Mientras el diablo es una idea, una metáfora o una amenaza abstracta, uno habla con valentía. Pero cuando llega de frente —cuando deja de ser retórico y se vuelve real— el mundo cambia de escala.
La era de los "llamadores del diablo"
En la era digital, hemos creado una casta de "llamadores del diablo": profetas del teclado, inquisidores del pixel y polemistas de algoritmo que han confundido la valentía con la imprudencia. Viven en una burbuja de invulnerabilidad reforzada por los likes, donde destruir la reputación de un prójimo se celebra como "celo santo" y donde la burla se disfraza de "apologética cultural".
Desde la seguridad de un estudio de grabación o una habitación con luces LED, es fácil "llamar al diablo". Es fácil retar, insultar, ridiculizar y decretar juicios sumarios contra ministerios enteros. El dopamina del conflicto es adictiva. Sentirse el Elías moderno degollando a los profetas de Baal genera una embriaguez de poder. Te sientes intocable, blindado por una "nube de seguidores" que aplauden tu agresividad.
El problema es que, mientras todo ocurre en el plano de las ideas, no estamos peleando con la realidad, sino con una versión cómoda de nosotros mismos.
Cuando la metáfora se vuelve real
Pero entonces... el diablo llega.
Y en este contexto, el "diablo" no es un espíritu maligno con cuernos y tridente. Es la consecuencia. A veces tiene la forma de un Alguacil. A veces es una notificación legal citando la Ley 53-07 sobre Crímenes y Delitos de Alta Tecnología. A veces es la soledad absoluta de darte cuenta de que, ante un tribunal civil, tus 100,000 seguidores son fantasmas que no pagarán tu fianza ni salvarán tu patrimonio. A veces es simplemente un rostro que ya no es avatar.
Cuando el diablo llega de frente —cuando la REALIDAD rompe la burbuja digital—, el mundo cambia instantáneamente.
Ahí ocurre algo decisivo: la teología deja de ser épica y se vuelve ética.
De repente, el "León de la Tribu de Instagram" se convierte en un gatito asustado que busca conciliación. De repente, la retórica de guerra ("no nos callarán", "somos la resistencia") se transforma en un discurso de paz ("somos hermanos", "busquemos la unidad"). De repente, descubrimos que tenemos un "equipo" que nos frena, admitiendo tácitamente que nuestro propio carácter no era suficiente para sostenernos.
Los tres niveles del despertar
Hay un primer golpe cuando el diablo llega: descubres que muchas de tus certezas estaban sostenidas por la distancia. Y la distancia es una forma silenciosa de irresponsabilidad.
Hay un segundo golpe: descubres que no solo estabas hablando contra algo, sino para alguien. Para una audiencia que esperaba dureza perpetua, sangre simbólica, confrontación constante. Y entonces aparece una pregunta incómoda: ¿me siguen por amor a la verdad o por la adrenalina del conflicto?
Ese descubrimiento duele más que cualquier crítica externa. Porque te obliga a decidir si tu identidad depende de la polémica o si puedes sobrevivir sin ella.
Y hay un tercer nivel, el más profundo: la conciencia. Cuando ya no importa lo que dirá el público, ni cómo se leerá el gesto, ni si pierdes seguidores. Cuando lo único que pesa es la pregunta antigua y temible: ¿seré hallado fiel? No fiel a una postura, sino a un espíritu. No fiel a un rol, sino a una forma de estar en el mundo.
Ahí el diablo deja de ser enemigo y se vuelve maestro. No porque justifique nada, sino porque desnuda todo.
La pedagogía divina a través del susto
¿Es hipocresía este cambio súbito? Quizás. Pero yo prefiero llamarlo pedagogía divina a través del susto.
Es fascinante observar cómo la amenaza de una consecuencia real tiene el poder de madurar a una persona más rápido que diez años de lectura teológica. Porque la teología, si no se encarna en amor y prudencia, solo infla el intelecto. Pero la ley... la ley te baja los pies a la tierra.
Algunos, cuando el diablo llega, endurecen más su postura. Otros se quiebran. Y unos pocos —los menos— aprenden. Aprenden que no todo celo es del Espíritu, que no toda reacción es obediencia, que a veces callar es una forma más alta de fidelidad que hablar.
No es cobardía cambiar de tono cuando la realidad te contradice. Es madurez.
La lección que debemos aprender
El fenómeno que estamos viendo —el influencer agresivo que súbitamente descubre las virtudes de la mansedumbre tras una demanda— nos enseña una lección vital: La libertad de expresión no es libertad de difamación. Y el púlpito digital no otorga inmunidad diplomática ante la decencia humana.
El problema no es haber llamado al diablo alguna vez. Todos lo hemos hecho, desde la comodidad de nuestras ideas. El problema es no aprender nada cuando finalmente llega.
Porque hay algo peor que equivocarse en público: seguir equivocado después de haber visto las consecuencias.
Al final, ver al "diablo" llegar fue lo mejor que le pudo pasar a quien lo llamó. Porque ese susto le salvó de algo peor: de convertirse permanentemente en el monstruo que él creía estar combatiendo.
Una gracia extraña
Y quizá, al final, esa sea una de las formas más extrañas de gracia: cuando el mundo que creías defender se te viene encima… y te obliga, por fin, a defender también tu alma.
Al final, las Escrituras haciéndose eco de Salomón tenían razón desde una sabiduría ancestral teológica: "En la multitud de palabras no falta pecado; mas el que refrena sus labios es prudente" (Proverbios 10:19). "El que guarda su boca guarda su alma; mas el que mucho abre sus labios tendrá calamidad" (Proverbios 13:3).
No llamemos al diablo —con nuestra lengua— metiéndonos en cosas que no nos competen. La obra sigue siendo del Señor, no nuestra ni heredada.
Aprendamos la lección ajena: No esperemos a que el alguacil toque la puerta para recordar que el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz... y templanza. Sobre todo, templanza.
Porque llamar al diablo genera views, pero verlo llegar te quita el sueño. Y no hay like en el mundo que valga tu paz mental.