El Paladín Teológico Transicional: Retrato de un Perfil Eclesial
Prólogo: Una noche cualquiera
Eran las once de la noche y la pantalla del teléfono iluminaba su rostro en la oscuridad del cuarto. Llevaba tres horas viendo videos de un predicador que nunca había escuchado. Un tipo serio, pausado, que hablaba de cosas que él no sabía que existían. Expiación. Soberanía. Elección.
Cada video era una puerta a otro video. Cada concepto, una llave a otro concepto. Sentía que algo se desmoronaba dentro de él, pero no de manera dolorosa. Era más bien como quitarse un abrigo que nunca supo que le quedaba apretado.
"¿Por qué nadie me enseñó esto antes?"
Esa pregunta lo acompañaría por años. A veces como combustible genuino de búsqueda. A veces como arma contra quienes lo formaron. A veces como excusa para sentirse superior.
Esa noche no lo sabía, pero estaba naciendo algo en él. Algo que podía ser luz o podía ser fuego. Dependería de qué hiciera con lo que estaba descubriendo.
Primera parte: Anatomía de un perfil
Existe en muchas iglesias un tipo de creyente difícil de categorizar. No es el pastor. No es el anciano. No es el recién convertido. Es alguien que pasó por varias etapas teológicas, que transitó entre tradiciones, que probó diferentes aguas doctrinales, y que ahora ocupa un lugar peculiar: el del crítico permanente.
Lo llamaremos el Paladín Teológico Transicional.
El nombre es intencional. "Paladín" porque se ve a sí mismo como defensor de algo. "Teológico" porque su identidad gira en torno a doctrinas y sistemas de pensamiento. "Transicional" porque su historia es de movimiento entre posturas, y ese movimiento define quién es.
Este perfil no es exclusivo de ninguna denominación. Existe en iglesias pentecostales, bautistas, reformadas, carismáticas, católicas. Donde hay diversidad teológica, hay potencial para que este perfil emerja.
No es inherentemente malo. De hecho, muchos de los grandes reformadores de la historia comenzaron así. Pero el potencial de bien viene acompañado de un potencial igual de peligroso: convertirse en alguien cuya identidad depende de tener razón y de que otros estén equivocados.
Segunda parte: Las fases del paladín
Fase 1: El creyente satisfecho
Todo paladín comienza como creyente común. Nació en una tradición o llegó a ella por conversión. Aprendió sus canciones, sus frases, sus prácticas. No cuestionaba mucho porque no sabía que había algo que cuestionar.
Esta fase puede durar años. Incluso décadas. La persona es funcional en su fe. Sirve, participa, crece dentro de los parámetros que conoce. No es una fe falsa. Es simplemente una fe que aún no ha sido sacudida.
El creyente satisfecho no sabe lo que no sabe. Y en su ignorancia hay cierta paz.
Fase 2: La grieta
Algo sucede. Puede ser un libro que cayó en sus manos. Un video que el algoritmo sugirió. Una conversación con alguien de otra tradición. Una pregunta que su pastor no supo responder. Una crisis personal que su teología no pudo sostener.
La grieta se abre. Pequeña al principio. Una incomodidad. Una duda. Un "¿y si esto que me enseñaron no es del todo correcto?"
Esta fase es delicada. La grieta puede sellarse con respuestas superficiales y el creyente vuelve a su estado anterior. O la grieta puede ensancharse hasta convertirse en abismo.
El futuro paladín elige el abismo.
Fase 3: El descubrimiento
Aquí ocurre la epifanía. El creyente encuentra algo nuevo. Una tradición diferente. Un sistema teológico más coherente (al menos en apariencia). Maestros que articulan cosas que él siempre intuyó pero no sabía nombrar.
Esta fase es embriagante. Hay voracidad intelectual. Libros devorados. Videos consumidos hasta la madrugada. Cada nuevo concepto es revelación. Cada autor descubierto, un profeta.
El lenguaje cambia. Aparecen palabras que antes no usaba. Empieza a ver "errores" donde antes veía normalidad. Comienza a sentir que despertó de un sueño que otros aún sueñan.
Esta es la fase más peligrosa. Porque el conocimiento nuevo, sin madurez proporcional, produce arrogancia. El descubrimiento se convierte en superioridad. "Yo antes estaba ciego, ahora veo" se transforma sutilmente en "yo veo, ellos están ciegos."
Fase 4: El celo del converso
El creyente ahora es militante de su nueva postura. No basta con haberla encontrado. Necesita defenderla, propagarla, contrastarla con lo que dejó atrás.
En esta fase aparecen comportamientos característicos:
Empieza a corregir a otros con frecuencia. Discute en redes sociales. Comparte contenido que expone errores de su tradición anterior. Se distancia emocionalmente de su comunidad original. A veces se distancia físicamente también.
Su círculo social cambia. Ahora se rodea de personas que piensan como él. Juntos confirman que están en lo correcto. Juntos lamentan la ceguera de los demás.
El celo del converso es intenso pero frágil. Porque debajo de la certeza hay una pregunta no resuelta: "¿Y si me equivoco de nuevo?"
Esa pregunta no se hace consciente. Pero impulsa la necesidad de reafirmación constante.
Fase 5: La institucionalización de la crítica
Con el tiempo, el celo se estabiliza. Ya no es fiebre. Es temperatura corporal normal. El creyente aprende a vivir en modo crítico permanente.
La crítica deja de ser reacción ocasional y se convierte en postura predeterminada. Ante cualquier enseñanza, la primera pregunta es: "¿qué está mal aquí?" Ante cualquier predicador, el reflejo es buscar el error.
Esto puede disfrazarse de discernimiento. "Estoy siendo como los de Berea, examinando todo." Pero los de Berea examinaban con nobleza, buscando confirmación, no con sospecha, buscando fallas.
La crítica institucionalizada produce una identidad peculiar: alguien que se define más por lo que rechaza que por lo que afirma. Más por lo que no es que por lo que es.
Fase 6: El paladín establecido
Finalmente, el perfil se consolida. El creyente es ahora conocido por su postura crítica. Tiene audiencia que lo sigue por eso. Tiene reputación construida sobre eso. Tiene identidad formada por eso.
Ya no puede dejar de criticar aunque quisiera. Porque dejar de hacerlo sería perder parte de quién es. Su plataforma, su comunidad, su sentido de propósito, todo depende de mantener el rol.
El paladín establecido puede ser muy elocuente. Puede tener argumentos sólidos. Puede incluso tener razón en muchas de sus críticas. Pero hay algo que se perdió en el camino: la capacidad de ver a otros con gracia.
Los que están en error ya no son hermanos que necesitan ayuda. Son ejemplos de lo que está mal. Casos de estudio. Material para contenido.
El paladín establecido ha olvidado que él también fue ignorante una vez y que alguien tuvo paciencia con él.
Tercera parte: Lo que el paladín no ve
Hay cosas que este perfil tiene dificultad para percibir precisamente porque su posición las oculta de su vista.
1. No ve su propia historia con gracia
El paladín recuerda su pasado teológico con vergüenza o con condescendencia. "Yo era así, pero desperté." Lo que no considera es que su yo anterior era genuino. Amaba a Dios con lo que sabía. Servía con lo que tenía.
Si pudiera ver su historia con gracia, extendería esa misma gracia a quienes hoy están donde él estuvo.
2. No ve que el conocimiento no es lo mismo que la madurez
Saber más no significa ser mejor cristiano. La teología correcta con carácter incorrecto produce fariseos, no discípulos.
El paladín puede ganar todos los debates doctrinales y perder su propia alma en el proceso. Puede tener razón en cada punto y estar equivocado en lo fundamental: amar a Dios y amar al prójimo.
3. No ve que la crítica constante lo aísla
Cada señalamiento de error, aunque sea válido, crea distancia. Con el tiempo, el paladín se encuentra solo. Rodeado de audiencia pero sin comunidad. Con seguidores pero sin amigos que lo confronten.
La paradoja es triste: alguien que critica la falta de rigor en otros puede terminar sin nadie que tenga suficiente acceso a su vida para señalar sus propias faltas.
4. No ve que su identidad se ha fusionado con la oposición
Cuando le preguntan quién es, su respuesta incluye inevitablemente contra qué está. "Soy cristiano, pero no de esos que..." Esa conjunción adversativa revela todo. Su identidad necesita un contraste para existir.
El problema es que Jesús no nos llamó a definirnos por oposición. Nos llamó a seguirlo. Y seguirlo significa que nuestra identidad está en él, no en contra de otros.
Cuarta parte: El camino de regreso
¿Puede el paladín cambiar? Sí. Pero requiere algo que su perfil resiste: vulnerabilidad.
Reconocer que el celo puede ser carnalidad disfrazada
Pablo perseguía a la iglesia con celo genuino. Pensaba que servía a Dios. Su celo era real pero estaba mal dirigido.
El paladín necesita considerar la posibilidad de que su celo por la verdad sea, al menos en parte, celo por tener razón. Que su defensa de la doctrina sea, al menos en parte, defensa de su ego.
Esta consideración es dolorosa. Pero es el primer paso hacia la sanidad.
Volver a someterse a comunidad
El paladín opera mejor como voz independiente. La comunidad lo limita. Los ancianos lo cuestionan. Los hermanos lo confrontan.
Precisamente por eso necesita volver a someterse. No a una audiencia que aplaude, sino a una comunidad que conoce sus faltas y lo ama de todos modos.
Recuperar la capacidad de ver lo bueno
La crítica constante entrena al ojo para detectar errores. Pero hay otro músculo que se atrofia: la capacidad de ver lo bueno, lo verdadero, lo loable en otros.
El paladín necesita practicar deliberadamente el reconocimiento de virtud en aquellos con quienes no está de acuerdo. No para ignorar errores, sino para recuperar equilibrio.
Dejar que su historia sea testimonio, no arma
La transición teológica que vivió puede ser testimonio de la gracia de Dios guiándolo. O puede ser arma contra quienes aún no han transitado.
La diferencia está en cómo cuenta la historia. "Dios me sacó de ahí" pone a Dios como protagonista. "Yo desperté y ellos siguen dormidos" pone al paladín como héroe.
Epílogo: Una mañana diferente
Eran las seis de la mañana y la luz entraba por la ventana del cuarto. Llevaba una hora despierto, pero no viendo videos de errores ajenos. Esta vez tenía la Biblia abierta y un silencio diferente en el corazón.
Algo había cambiado en él. No su doctrina. Seguía creyendo lo que creía. Pero algo en su postura se había suavizado.
Pensó en su pastor de la adolescencia. El que predicaba con más pasión que precisión. El que cometía errores teológicos que ahora él podía identificar fácilmente. Y por primera vez en años, no sintió superioridad.
Sintió gratitud.
Ese hombre, con todas sus limitaciones, le había hablado de Jesús. Le había mostrado lo que era servir aunque nadie aplaudiera. Le había amado cuando él no tenía nada que ofrecer a cambio.
"¿Quién soy yo para despreciarlo?"
La pregunta le pesó. No como condena, sino como invitación.
Esa mañana decidió algo. No dejaría de buscar verdad. No ignoraría errores doctrinales. Pero ya no construiría su identidad sobre señalarlos.
Quería ser conocido por lo que amaba, no por lo que rechazaba.
Era un comienzo. Solo un comienzo. Pero los comienzos son semillas, y las semillas, con tiempo y gracia, se convierten en árboles.
Que quienes tenemos ojos para ver errores tengamos también corazón para llorar por los que yerran. Y que nuestra teología, por correcta que sea, nunca nos haga olvidar que también nosotros vivimos de gracia.