La noche en que nadie dijo nada (y aun así todo quedó claro) El teatro está caliente. No por la temperatura, sino por la expectativa. James Brown no necesita presentación; su sola presencia ordena la sala. El público no espera una sorpresa, pero Brown siempre ha tenido debilidad por el ritual : subir a alguien, probarlo, medirlo frente a todos. Esa noche hay nombres flotando en el ambiente. No se dicen en voz alta, pero se sienten. Entonces James sonríe. Y señala. — Michael Jackson ! Un murmullo eléctrico recorre el lugar. Michael sube Michael Jackson aparece con una calma que no coincide con el estruendo que provoca. No corre, no saluda de más. Parece saber exactamente cuánto tiempo le pertenece. James Brown lo observa como se observa a un hijo brillante: con orgullo… y con cuidado. Michael baila. No improvisa. No desafía. No empuja. Ejecuta. Cada giro está donde debe estar. Cada pausa también. No hay exceso, no hay error. El público estalla, pero Michael no ...
Un rincón en medio del alborotado internet de siempre. Una voz en medio del bullicio normalizado.