Así Uno Se Siente Vivo
Y, sin embargo, algo dentro de uno hace clic.
Eso me ocurrió recientemente tras compartir la noticia de mi incorporación oficial al Grupo de Investigación Discurso y Educación del ISFODOSU. Cuando publiqué aquel estado expresando la alegría y el honor que sentía de pertenecer a ese distinguido espacio académico dirigido por la estimada Dra. Nour Adamieh Coconas, honestamente estaba celebrando una meta importante. Pero todavía no comprendía completamente lo que aquello significaba emocionalmente para mí.
La certificación representaba mucho más que entrar formalmente a un grupo de investigación.
Representaba el encuentro entre un sueño juvenil y la realidad.
El eco de un sueño
A veces, la memoria nos regala la imagen exacta del joven que fuimos: alguien que miraba hacia el futuro con una mezcla de incertidumbre y un hambre insaciable por desentrañar el mundo. En aquel entonces, yo albergaba el sueño silencioso de ser investigador. Anhelaba convertirme en un descubridor, en un guía capaz de aportar luz propia y, eventualmente, encender el pensamiento en otros.
Porque, siendo completamente sincero, desde hace muchos años existe en mí una fascinación genuina por investigar. No como obligación académica. No como simple requisito universitario. No como una manera elegante de acumular títulos. Hablo de una pasión profunda por descubrir, conectar ideas, analizar, escribir, enseñar y encontrar sentido en medio del caos de información.
Hay personas que aman el deporte.
Otras aman los negocios.
Otras aman construir cosas con las manos.
Yo descubrí hace tiempo que algo dentro de mí despierta cuando investigo.
Y uno sabe cuándo algo le pertenece al alma porque el cuerpo lo delata: los ojos se iluminan, la conversación cambia de tono, el cansancio pesa menos y el tiempo parece correr distinto. Se siente una especie de energía difícil de explicar.
Hoy, ese eco del pasado ha tomado forma concreta. Ser seleccionado para formar parte de este distinguido grupo de especialistas trasciende el simple hito profesional. Es la consumación palpable de aquel sueño juvenil. Es sentarse a la mesa sabiendo que ese lugar no fue un regalo, sino el fruto de años habitando la academia, puliendo la disciplina y abrazando el rigor.
Porque nadie me regaló este espacio.
Hubo años de lectura, escritura, trabajo, disciplina, conversaciones, errores, aprendizaje y pasión genuina por el conocimiento. Hubo procesos donde incluso acompañé a otros estudiantes a encontrar confianza en sus propias capacidades académicas. Y mirando hacia atrás, entiendo que investigar nunca fue solamente una actividad intelectual para mí; siempre tuvo algo profundamente humano.
El punchline que me voló la cabeza
Por eso aquella conversación posterior me golpeó tan fuerte.
Mientras hablaba con mi querida amiga Greicy White Lluberes sobre la noticia, entre felicitaciones, bromas internas y reflexiones sobre la maestría, surgió una de esas interacciones que parecen normales pero que terminan siendo profundamente reveladoras.
En algún momento, alguien mencionó el tema del dinero, de "los cuartos" que pudiera generar la investigación. Y mi respuesta brotó de manera visceral, casi como un reflejo defensivo de mi propia vocación:
Tú me conoces un chin, por cuarto yo no investigo meramente… amo investigar, se me nota, se me dilatan los ojos cuando tocan el tema.
Y entonces, Greicy lanzó la frase que me dejó desarmado, un punchline magistral:
Qué bueno disfrutar lo que uno hace… así uno se siente vivo.
Y cuando la leí, sentí literalmente el impacto de una verdad expresada de manera perfecta.
Mi reacción inmediata fue:
damn, qué punchline.
Porque sí.
Eso era exactamente lo que estaba sintiendo.
No era únicamente felicidad por un logro institucional. Era algo más profundo: la sensación de estar caminando dentro de una versión de mí que alguna vez solo existía como aspiración.
Esa línea tiene tanta fuerza porque toca una carencia muy profunda y dolorosamente común en nuestros días: hay mucha gente que existe, funciona y produce, pero que no necesariamente se siente viva. Hay quienes trabajan por inercia, por supervivencia o buscando el aplauso.
Pero hay unas pocas personas que logran encontrar esa actividad donde el alma hace clic.
La diferencia entre existir y sentirse vivo
Hay sueños juveniles que uno abandona con el tiempo.
Otros sobreviven silenciosamente dentro de nosotros.
Y algunos, con gracia y perseverancia, terminan convirtiéndose en realidad.
Creo que eso fue lo que me conmovió tanto de esta experiencia.
El joven que soñaba con investigar, escribir y aportar ideas al mundo académico ahora veía oficialmente consumado uno de esos anhelos antiguos y no lo hacía desde la arrogancia, sino desde la gratitud.
Porque investigar es buscar sentido.
Es negarse a vivir superficialmente.
Es tener el valor de hacer preguntas difíciles.
Es mirar el mundo y pensar: "todavía hay algo aquí que merece comprenderse mejor."
Quizá por eso también amo escribir, enseñar y mentorear. Porque en el fondo todo conecta con la misma necesidad: ayudar a despertar pensamiento, propósito y claridad en otros.
Y fue precisamente ahí donde aquella frase abrió en mí una reflexión todavía más grande:
¿Qué nos hace sentir vivos?
No entretenidos.
No distraídos.
No simplemente productivos.
Vivos.
Porque existe una diferencia enorme entre existir y sentirse plenamente conectado con aquello para lo que uno fue diseñado.
Hay personas que viven funcionando en automático. Cumplen horarios, producen resultados, pagan cuentas y sobreviven. Pero muy pocas descubren esa actividad que hace que el alma haga clic.
Esa actividad que uno haría incluso antes de recibir reconocimiento.
Esa actividad donde el cansancio mental desaparece.
Esa actividad donde uno siente: "esto soy yo."
Ahí radica la diferencia entre rendir y arder. Cuando investigo, cuando conecto ideas, cuando enseño o mentoreo, no estoy cumpliendo una cuota. Estoy ejerciendo una identidad. Quien ama genuinamente su vocación la ejercería incluso antes de que existiera la recompensa, porque hacerlo es la única manera de darle sentido al mundo.
El privilegio de encontrar tu diseño
Y creo que ahí existe una dimensión profundamente espiritual, aunque no necesariamente religiosa en el sentido tradicional.
No hablo de convertir todo en un sermón o en un estudio bíblico. Hablo de reconocer que hay momentos donde uno siente que ciertas piezas internas finalmente encajan. Como si la vida, el propósito y la identidad dejaran de pelear entre sí.
Y eso tiene mucho valor.
Porque descubrir aquello que te hace sentir vivo es descubrir una parte importante de tu vocación.
Por eso aquella conversación aparentemente normal terminó convirtiéndose para mí en una reflexión tan poderosa.
Porque entendí algo que quizá llevaba años creciendo silenciosamente dentro de mí:
No solo amo investigar o escribir.
Me siento vivo cuando lo hago.
Esa simple conversación me dejó con un cuestionamiento que va más allá de cualquier meta curricular y toca directamente la raíz de nuestro propósito vital. Una pregunta que todos deberíamos hacernos en medio del ruido de la rutina:
- ¿Qué te hace sentir vivo?
- ¿Cuál es esa actividad que hace que se te dilaten los ojos?
- ¿Cuándo sientes que estás habitando tu propio diseño, incluso si nadie estuviera mirando?
Encontrar esa respuesta es mirarse de frente con el propósito.
Y poder vivirla a diario, es el mayor de los privilegios.
