Un ensayo sobre hispanidad, revisionismo y las alternativas que nunca existieron
No escribo esto desde la nostalgia ni desde la ignorancia. Escribo como caribeño, como hispanohablante, como heredero de una historia que no elegí pero que me constituye. Y escribo, sobre todo, como alguien que ha dedicado tiempo a pensar en las preguntas incómodas que el revisionismo contemporáneo prefiere evitar.
La tesis que defenderé es simple pero impopular: la colonización española de América, con todos sus horrores documentados, representó paradójicamente el mejor escenario posible dentro de un conjunto de opciones que eran, todas, inevitablemente violentas. No defiendo la conquista; defiendo el análisis comparativo. No celebro el imperio; señalo que los otros imperios fueron peores.
I. La inevitabilidad que nadie quiere discutir
Existe en ciertos círculos académicos y activistas una tendencia a discutir la colonización española como si la alternativa hubiera sido la no colonización. Como si los pueblos originarios de América hubieran podido continuar su desarrollo autónomo indefinidamente, de no ser por la codicia castellana.
Esta premisa es históricamente insostenible.
Europa occidental en el siglo XV había desarrollado ventajas tecnológicas decisivas: navegación oceánica, metalurgia avanzada, armas de fuego, y —quizás lo más determinante— inmunidad a enfermedades que serían devastadoras para poblaciones sin exposición previa. El continente americano iba a ser "descubierto" por alguien. La pregunta no era si habría colonización, sino quién la ejecutaría.
Los candidatos realistas eran España, Portugal, Inglaterra, Francia y, posteriormente, Holanda. Cada uno traía consigo un modelo colonial distinto, una concepción diferente de qué hacer con las tierras conquistadas y, crucialmente, con las personas que las habitaban.
Juzgar a España sin considerar estas alternativas no es análisis histórico; es moralismo anacrónico.
II. El modelo inglés: la eficiencia del exterminio
Permítanme ser directo: si el hemisferio occidental hubiera sido colonizado predominantemente por Inglaterra, los pueblos originarios de América no existirían hoy en ningún sentido demográficamente significativo.
No es hipérbole. Es el registro histórico.
En las colonias inglesas de Norteamérica, Australia y Nueva Zelanda, el patrón fue consistente: segregación absoluta, desplazamiento territorial sistemático, y exterminio cuando la segregación fallaba. Los nativos americanos de Estados Unidos fueron reducidos a reservaciones. Los aborígenes australianos fueron cazados como animales hasta bien entrado el siglo XX. El mestizaje no solo no se fomentó; se consideraba aberrante.
El resultado es visible hoy. En Estados Unidos, los descendientes de pueblos originarios representan aproximadamente el 2% de la población. En Australia, menos del 4%. Son minorías marginales en tierras que fueron enteramente suyas.
Contrasten esto con México, donde más del 60% de la población tiene ascendencia indígena significativa. Con Perú, Bolivia, Guatemala, donde los pueblos originarios y sus descendientes mestizos constituyen la mayoría demográfica. Con mi propio Caribe hispano, donde el mestizaje es la norma y no la excepción.
Los españoles fueron brutales. Pero los ingleses fueron eficientes. Y en términos de supervivencia de pueblos, la brutalidad ineficiente resultó preferible a la eficiencia exterminadora.
III. El caso francés: Saint-Domingue como advertencia
No necesito teorizar sobre qué hubiera pasado con un Caribe francés. Tengo el ejemplo cruzando una frontera.
La isla que comparto, Hispaniola, fue dividida por accidente histórico entre dos modelos coloniales. El este quedó bajo España; el oeste, bajo Francia. El contraste no podría ser más instructivo.
Saint-Domingue —el Haití colonial— fue la joya del imperio francés en América. La colonia más rentable del Caribe, produciendo más azúcar y café que todas las Antillas británicas combinadas. Una máquina de riqueza extraordinaria.
¿El costo? El sistema esclavista más brutal del hemisferio occidental.
Los franceses en Saint-Domingue operaban bajo un cálculo simple y monstruoso: era más económico trabajar a un esclavo hasta la muerte en siete años y reemplazarlo, que mantenerlo vivo por más tiempo. La tasa de mortalidad era tan alta que la colonia requería importación constante de africanos esclavizados simplemente para mantener la fuerza laboral. No hubo mestizaje significativo. No hubo integración. Hubo extracción pura, sistemática, hasta el hueso.
Cuando los esclavos finalmente se rebelaron —en la única revolución de esclavos exitosa de la historia— Francia no aceptó la derrota con gracia. Exigió una "indemnización" por la propiedad perdida: los propios esclavos liberados tuvieron que pagar a sus antiguos dueños por su libertad. Esta deuda, equivalente a miles de millones en moneda actual, no terminó de pagarse hasta 1947. Haití nació libre pero encadenado financieramente.
El lado español de la isla no fue un paraíso. Santo Domingo fue una colonia pobre, olvidada, marginal dentro del imperio. Pero precisamente por eso, el sistema fue menos extractivo, más poroso, más dado al mestizaje y la integración. Cuando llegó la independencia, no dejó una sociedad devastada.
Hoy, la frontera entre República Dominicana y Haití sigue siendo una de las más visibles desde el espacio, no por accidentes geográficos, sino por la diferencia en cobertura forestal. Un lado fue explotado hasta la deforestación total; el otro no. La metáfora es casi demasiado obvia.
IV. El debate interno que España sí tuvo
Hay algo que distingue a la colonización española y que el revisionismo simplista ignora sistemáticamente: España fue el único imperio colonial que tuvo un debate público, teológico y legal sobre si lo que estaba haciendo era moralmente permisible.
Bartolomé de las Casas denunció las atrocidades contra los indígenas ante la Corona. Francisco de Vitoria cuestionó desde Salamanca la legitimidad misma de la conquista. Las Leyes de Burgos de 1512 y las Leyes Nuevas de 1542 intentaron —con éxito limitado pero real— regular el trato a los pueblos originarios.
¿Funcionaron perfectamente? No. ¿Fueron suficientes? Claramente no. Pero existieron. Hubo un reconocimiento, al menos teórico, de que los indígenas eran seres humanos con derechos.
Busquen debates equivalentes en la Inglaterra del siglo XVII sobre los derechos de los nativos norteamericanos. Busquen legislación francesa protegiendo a los esclavos de Saint-Domingue. Busquen teólogos holandeses cuestionando la Compañía de las Indias Orientales.
No los encontrarán. No porque no haya registros, sino porque esos debates no ocurrieron.
V. El problema del revisionismo selectivo
Hay una corriente en la academia y el activismo latinoamericano contemporáneo que ha convertido a España en el villano único de la historia americana. Se derriban estatuas de Colón mientras se ignora que el sistema que realmente exterminó poblaciones enteras fue el anglosajón. Se exige que España "pida perdón" mientras Francia nunca ha devuelto un centavo de lo que extrajo de Haití.
Esta selectividad no es accidental. Es más fácil odiar al colonizador cuyo idioma hablamos, cuya religión heredamos, cuya sangre corre por nuestras venas. Es más incómodo reconocer que ese mestizaje —esa mezcla que somos— fue precisamente lo que permitió que siguiéramos existiendo.
También hay una idealización implícita de las civilizaciones precolombinas que no resiste escrutinio. Los aztecas mantenían un imperio basado en tributo y sacrificio humano a escala industrial. Los incas practicaban conquista y asimilación forzada. Los taínos del Caribe no eran pacifistas rousseaunianos; hacían guerra y tomaban esclavos de otros pueblos.
Esto no justifica la conquista. Pero sí complica la narrativa maniquea de invasores malvados contra víctimas inocentes. La historia humana es, lamentablemente, una sucesión de imperios, conquistas y violencias. Los europeos no inventaron la opresión; simplemente la ejecutaron con tecnología superior.
VI. Lo que significa ser heredero de esta historia
Escribo en español. Esto no es neutral.
Es el idioma que me permite comunicarme con cuatrocientos millones de personas desde la Patagonia hasta el Río Grande. Es el vehículo de una literatura que va desde Cervantes hasta García Márquez, desde Sor Juana hasta Borges. Es, nos guste o no, el legado más funcional de la colonización.
Podría resentirlo. Podría ver cada palabra que escribo como una cicatriz colonial. Algunos eligen esa interpretación.
Yo elijo otra. Elijo reconocer que este idioma, esta cultura, esta identidad mestiza que cargo, es el resultado de una historia violenta que no puedo cambiar pero sí puedo entender. Y entenderla significa aceptar que, dentro de las opciones disponibles en el siglo XVI, la opción española —con todos sus crímenes— fue la que dejó pueblos vivos para contarla.
No pido que nadie celebre la conquista. Pido que dejemos de fingir que había una alternativa donde América permanecía intocada. Pido análisis comparativo en lugar de indignación selectiva. Pido que reconozcamos que ser herederos de Castilla, con todo lo que eso implica, es preferible a ser los fantasmas de pueblos que ya no existen.Desde esta isla dividida, donde un lado habla español y el otro carga todavía las cadenas financieras de Francia, la conclusión me parece evidente.
No elegimos quién nos colonizó. Pero podemos, al menos, tener la honestidad intelectual de reconocer que nos pudo haber ido mucho peor.