Hoy, mientras revisaba unas líneas de código para un proyecto personal —uno de esos que hago no por obligación, sino por el puro placer de optimizar mi entorno y mantener mi mente afilada—, me topé con una noticia que me hizo detener el cursor: "La Generación Z ya no quiere estudiar programación: el 76% apuesta por carreras radicalmente distintas".
Al leerlo, sentí esa mezcla familiar de frustración y tristeza que a veces me asalta en el aula. No es la rabia de un viejo gruñón que piensa que todo tiempo pasado fue mejor, sino la desilusión de un profesor (y programador) que ve cómo una generación, a la que se le entregó el mundo en una pantalla táctil, decide bajar las manos y rendirse ante la herramienta que podría darles el control.
En mi libro, "Trabajar no es terapia", dedico varios capítulos a desmantelar la idea de que el trabajo debe ser un refugio emocional constante. Y esta noticia es la confirmación más dolorosa de esa tesis.
La mentira de la "pasión" y el miedo a la frustración
Nos vendieron —y peor aún, les vendimos a ellos— la idea de que somos "nativos digitales". Pensamos que, por haber nacido con una tablet bajo el brazo, estos jóvenes se sumergirían de manera inmersiva en la creación tecnológica. Que serían los arquitectos del nuevo mundo digital.
Pero la realidad, como confirman los datos de 3DJuegos y las tendencias que afectan a gigantes como Google o Apple, es que no quieren construir la tecnología; solo quieren consumirla.
¿Por qué? Porque programar sigue siendo difícil. Porque programar requiere tolerancia a la frustración, esa capacidad de la que hablo en mi libro y que parece estar en peligro de extinción. En la programación, el código no funciona porque tú tengas "buenas intenciones" o porque te sientas "validado emocionalmente". Funciona si la lógica es correcta. Si te equivocas, el compilador te lo dice en la cara, sin empatía y sin rodeos. Y para una generación que ha sido educada bajo la premisa de que el entorno debe adaptarse a su bienestar emocional, un error de sintaxis se siente como una agresión.
Del aula al IDE: La misma apatía
Como profesor del Ministerio de Educación, he visto esta actitud en los pupitres. Esa resistencia a profundizar, esa búsqueda del camino más corto, esa alergia al "esfuerzo sostenido" que no ofrece recompensas inmediatas. Pero tenía la esperanza —ilusa, ahora veo— de que el mundo tecnológico sería la excepción. Pensé: "Bueno, quizá no les guste la literatura clásica, pero seguro les apasionará crear las aplicaciones que usan todo el día".
Me equivoqué. La noticia de que prefieren carreras "menos estresantes" o "con más propósito" (a menudo eufemismos para trabajos donde la exigencia técnica es menor o más subjetiva) me deja un sabor amargo.
Lo que no entienden, y lo que trato de explicar en mis escritos, es que huir de la dificultad no es "autocuidado"; es autoboicot. Al rechazar aprender el lenguaje de las máquinas (la programación), están eligiendo ser usuarios pasivos en lugar de creadores activos. Están cediendo el poder a los pocos que sí estemos dispuestos a pelear con el código.
La ironía más cruel: rechazan la programación justo cuando es más fácil que nunca
Y aquí viene la parte que más me duele, la que me hace cuestionar si entiendo algo de esta generación.
Estamos en 2025. Tenemos inteligencia artificial que puede autocompletar código, explicar errores, generar funciones completas. Tenemos ChatGPT, GitHub Copilot, Claude, herramientas que nosotros no tuvimos cuando aprendimos a programar. Cuando yo empezaba, debuggear significaba horas leyendo foros en inglés mal traducidos y documentación críptica. Ahora tienen un asistente que les explica línea por línea qué hace su código.
Programar nunca fue tan accesible como ahora.
Y justo en este momento histórico, cuando las barreras de entrada se derrumbaron, cuando la curva de aprendizaje se suavizó exponencialmente... deciden que no les interesa.
Pero espera, porque la contradicción se pone peor.
Resulta que la misma generación que rechaza trabajar desde casa programando —algo que mi generación peleó por años— ahora prefiere volver a las oficinas. Sí, leíste bien. Oficinas físicas. Con commute diario. Con horarios rígidos. Con todas las estructuras que supuestamente odiaban.
¿Y para qué? No para construir una carrera ahí. No para crecer en una empresa. Sino para usarlas como trampolín. Seis meses aquí, un año allá, lo suficiente para poner algo en el currículum y saltar a la siguiente. Sin compromiso. Sin estabilidad. Sin siquiera la intención de quedarse.
Me explico: rechazan el trabajo remoto que les daría autonomía, flexibilidad real y la posibilidad de vivir donde quieran. Rechazan aprender habilidades técnicas que les permitirían crear sus propios proyectos, trabajar para empresas globales o incluso emprender. Y en su lugar, prefieren empleos presenciales que ellos mismos admiten que son "temporales", que usan solo para "ganar experiencia" antes de "encontrar su verdadero propósito".
¿Qué clase de lógica es esa?
Es como si rechazaran las herramientas del futuro para aferrarse a las estructuras del pasado que ni siquiera respetan. Como si dijeran: "No queremos aprender a construir, pero sí queremos que nos paguen mientras fingimos que lo hacemos".
Y mientras tanto, las empresas se quejan de que no encuentran talento técnico. Los salarios de programadores siguen subiendo por escasez. Las posiciones quedan vacantes por meses. Y ellos, cómodamente, dicen: "Es que eso no es para mí".
Déjame ser claro: no estoy diciendo que todos deban programar. Pero cuando una generación entera rechaza las herramientas que literalmente construyen el mundo en que viven, y en su lugar prefieren empleos que ni siquiera planean conservar... algo está profundamente roto.
No es solo falta de interés. Es falta de visión.
Porque no ven que aprender a programar hoy —con todas las herramientas de IA disponibles— sería la inversión más inteligente que podrían hacer. Les daría independencia económica, capacidad de crear soluciones a sus propios problemas, y sí, hasta la libertad de trabajar desde una playa si eso es lo que buscan.
Pero no. Prefieren la oficina temporal. El trabajo sin futuro. La comodidad de no tener que aprender algo difícil.
Y yo me quedo aquí, viendo cómo desperdician ventajas que mi generación no tuvo, preguntándome si acaso tienen idea del privilegio que están rechazando.
Una carga injusta para los que quedamos
Y aquí es donde mi indignación se vuelve personal. Si los "profesionales del futuro" deciden abdicar de su trono, ¿quién sostendrá la infraestructura digital del mundo? La respuesta, irónicamente, recae de nuevo sobre nosotros: los Millennials (esos que ya tenemos 38 años y canas), la Generación X, y los pocos jóvenes que entienden que trabajar no es un castigo, pero tampoco es un recreo.
Nos dejan la responsabilidad de mantener los servidores, de crear las IAs, de parchar los sistemas de seguridad, mientras ellos buscan profesiones que "no les quiten la paz mental". Es una postura cómoda, pero peligrosamente ingenua.
Un llamado (paternal, no tóxico)
Si alguno de mis estudiantes o lectores jóvenes lee esto, quiero decirles algo no como crítico, sino casi como un padre preocupado:
El mundo no te va a pagar por lo que sientes, sino por los problemas que resuelves. La programación, la ingeniería, las ciencias duras... no son "entornos tóxicos" porque sean difíciles; son entornos exigentes porque construyen la realidad.
En "Trabajar no es terapia" les recuerdo que la vocación se construye en la arena, no en la nube de la idealización. No desperdicien su talento. Tienen la agilidad mental, tienen los recursos, tienen el tiempo. No dejen que el miedo a la frustración les robe la oportunidad de ser los dueños de su futuro.
Programar puede que no cure tus traumas, pero te aseguro que ver tu creación cobrar vida, fruto de tu propio intelecto y disciplina, es una satisfacción que ningún "like" en redes sociales te podrá dar jamás.
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