Vi el libro Todo está jodido en un estante, con ese color chillón y ese título que parece más una provocación que una promesa. Confieso que el estilo humorístico de Mark Manson me resulta genuinamente bueno: irreverente, directo, a ratos vulgar, pero con una capacidad poco común para empujar al lector a pensar sin darse cuenta de que está pensando.
| Mark Manson. |
La religión.
No como doctrina. No como fe explícita.
Sino como forma mental.
Manson no utiliza lenguaje religioso ni teológico, y es evidente que no es un descuido. Su público es secular. Escéptico. A menudo incómodo con cualquier mención de Dios. Pero, paradójicamente, lo que describe es exactamente lo que G. K. Chesterton formuló hace más de un siglo de manera frontal y sin anestesia: cuando el ser humano deja de creer en Dios, no deja de creer; simplemente empieza a creer en cualquier cosa.
| G.K. Chesterton, G. K. Chesterton, fue un escritor, filósofo y periodista británico católico de inicios del siglo XX. Cultivó, entre otros géneros, el ensayo, la narración, la biografía, la lírica, el periodismo y el libro de viajes. |
La felicidad, el progreso, la identidad, la ideología, la productividad, incluso el “ser buena persona”, ocupan ese lugar. Se convierten en fines últimos. En dogmas. En sistemas cerrados que prometen salvación y castigan el fracaso. Exactamente como una religión.
Y ahí es donde aparece, para mí, lo casi cómico —no sé si la palabra exacta es ironía, contradicción o una forma elegante de autoengaño—: el esfuerzo por negar a Dios mientras se conservan intactas todas las estructuras cognitivas que tradicionalmente apuntaban a Él.
Se reniega de Dios, pero:
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se mantiene la idea de culpa,
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se mantiene la idea de redención,
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se mantiene la necesidad de sentido último,
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se mantiene la esperanza de salvación,
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se mantiene incluso el lenguaje moral absoluto.
Solo se cambian los nombres.
No es que estas personas no crean en nada.
Es que creen en lo mismo, pero rebautizado, para que el “elefante blanco” de Dios no entre en la habitación y haga sentir incómoda a su conciencia moderna.
Manson parece intuirlo todo, pero se detiene antes de nombrarlo. Y es comprensible: poner la etiqueta sería perder al lector. Su mérito está en describir el mecanismo sin señalar explícitamente la fuente. Chesterton, en cambio, no tenía ese problema: decía directamente que el hombre es religioso por naturaleza y que negar a Dios no elimina la religión, solo la degrada.
Al final, el libro me hizo sonreír más de una vez. No solo por su humor, sino por la paradoja: un texto profundamente crítico del vacío moderno que, sin quererlo o sin decirlo, confirma una intuición teológica antigua. Que el problema no es creer demasiado, sino creer mal. Que el problema no es Dios, sino lo que ponemos en su lugar cuando intentamos borrarlo.
Y ahí, justo ahí, es donde Todo está jodido deja de ser solo un libro provocador y se convierte en algo más interesante: un espejo secular de una verdad que la teología lleva siglos repitiendo, aunque hoy ya casi nadie quiera escucharla (aunque hoy prefiramos llamarla 'crecimiento personal' para no sentirnos culpables).