Siempre me ha generado una mezcla de ternura y desconcierto —a veces incluso una risa involuntaria— escuchar a madres jóvenes en redes sociales, particularmente en Instagram, hablando de lo “peligroso” que es romantizar la maternidad. El discurso suele comenzar con una advertencia bien intencionada y continúa con una lista de situaciones difíciles: el cansancio, la renuncia, la soledad, el desgaste emocional, la pérdida de tiempo propio. Como si todo eso fuera un descubrimiento reciente. Como si alguien, en algún momento de la historia, hubiera creído seriamente que ser madre era fácil. La maternidad nunca ha sido romantizada en la experiencia real. Jamás. Ha sido dura, exigente, absorbente y, muchas veces, cruel. Lo fue cuando nuestras abuelas tuvieron trece o catorce hijos. Lo fue cuando nuestras bisabuelas parían dieciséis o dieciocho veces, muchas sin sobrevivir todos los partos, muchas sin ver crecer a todos sus hijos. Lo fue cuando nuestras madres criaron dos, tres o cuatro hijo...
Un rincón en medio del alborotado internet de siempre. Una voz en medio del bullicio normalizado.