Jodeci: Crónica del sonido que no pidió permiso
Por qué los arquitectos del R&B más peligroso de los 90 ganaron la eternidad y perdieron el mundo
Hay una escena que lo explica todo. Es 1995, y en algún lugar de un estudio en Nueva York, DeVante Swing escucha por primera vez el corte final de "Get On Up" — un sample de Diana Ross empaquetado en ritmo disco, con un estribillo que prácticamente le ruega al oyente que sonría. DeVante no sonríe. Según cuentan quienes estuvieron ahí, la reacción fue silencio, después disgusto, después algo parecido a un duelo. Esa canción sería un éxito enorme. También sería el principio del fin.
Para entender a Jodeci hay que entender primero que nunca fueron un grupo de R&B en el sentido convencional. Eran dos pares de hermanos de Carolina del Norte — los DeGrate y los Hailey — que llegaron a la industria con voces entrenadas en iglesias pentecostales y una visión sonora que no tenía precedente real. Pero la palabra clave ahí no es "voces". Es "visión". Y esa visión tenía un solo dueño.
El laboratorio de DeVante
DeVante Swing no producía canciones; construía ambientes. Cuando programaba una caja de ritmos, no buscaba el golpe limpio y simétrico que usaban Babyface o Jimmy Jam & Terry Lewis — los productores que en ese momento definían lo que el R&B debía sonar en la radio. DeVante buscaba otra cosa. Buscaba peso. Buscaba fricción.
El kick en un track de Jodeci no suena como el de un estudio profesional de Nashville. Suena como el portazo de un Cadillac en un estacionamiento vacío a las dos de la mañana. El snare no tiene la reverberación cristalina del pop; tiene un corte seco, a veces saturado, a veces sucio de una manera que parece un error técnico hasta que te das cuenta de que no lo es. DeVante programaba baterías como si estuviera produciendo para un rapero del calibre de Redman o EPMD, y luego sobre esa base agresiva ponía a K-Ci Hailey desgarrándose la garganta con melismas que venían directamente del altar de una iglesia bautista del sur profundo.
Ese contraste era la innovación real. No era R&B sucio por limitación técnica ni por descuido. Era una decisión estética radical: colocar lo sagrado sobre lo profano, la voz del domingo en la mañana sobre el beat del sábado en la noche. Escucha "Feenin'" con audífonos buenos y lo que oyes es una canción que no debería funcionar — los sintetizadores analógicos crean una atmósfera casi narcótica, el bajo está distorsionado de una manera que roza lo psicodélico, y encima de todo eso, K-Ci canta como si estuviera en un trance religioso sobre deseo sexual. Es incómodo, es hipnótico, y no se parece a nada que existiera antes ni que haya existido exactamente igual después.La ruta que Jodeci nunca tomó (y que Boyz II Men convirtió en autopista)
Aquí hace falta ser honesto, incluso si uno — como yo — es pro-Jodeci. Boyz II Men no eran simplemente la "versión corporativa" del R&B, como a veces se simplifica. Eran músicos serios con armonías vocales impecables que tomaron una decisión estratégica brillante: hacer que el R&B vocal fuera accesible para cualquier persona en cualquier lugar del planeta. Un adolescente en Tokio podía emocionarse con "End of the Road" sin necesitar contexto cultural alguno. Un padre de familia en Londres podía poner "I'll Make Love to You" en su aniversario sin sentir que estaba entrando en territorio ajeno.
Boyz II Men universalizaron el género. Trabajaron con productores que pensaban en términos de crossover desde el primer acorde. Su estética visual — trajes coordinados, coreografías elegantes, sonrisas ensayadas — estaba diseñada para no intimidar a nadie. Y funcionó espectacularmente: se convirtieron en el referente internacional del R&B, vendieron decenas de millones de discos, rompieron récords de Billboard que habían sido de Elvis.
Jodeci nunca compitió en ese terreno. No porque no pudieran — K-Ci y JoJo tenían voces que podían pararse al lado de cualquiera — sino porque DeVante no quería. Su brújula no apuntaba hacia el Madison Square Garden ni hacia la BBC de Londres. Apuntaba hacia el sótano de una fiesta en Charlotte a las tres de la mañana, donde el aire está denso y la música suena como si viniera de adentro de las paredes.
Esto no fue falta de visión. Fue una visión diferente. Boyz II Men quería escalar; Jodeci quería profundizar. Una estrategia te da el mundo; la otra te da un culto. Y los cultos, por definición, no llenan estadios en Japón.
El cisma: cuando "Get On Up" rompió el pacto
La grieta que mató a Jodeci no empezó con gritos ni con contratos. Empezó con un sample de Diana Ross. La canción fue lanzada como el tercer y último sencillo del álbum en 1996. "Get on Up" contiene un sample de la canción de 1981 de Quincy Jones con " Velas " de Toots Thielemans . Producida por el Sr. Dalvin y escrita por el Sr. Dalvin y K-Ci & JoJo , es el único sencillo de Jodeci hasta la fecha que no fue producido ni escrito por el líder del grupo, DeVante Swing.
Mr. Dalvin — el hermano de DeVante, más pragmático, más dispuesto a leer el mercado — impulsó "Get On Up" como lo que era: un intento deliberado de hacer un hit radiofónico que compitiera en el terreno pop. La canción funcionó. Sonó en todas partes. Y DeVante la detestó con una intensidad que, según las crónicas de la industria, rozaba lo personal.
Pero hay algo más que rara vez se menciona. En ese mismo período, DeVante estaba construyendo Da Bassment Cru — su colectivo de protegidos que incluía a un joven productor llamado Tim Mosley (que el mundo conocería como Timbaland), a una rapera y compositora llamada Missy Elliott, y a un cantante llamado Ginuwine. En ese laboratorio, DeVante estaba incubando el sonido que dominaría el R&B entre 1997 y 2003. Él sabía — o intuía — que el futuro de la música negra no iba hacia lo más limpio sino hacia lo más extraño, lo más rítmicamente arriesgado, lo más texturalmente denso. Hacer una canción disco-pop en ese momento era, para él, retroceder hacia exactamente lo que él estaba enseñando a sus alumnos a destruir.
Su instinto no estaba equivocado. Estaba adelantado. El problema fue que no supo — o no quiso — mantener a Jodeci vivo mientras esperaba que el mundo lo alcanzara.K-Ci & JoJo: las voces sin el arquitecto
Cuando los hermanos Hailey se separaron para formar K-Ci & JoJo, hicieron lo que cualquier vocalista extraordinario haría al perder a su director creativo: gravitaron hacia lo que el mercado pedía. Y el mercado, a finales de los 90, pedía baladas.
"All My Life" es, objetivamente, una canción enorme. Es hermosa, es emotiva, está perfectamente ejecutada. K-Ci canta con una vulnerabilidad que pone la piel de gallina. Pero si la escuchas inmediatamente después de "Cry for You" o "My Heart Belongs to U" de Jodeci, notas lo que falta. Falta el peligro. Falta la imprevisibilidad. Falta ese bajo que vibra demasiado, ese snare que corta demasiado, esa atmósfera de que algo podría salir mal en cualquier momento.
El sonido de K-Ci & JoJo era piano de cola limpio, cuerdas orquestales, baterías de estudio impecables. Era música que podías poner en una cena familiar, en una boda, en un comercial de perfumes. Era, en resumen, música sin riesgo. Y eso no es un insulto — es simplemente la consecuencia lógica de quitarle a un grupo su visionario y dejar solo a los intérpretes. Las gargantas de K-Ci y JoJo funcionaban igual de bien sobre una balada de David Foster que sobre un beat oscuro de DeVante. El problema es que solo una de esas opciones era irremplazable.
Veinte años de silencio y la guerra fría entre hermanos
Lo que siguió no fue simplemente una pausa profesional. Fue un cisma familiar que duró casi dos décadas.
DeVante se aisló. Se convirtió en una figura fantasmal — aparecía esporádicamente en las crónicas de la industria, a veces por incidentes legales, a veces por rumores sobre su salud mental, casi nunca por música nueva. Mientras K-Ci & JoJo llenaban salas y aparecían en programas de televisión (lidiando con sus propios demonios públicos de adicción al alcohol), DeVante se encerró en algo parecido a un exilio voluntario. Un Howard Hughes del R&B, convencido de que el mundo le debía una disculpa por no haber entendido su arte.
Los intentos de reunión fracasaron repetidamente durante años. El obstáculo siempre era el mismo: filosofía. DeVante quería control total sobre el sonido y la mística del grupo. K-Ci y JoJo necesitaban girar, generar ingresos, tocar para la gente que los amaba. Dalvin, atrapado en el medio — hermano de sangre de uno, compañero de escenario de los otros — intentaba mediar sin éxito. La familia estaba rota no por odio sino por algo más difícil de resolver: una diferencia irreconciliable sobre qué significaba ser Jodeci.
La paz armada: Jodeci en 2024-2026
El tiempo no curó las heridas, pero las hizo manejables. Eventualmente — y con la ayuda de la nostalgia como motor económico — los cuatro encontraron una manera de coexistir.
La residencia en Las Vegas en 2024, en el House of Blues, fue el primer test real. No solo un show de reunión puntual, sino una temporada entera donde tenían que convivir profesionalmente noche tras noche. Funcionó. No como en 1991, cuando dormían en el piso del mismo estudio. Funcionó como funciona una sociedad comercial entre personas que se respetan lo suficiente como para compartir un escenario.
Y ahí es donde los roles se redefinieron para siempre. K-Ci y JoJo llevan la carga del espectáculo. Son los que cantan con todo, los que interactúan con el público, los que hacen el trabajo pesado de entretenimiento. Son la cara comercial del legado, y lo aceptan sin conflicto. DeVante, en cambio, es una presencia casi espectral. Aparece en el escenario a veces detrás de los teclados, a veces simplemente caminando con una energía misteriosa que no es exactamente participación pero tampoco es indiferencia. Es más bien supervisión simbólica. Su presencia dice: "esto es auténtico, pueden relajarse, el sello original está aquí". No necesita cantar cada nota ni controlar cada beat. Su existencia en ese escenario es la validación.
En 2026, siguen con fechas activas — San Valentín, Día de la Madre, el circuito nostálgico que mantiene vivas a las leyendas del R&B de los 90. No están innovando. No están grabando un disco nuevo que reinvente nada. Están administrando un legado, y por primera vez en treinta años, los cuatro parecen estar de acuerdo en cómo hacerlo.
El veredicto del tiempo
La ironía final de Jodeci es que DeVante tenía razón sobre casi todo, excepto sobre el timing. El R&B moderno — la oscuridad atmosférica de artistas como PARTYNEXTDOOR, la producción texturalmente densa del R&B alternativo de los 2010s — suena más cercano a los experimentos de DeVante que a las baladas cristalinas de Boyz II Men. La genealogía no es directa — pasa por Timbaland, por los Neptunes, por una cadena de influencias que tardó años en cristalizar — pero la semilla está ahí, plantada en los discos de Jodeci que en su momento fueron demasiado extraños para el mainstream.
K-Ci y JoJo, por su parte, ganaron la batalla práctica. Tuvieron carreras más largas, más estables, más visibles. Demostraron que las grandes voces siempre encuentran público, con o sin un visionario detrás de la consola.
Pero si hoy pones Diary of a Mad Band junto a cualquier disco de R&B de 1993, notarás algo extraordinario: Jodeci suena como si hubiera sido grabado mañana. Todo lo demás suena como lo que es — un producto de su época. Y esa es la diferencia entre hacer música para el momento y hacer música para el sótano de una fiesta que nunca termina.
Jodeci no tuvo la visión global de Boyz II Men porque su misión nunca fue unir al mundo. Su misión era hacerte sentir algo que no podías explicar del todo — algo entre la oración y el deseo, entre el gospel y el asfalto. Y en eso, no tuvieron rival.