La noche en que nadie dijo nada
(y aun así todo quedó claro)
El teatro está caliente. No por la temperatura, sino por la expectativa.
James Brown no necesita presentación; su sola presencia ordena la sala. El público no espera una sorpresa, pero Brown siempre ha tenido debilidad por el ritual: subir a alguien, probarlo, medirlo frente a todos.
Esa noche hay nombres flotando en el ambiente. No se dicen en voz alta, pero se sienten.
Entonces James sonríe.
Y señala.
Un murmullo eléctrico recorre el lugar.
Michael sube
Michael Jackson aparece con una calma que no coincide con el estruendo que provoca. No corre, no saluda de más. Parece saber exactamente cuánto tiempo le pertenece.
James Brown lo observa como se observa a un hijo brillante: con orgullo… y con cuidado.
Michael baila.
No improvisa.
No desafía.
No empuja.
Ejecuta.
Cada giro está donde debe estar. Cada pausa también. No hay exceso, no hay error. El público estalla, pero Michael no se queda a beber del aplauso. Agradece. Sonríe. Se retira.
No deja duda, pero tampoco deja heridos.
James asiente. El ritual continúa.
Ahora Prince
James vuelve al micrófono.
—Prince!
Y aquí cambia el aire.
Prince no sube: irrumpe.
No entra a una ceremonia: entra a un territorio que siente que debe conquistar.
Hay algo distinto en su cuerpo. No es calma, es tensión.
No es precisión, es impulso.
Prince no quiere repetir lo que acaba de ocurrir. Quiere borrar el recuerdo.
Toma la guitarra. Mira al público. Mira a James.
No espera aprobación.
Se mueve con furia, con erotismo, con desafío. El gesto es claro: yo no vengo a pasar la prueba; vengo a romperla.
Pero el escenario no responde como espera.
Un paso mal calculado.
Un resbalón.
Un segundo eterno.
Prince cae.
No es una gran caída, pero es suficiente. El público duda. La energía se corta. James Brown no corre a salvar la escena. No interrumpe el ritual.
Prince se levanta, termina como puede y se va.
No hay abucheos.
No hay risas.
Solo incomodidad.
Después
Michael no vuelve al escenario.
James no explica nada.
Prince no mira atrás.
Nadie discute.
Nadie aclara.
Nadie hace declaraciones.
Pero todos entienden algo que no se va a decir en entrevistas ni documentales.
Esa noche no se decidió quién era más talentoso.
Se decidió quién entendía el juego.