Siempre me ha generado una mezcla de ternura y desconcierto —a veces incluso una risa involuntaria— escuchar a madres jóvenes en redes sociales, particularmente en Instagram, hablando de lo “peligroso” que es romantizar la maternidad. El discurso suele comenzar con una advertencia bien intencionada y continúa con una lista de situaciones difíciles: el cansancio, la renuncia, la soledad, el desgaste emocional, la pérdida de tiempo propio. Como si todo eso fuera un descubrimiento reciente. Como si alguien, en algún momento de la historia, hubiera creído seriamente que ser madre era fácil.
Durante siglos, la maternidad no necesitó explicación. No porque fuera sencilla, sino porque formaba parte del orden natural y social del mundo. Tener hijos, formar familia, sostener un núcleo era lo normal, lo esperable, lo estructural. No se aplaudía. No se cuestionaba. No se narraba como hazaña ni como tragedia: simplemente se vivía. Y se sostenía.
Hoy, en cambio, asistimos a una especie de necesidad constante de validación. Ser madre parece requerir un marco discursivo que la legitime, la justifique y la proteja de críticas anticipadas. Se habla de elección, de sacrificio, de visibilización, de cansancio —todo cierto—, pero con una carga que resulta extraña: como si la maternidad hubiera pasado de ser un pilar civilizatorio a una experiencia excepcional que debe ser comprendida, celebrada y aplaudida.
Aquí es donde aparece la confusión. Porque si bien es cierto que hoy existe la posibilidad —real y legítima— de decidir no tener hijos, eso no convierte el deseo de maternar en una anomalía. Biológicamente, antropológicamente y culturalmente, querer formar familia sigue siendo la norma. La excepción es no querer hacerlo, y eso no es un juicio moral, es una constatación. Las sociedades humanas se han organizado históricamente alrededor de la reproducción, el cuidado, la transmisión y la familia. La civilización misma se sostiene sobre esos ejes.
Entonces, ¿por qué esta insistencia en subrayar lo difícil? ¿Cuál es el punto de repetir que ser madre no es fácil, como si alguna vez lo hubiera sido? ¿Por qué esta generación, que tiene menos hijos que cualquier otra antes, siente la necesidad de explicarse y justificarse más?
Por eso la maternidad se convierte en contenido. Por eso se explica. Por eso se acompaña de advertencias, matices y discursos aclaratorios. No porque sea más dura que antes, sino porque ya no está sostenida colectivamente como un valor central. El aplauso que se busca no es por criar —eso siempre se hizo—, sino por sostener una decisión que hoy parece ir a contracorriente, cuando en realidad es la base misma de la continuidad social.
Y aquí surge la incomodidad legítima: no estamos hablando de una hazaña extraordinaria ni de un acto revolucionario. Estamos hablando de uno de los roles más antiguos, fundamentales y necesarios que existen. Convertirlo en algo que requiere constante validación externa no lo dignifica; lo debilita. Lo desancla de su profundidad histórica y lo reduce a una experiencia individual más, sujeta a likes, comentarios y aprobación emocional.
Tal vez el problema no sea que se haya romantizado la maternidad, sino que se haya perdido la memoria de lo que siempre implicó. Y una sociedad que olvida eso no solo desorienta a las madres: se desorienta a sí misma.