El problema del celoso no es lo que duda, sino lo que imagina
Hace poco una amiga me contó lo que vive con su pareja. Un hombre que está lejos, que vive en la sala de la casa de su madre, que duerme hasta las dos de la tarde, pero que exige saber dónde está ella a cada momento. Si no tiene internet, es un problema. Si sale sola, es sospechosa. Si menciona al padre de sus hijos — un hombre que ni le habla — es motivo de interrogatorio. Mientras tanto, ella trabaja, cría sola, resuelve con lo poco o mucho que tiene, y le da gracias a Dios porque de algún lado siempre aparece lo necesario.
Escuchándola pensé en esa frase que alguien dijo alguna vez: que el problema del celoso no es lo que duda, sino lo que imagina. Y ahí está la clave de todo.
La duda es solo la chispa. La imaginación es el incendio.
Cuando alguien pregunta "¿dónde estás?", eso es una duda. Una pregunta con respuesta. Pero el celoso no quiere la respuesta, porque ya tiene la suya: la que fabricó su cabeza. Ya armó la escena completa, con personajes, diálogos y traiciones que nunca ocurrieron. Y lo más grave es que sufre por eso como si fuera real.
Y es que neurológicamente es real para él. Cuando el cerebro imagina algo con suficiente intensidad emocional, activa las mismas zonas que se encenderían si lo estuviera viviendo. El cuerpo libera cortisol, adrenalina, el corazón se acelera. La amígdala — esa parte primitiva del cerebro diseñada para detectar amenazas — toma el control y apaga la corteza prefrontal, que es justamente la que te permite pensar con lógica, evaluar evidencia y decir "esto no tiene sentido".
Por eso no sirven las explicaciones. No sirve mandar la ubicación. No sirve jurar. Estás tratando de razonar con alguien cuyo cerebro literalmente desactivó la herramienta para razonar.
El sesgo que lo confirma todo
Una vez que la sospecha se instala, el cerebro hace algo perverso: busca solo lo que la confirme. A eso la psicología le llama sesgo de confirmación. Si ella llega tarde, es prueba. Si llega temprano, es porque se siente culpable. Si habla mucho, está ocultando algo. Si se queda callada, también.
Todo encaja en la narrativa del celoso porque él no está buscando la verdad. Está buscando validar su miedo.
De la imaginación al control. Del control a la tragedia.
Aquí es donde la cosa deja de ser un problema de pareja y se convierte en un problema de país.
Porque cuando ese mecanismo cerebral se mezcla con una cultura que le enseñó a ese hombre que la mujer es suya — que "las mujeres no andan solas", que él tiene derecho a saber, a autorizar, a decidir — entonces el celoso no solo imagina traiciones: siente que le están robando algo que le pertenece.
Y cuando ella dice basta, cuando decide irse, cuando demuestra que puede sola y que siempre pudo, esa sensación de pérdida de control se convierte en lo más peligroso que existe. Los feminicidios no son arranques de locura momentánea. Son el punto final de un proceso largo donde un hombre intentó por todos los medios controlar lo que nunca fue suyo, y al no poder, decidió destruirlo.
Lo que hay que desmontar
Hay que "pelarle el plátano" a esa narrativa.
No es amor exigir reportes de ubicación.
No es protección prohibirle salir sola.
No es cuidado recordarle cada ex para hacerla sentir en deuda.
No es generosidad mandar unos pesos y creer que eso te da derecho sobre la vida de alguien.
Una mujer profesional, madre, luchadora, que resuelve su día a día con o sin ayuda, no le debe su libertad a la inseguridad de nadie.
Y si pudo antes, puede ahora. Pensar menos y actuar más. Porque el celoso no va a cambiar mientras siga creyendo su propia película. Pero ella sí puede decidir dejar de ser personaje de esa historia que él se inventó.
