena. Critica el pensamiento conformista. Diagnostica al Sistema. Y al hacerlo, se posiciona implícitamente como el que comprende mientras los demás confirman sus creencias.
Parece crítica. Pero hay algo debajo que merece examinarse con cuidado.
Primero, Spinoza
Baruch Spinoza fue un filósofo holandés del siglo XVII que decidió estudiar el comportamiento humano con la misma metodología con que un geómetra estudia el espacio: more geometrico, según el modo de la geometría. Su obra principal, la Ética demostrada según el orden geométrico, publicada póstumamente en 1677, no es un manual de superación personal ni un catálogo de virtudes. Es un análisis sistemático de la naturaleza humana construido sobre proposiciones, demostraciones y corolarios, en el que Spinoza intenta demostrar que el ser humano no es una excepción al orden natural sino una expresión particular de él.
Eso solo ya lo coloca en una posición radicalmente diferente a la de cualquier moralista.
Su diagnóstico central sobre la conducta humana puede resumirse así: los seres humanos operamos primariamente desde los afectos —deseos, miedos, impulsos de conservación, necesidad de reconocimiento— y solo secundariamente desde la razón. Lo que habitualmente llamamos razonamiento es, en la mayoría de los casos, una racionalización post hoc: un proceso mediante el cual el intelecto construye argumentos coherentes para justificar decisiones que ya fueron tomadas por la arquitectura afectiva del sujeto.
Los hombres se creen libres porque son conscientes de sus acciones pero ignoran las causas que los determinan.
— Spinoza, Ética, Libro III, Proposición II
No era un juicio moral. Era una descripción de la mecánica.
Y precisamente por eso resulta tan incómodo.
El patrón y lo que revela
El discurso de distinción intelectual construye silenciosamente dos grupos.
Los que ven. Los que están ciegos. Los que comprenden. Los que confirman sus creencias. Los que han escapado del Sistema. Los que siguen dentro de él sin saberlo.
No se declara abiertamente. Sería demasiado obvio. Pero opera en el fondo de cada diagnóstico, en cada señalamiento, en cada crítica que se formula desde arriba hacia abajo.
Analizado desde el marco spinozista, este patrón exhibe una característica estructural que merece atención: el sujeto que lo ejerce utiliza categorías epistémicas —la comprensión, la lucidez, el pensamiento crítico— para satisfacer lo que en la Ética se denomina el conatus: el esfuerzo de cada cosa por perseverar en su propio ser. En el caso del ser humano social, ese esfuerzo incluye la necesidad de afirmarse dentro de una jerarquía de reconocimiento. Cuando ese reconocimiento se articula a través del lenguaje de la razón —en lugar del lenguaje más transparente del estatus o el poder— el mecanismo se vuelve más difícil de detectar pero no menos funcional.
El afecto que se oculta detrás del argumento
El afecto que mueve la conducta es, en términos spinozistas, la soberbia: la tendencia a atribuirse a uno mismo, de forma desproporcionada, una excelencia —en este caso intelectual— que en la Ética se distingue claramente de la autoestima genuina, que sí está fundada en el conocimiento real de las propias capacidades.
La ironía es precisa: el mismo mecanismo que el discurso señala en los demás es el que lo produce. El problema no es que la crítica sea falsa. Puede ser completamente verdadera. El problema es el modo en que el emisor se posiciona al hacerla. Porque ese modo revela exactamente aquello que dice señalar.
Usar a Spinoza como espejo requiere aplicarlo hacia adentro. Usarlo como escudo es precisamente la operación que Spinoza describía.
Aquí es donde conviene citar a Spinoza con rigor y no como decoración.
En el alma no existe ninguna voluntad absoluta o libre, sino que el alma es determinada a querer esto o aquello por una causa que también es determinada por otra, y así hasta el infinito.
— Spinoza, Ética, Libro II, Proposición XLVIII
La consecuencia epistemológica de esa proposición es radical: nadie que examine honestamente sus propias operaciones mentales puede sostener con certeza que sus conclusiones son el resultado puro de la razón y no de la cadena de afectos que las preceden. El ejercicio filosófico genuino, en ese marco, no consiste en identificar en el otro la servidumbre afectiva que lo ciega. Consiste en rastrear en uno mismo las causas que determinan la propia certeza.
El verdadero ejercicio spinozista no es señalar al otro con la lupa de la filosofía. Es ponerse uno mismo bajo esa misma lupa.
¿Por qué me produce satisfacción señalar públicamente la hipocresía ajena? ¿Qué necesidad cubre en mí construir una identidad de lucidez? ¿Qué pierdo si resulta que el que confirma sus creencias soy yo?
Esas preguntas no generan aplausos. Generan incomodidad. Y esa es precisamente la diferencia entre usar a Spinoza como espejo o usarlo como escudo.
La ironía que nadie nombra
El tercer nivel del problema es quizás el más silencioso, y el más determinante para entender por qué este patrón prolifera con tanta eficacia en el ecosistema digital contemporáneo.
Las plataformas de distribución de contenido operan mediante sistemas de recomendación algorítmica que maximizan el engagement a través de la amplificación de contenido que produce respuestas afectivas intensas. La investigación en psicología computacional ha documentado de manera consistente que los contenidos que generan mayor adhesión comparten tres componentes estructurales: la identificación con una tribu, la presencia de un adversario que la cohesiona, y una forma de superioridad —moral, epistémica o cultural— que refuerza la pertenencia al grupo. No es un accidente de diseño. Es la lógica de negocio del sistema.
El contenido más perfectamente optimizado
El discurso de distinción intelectual —el que diagnostica al conformista, al hipócrita, al que no comprende— es uno de los contenidos más perfectamente optimizados que existen en el ecosistema digital. No porque sea falso, sino porque activa simultáneamente los tres componentes algorítmicos:
Ofrece tribu a quien lo produce y a quien lo consume.
Nombra al enemigo con suficiente abstracción para que cada lector proyecte el suyo.
Entrega superioridad — la satisfacción de pertenecer al grupo de los que ven.
El resultado es paradójico pero preciso: el discurso que denuncia el conformismo termina siendo la forma más sofisticada de conformismo. La jaula tiene el mismo tamaño. Simplemente está decorada de otra manera.
Lo que queda
La comprensión genuina, en términos spinozistas, no es un estado que se alcanza ni un trofeo que se exhibe. Es, como lo formula Spinoza en la última parte de la Ética, una práctica continua de conocimiento de las causas que nos determinan, incluidas —y especialmente— las causas afectivas que operan debajo de nuestras convicciones más firmes.
Ese conocimiento no nos libera de los afectos, porque la libertad absoluta no existe en el sistema spinozista. Pero sí nos da, en sus palabras, una mayor potencia para actuar desde causas que comprendemos en lugar de desde causas que ignoramos.
No se declara. No se demuestra señalando al conformista.
Se ejerce en silencio, hacia adentro, en el momento incómodo en que uno pregunta: ¿y yo? ¿Qué afecto estoy ocultando detrás de este argumento?
Quien realmente comprende no necesita que los demás confirmen que comprende.
Y eso, en un mundo de algoritmos diseñados para alimentar exactamente lo contrario, puede ser el acto más radical que existe.