POR JUNNIOR CALCAÑO
A veces, las reflexiones más profundas surgen de los comentarios más simples. Hace no mucho, en medio de una conversación virtual, un usuario compartió en redes sociales una opinión que, al menos en apariencia, podría pasar desapercibida: prefería seguir escuchando música “mundana” antes que creer en “personajes imaginarios”.
A primera vista, esto podía leerse
como un simple rechazo a la religiosidad o a cualquier forma de espiritualidad,
como en efecto era la intención del usuario. Sin embargo, aquel comentario
funcionó en mí como un detonante: despertando una necesidad de explorar con más
detenimiento por qué lo que algunos tildan de “imaginario” puede
tener una influencia tan desmedida en la historia humana y en
nuestra propia psicología. Esa necesidad me llevó a adentrarme en una reflexión
más amplia, conectando la dimensión ontológica de la espiritualidad con la
experiencia del amor, la fragilidad de la vida humana y la búsqueda incesante
de sentido que nos acompaña desde el amanecer de los tiempos.
Empecemos con lo obvio: ¿A que nos
referimos cuando hablamos de ontología? La ontología, como rama fundamental de
la filosofía, merece una definición precisa que sintetice su evolución
histórica y su alcance conceptual. De acuerdo con la tradición filosófica,
podemos definirla como el estudio sistemático del ser en cuanto ser,
una disciplina que examina las características fundamentales de todo lo
que existe (González Álvarez, como se citó en Gran
Enciclopedia Rialp, 1991). Esta definición, sin embargo, ha evolucionado
significativamente desde sus orígenes aristotélicos hasta la actualidad. Como
señala Wolff, quien acuñó el término en el siglo XVII, la ontología se
constituye como una metafísica general que busca comprender los principios
fundamentales de la realidad y las diferentes formas de existencia
(Hirschberger, 1968).
En el desarrollo histórico del
pensamiento filosófico, la ontología ha transitado desde una concepción
puramente metafísica hasta aproximaciones más específicas y metodológicas. Kant
transformó significativamente esta disciplina al considerarla como el estudio
de los conceptos a priori que hacen posible el conocimiento de los objetos,
mientras que Husserl posteriormente estableció una distinción crucial entre
ontología formal y ontologías regionales, permitiendo un análisis más
estructurado de los diferentes ámbitos de la realidad (Quine, como se citó en
Diccionario de Filosofía Herder, 1996). Esta evolución refleja cómo la
ontología, lejos de ser un campo estático, se ha adaptado a las diferentes
necesidades epistemológicas y filosóficas de cada época, manteniendo siempre su
preocupación central por comprender la naturaleza fundamental del ser y la
existencia en todas sus manifestaciones. Manifestaciones y bases donde por
supuesto la idea del concepto de Dios no podía dejar de ser abordado por todas
las intríngulis que envuelve examinar el impacto perenne del pensamiento deísta
a lo largo de millones de siglos.
Dada la definición, después de la
lectura del comentario del usuario sobre la prioridad de la música mundana a
"creer en personajes imaginarios", lo primero que emergió en mi
pensamiento fue la paradoja del amor romántico. Todos sabemos
que enamorarse conlleva un riesgo inevitable: la vulnerabilidad
absoluta ante el dolor, la traición, la pérdida. Hemos sido testigos,
ya sea en carne propia o a través de otros, del sufrimiento que puede causar
una relación amorosa hasta el punto de desencadenar episodios funestos y
trágicos ¿Por qué, entonces, seguimos aventurándonos una y otra vez, buscando
la conexión con otro ser humano, abrazando una experiencia que puede acabar
sumiéndonos en la angustia? La respuesta no es sencilla, pero apunta hacia algo
fundamental: hay pulsiones, deseos y necesidades en la condición humana que
escapan a la simple racionalidad costo-beneficio. El amor no se entiende
únicamente con la razón, sino con una parte de nuestro ser que anhela
trascender la individualidad y conectarse con otro, con algo mayor. Resulta que
esa misma lógica puede ayudarnos a comprender el fenómeno de la espiritualidad
y la religión.
Así como el amor sobrevive a pesar
del dolor, la religiosidad y las formas de pensamiento espiritual persisten,
incluso en sociedades marcadamente escépticas y cientificistas. Desde que
nuestros ancestros alzaron la mirada hacia el firmamento nocturno y
contemplaron un cielo plagado de estrellas, la humanidad ha intuido la
existencia de algo más grande, más vasto y poderoso que ella misma. Esta
intuición no se basó en demostraciones empíricas o en teorías perfectamente
argumentadas, sino en una vivencia profunda ante la inmensidad. Frente a la
enormidad del cosmos, nos descubrimos frágiles, finitos e irremediablemente
maravillados. De esa fascinación nace la pregunta esencial: ¿hay algo superior,
algo que trascienda el estrecho margen de nuestra mortalidad y el horizonte de
nuestros sentidos?
De manera similar, la experiencia
religiosa y espiritual persiste a través de las épocas y culturas, no como un
simple conjunto de creencias heredadas, sino como una respuesta
fundamentalmente humana ante la vastedad del cosmos. Cuando nuestros ancestros
levantaron por primera vez la mirada hacia el cielo nocturno, experimentaron
algo que sigue resonando en la psique humana contemporánea: el reconocimiento
de nuestra propia finitud frente a lo infinito.
Esta experiencia primordial de lo
sublime, como la llamarían posteriormente los filósofos, no fue simplemente un
ejercicio intelectual. Fue —y sigue siendo— una respuesta visceral que surge
del encuentro entre nuestra consciencia limitada y la inmensidad del universo.
La inferencia de "algo superior" no surgió primariamente de un
razonamiento deductivo, sino de una intuición existencial nacida de nuestra
propia vulnerabilidad y asombro.
El cristianismo, como caso
paradigmático, ilustra el poder transformador de las experiencias espirituales
cuando se cristalizan en sistemas religiosos organizados. Su influencia ha sido
tan profunda que la forma en que contamos el tiempo histórico —el “antes” y el
“después” de Cristo— da cuenta de su magnitud. Esto no es un accidente ni el
mero producto de imposiciones políticas; refleja la capacidad de las
estructuras religiosas para moldear la experiencia humana colectiva. Así, el
cristianismo no solo dejó su huella en la espiritualidad individual de
millones, sino que también influyó en la historia, la cultura, la ética y la
moral de civilizaciones enteras. No importa cuántas teorías intenten reducir la
religión a una ilusión; su fuerza histórica y cultural la convierte en un
fenómeno que exige más que descalificaciones superficiales. Esto no implica
ignorar problemáticas, contradicciones o abusos de poder, sino reconocer que su
impacto es real, palpable y humano.
Para San Anselmo de Canterbury,
este carácter intuitivo de lo trascendente resultó crucial. Su argumento
ontológico, formulado en el siglo XI, buscaba demostrar la existencia de Dios
sin recurrir a la observación empírica (a diferencia del argumento cosmológico
de Santo Tomás de Aquino, basado en la causalidad, o del teleológico del mismo
Tomás, fundamentado en el orden del cosmos). El planteamiento de Anselmo era un
razonamiento a priori, centrado en la propia idea de Dios como “ens
realissimum” —el ser más real—, de cuya definición resultaba imposible
pensar su inexistencia.
Siglos más tarde, Kant distinguiría
y analizaría críticamente estos tres tipos de argumentos —ontológico,
cosmológico y físico-teleológico— subrayando la originalidad del enfoque de
Anselmo. Esta forma de razonar, completamente interna al concepto de Dios,
muestra cómo la intuición primitiva del infinito y la búsqueda de sentido, al
cristalizarse en sistemas religiosos organizados como el cristianismo, no solo
nutren la experiencia espiritual, sino que también dan pie a debates
filosóficos profundos. De este modo, la influencia del cristianismo trasciende
la fe particular de sus creyentes, permeando nuestras reflexiones sobre lo
divino y nuestra propia existencia.
Intentar comprender la
espiritualidad con la misma lógica con la que analizamos, digamos, un objeto
material es un callejón sin salida. Necesitamos nuevas categorías, lentes más
sutiles, para apreciar su dimensión. Al igual que el amor, la espiritualidad
puede resultar dolorosa, puede generar tensiones e incluso convertirse en un
arma de manipulación. Pero también puede ser fuente de consuelo, esperanza y
sentido. Está hecha de la misma materia prima que nutre nuestros anhelos más
profundos: el asombro ante el universo, el deseo de trascendencia, la conexión
con lo infinito.
Y aquí volvemos al punto de
partida: el comentario del amigo, su preferencia por “música mundana” frente a
“personajes imaginarios”. Tal vez, con su comentario, él simplemente pretendía
poner distancia entre su mundo interior y la religiosidad tradicional. Pero su
afirmación me llevó a una reflexión más amplia: ni el amor, ni la
espiritualidad, ni la propia idea de Dios pueden ser reducidos a simples
ilusiones sin consecuencias.
Pensemos, por ejemplo, en el amor:
a lo largo de los siglos, ha impulsado alianzas entre pueblos, cimentado
familias que dieron origen a naciones, encendido la creatividad de artistas y
músicos, y, pese a traiciones y rupturas que convierten el terreno emocional en
un campo minado, la gente sigue buscando amar y ser amada. Esta constancia,
esta persistencia del amor a pesar de su potencial destructivo, demuestra su
enorme impronta.
Del mismo modo, la espiritualidad y
la concepción de Dios, abordadas desde el eje ontológico que insiste en un Ser
Supremo como fundamento último de la realidad, no pueden comprenderse
simplemente como productos arbitrarios del imaginario humano. Algo “imaginario”
no tendría la fuerza para atravesar milenios, inspirar sistemas de valores,
cosmovisiones, éticas y morales, ni para sostener un diálogo filosófico que
parte, precisamente, de la noción de un Ser que trasciende lo empírico. Su
persistencia, su capacidad de influir en la forma en que entendemos el bien, el
mal, la justicia, la belleza y el propósito de la existencia, indica que
estamos ante una dimensión radicalmente humana, pero no por ello menos
significativa y fundamental en la comprensión de nuestra condición y del cosmos
que habitamos. Así, el poder de estas ideas radica en formar parte inseparable
de lo que somos, de esa mezcla fascinante de razón, emoción, misterio y
necesidad ontológica que define nuestra humanidad.
Lo fascinante es que incluso en
nuestra era secular, donde el pensamiento científico y el escepticismo racional
predominan, la dimensión espiritual de la existencia humana persiste. Los ateos
más convencidos deben todavía posicionarse frente a lo trascendental, aunque
sea para negarlo, demostrando así su naturaleza ineludible en la
experiencia humana.
Al final, comprender que la
espiritualidad es ontológica no significa que todos debamos abrazar sistemas
religiosos, sino reconocer que esta dimensión, junto al amor y otras
experiencias íntimas e inefables, es un componente esencial de la existencia
humana. Lejos de ser un simple vestigio de la ignorancia primitiva, forma parte
del entramado complejo que nos hace buscar sentido, trascender lo obvio y
sumergirnos en las profundidades de lo que somos. Comprenderlo es, en última
instancia, comprendernos a nosotros mismos.
Para Considerar:
1.
La libertad de no creer es tan
valiosa como la libertad de creer. Sin embargo, esta libertad se enriquece
cuando viene acompañada de una comprensión profunda de lo que se está
cuestionando.
2.
Al igual que no reducimos el amor a
"meras reacciones químicas" —aunque sepamos que estas existen—,
podemos reconocer que la experiencia religiosa trasciende la simple dicotomía
entre "real" e "imaginario".
3.
La búsqueda de alivio y significado
es una constante humana. Mientras algunos lo encuentran en la ciencia o el
arte, otros lo hallan en la experiencia religiosa. Ninguna de estas
búsquedas invalida a las otras.
Para Concluir
Para aquellos que han elegido el
camino del escepticismo religioso —ya sea desde el ateísmo o el agnosticismo—
es fundamental mantener una postura que combine el pensamiento crítico con la
comprensión empática de la experiencia humana. Así como no desdeñamos el
amor, por las guerras que ha causado o los millones de corazones que
han roto, podemos aproximarnos al fenómeno religioso con una mirada más
matizada y profunda y menos simplista e irónica.
La influencia duradera de lo
espiritual en la vida humana no es una aberración que
deba ser corregida ni una ilusión que deba ser disipada. Es un aspecto
fundamental de nuestra humanidad que merece ser estudiado y comprendido en toda
su complejidad. Como el amor, puede ser fuente tanto de consuelo como de
conflicto, pero su naturaleza ontológica lo hace inseparable de la experiencia
humana misma.
Al final, para algo que algunos
consideran meramente "imaginario", la espiritualidad ha demostrado
tener un impacto demasiado profundo y duradero para ser descartada como una
simple fantasía. Es, en esencia, una manifestación de nuestra naturaleza más
profunda como seres que buscan significado en un universo vasto y misterioso.
Referencias Bibliográficas
- Camargo, C. [@criscamargoa]. (2024, diciembre 3). Uy no, yo prefiero seguir con la música mundana que creer en personajes imaginarios [Tweet]. X (anteriormente Twitter).
- Carreras Artau, T., & Carreras Artau, J. (2014). Historia de la filosofía española.
- Cortés, J., & Martínez, A. (1996–1999). Diccionario de filosofía en CD-ROM. Barcelona: Empresa Editorial Herder S.A. (ISBN: 84-254-1991-3)
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- Hirchberger, J. (1954). Historia de la filosofía.
- Menéndez Pelayo, M. (1878). La filosofía española.
- Prado Antúnez, A. (2024, 28 junio). Argumento ontológico de San Anselmo: resumen. Unprofesor.com. Recuperado de https://www.unprofesor.com/ciencias-sociales/argumento-ontologico-de-san-anselmo-resumen-6562.html
- Wikipedia. (s.f.). Argumento cosmológico. Recuperado el 6 de diciembre de 2024, de https://es.wikipedia.org/wiki/Argumento_cosmol%C3%B3gico
Junnior Calcaño Álvarez (San Pedro
de Macorís, 1987) es un escritor, educador e investigador dominicano. Con
formación en Teología y Filosofía y Letras (UASD), cuenta con más de 15 años de
experiencia docente en Letras y Literatura. Ha publicado obras literarias como
"Retratos de un Corazón Perdido", "Versos en Vuelo" y
"Caminando en la Fe", abordando poesía, crítica social y
espiritualidad. Además, fundó D' Calcaño Soluciones, plataforma enfocada en
asesoría académica rigurosa. Su labor, tanto en el ámbito educativo como
literario, lo convierte en una referencia cultural en su comunidad.