No conduzco. Nunca he conducido. Y honestamente, nunca me ha interesado demasiado aprender.
Eso suele sorprender a la gente porque soy obsesivo con muchas cosas. Cuando algo me interesa, lo estudio, lo perfecciono, me involucro hasta el fondo. Pero manejar nunca despertó en mí esa necesidad. No por miedo exactamente, ni por incapacidad, sino por una mezcla de desinterés y comodidad con otras formas de moverme. Incluso personas cercanas me han sugerido muchas veces comprar un vehículo, aprender, "resolver eso ya", como si cierta edad obligara automáticamente a desarrollar amor por el volante.
Pero no ocurrió.
Así que dependo de personas que me transportan. Personas que, igual que yo, trabajan cansadas, de noche, tratando de resolver su día.
Una de esas noches, ya casi llegando a mi casa —literalmente a menos de un minuto— el motoconchista con el que venía me preguntó si yo era profesor. Le dije que sí.
Entonces comentó algo que se me quedó dando vueltas:
—Yo no daría clases tan lejos.
Lo dijo con extrañeza genuina, como quien observa una decisión incomprensible.
En el momento me molestó un poco. Pensé muchas cosas. Pensé en decirle que eso no era de su incumbencia. Pensé en responderle que él tampoco estaba precisamente haciendo un trabajo cómodo. Pensé en decirle que él sí recorría esa distancia por un dinero que probablemente tampoco compensaba del todo el desgaste. Pensé incluso en señalarle la contradicción: él veía raro que yo viajara lejos para trabajar, pero no veía raro atravesar esa misma distancia de noche montado en un motor, recogiendo personas.
Por un instante tuve ganas de decirle todo eso.
Pero luego pensé otra cosa.
Yo tampoco concharía de noche.
Yo tampoco recogería desconocidos a largas distancias por cierta cantidad de dinero, arriesgándome en calles vacías, lidiando con el cansancio, el peligro y la necesidad.
Y ahí apareció la contradicción humana más interesante de todas: él veía extraño mi sacrificio, pero no el suyo.
Le parecía raro que yo viajara lejos para trabajar como profesor, pero no le parecía raro atravesar esa misma distancia conduciendo una motocicleta para ganarse la vida.
Y siendo honestos, yo estaba haciendo exactamente lo mismo desde el otro lado. Yo veía normal mi agotamiento, pero probablemente habría cuestionado el suyo.
Eso me hizo pensar en cómo las personas normalizamos nuestro propio esfuerzo mientras analizamos el ajeno como si fuera una rareza.
El cansancio propio siempre tiene explicación. El cansancio del otro siempre parece discutible.
Tal vez porque entendemos íntimamente nuestras necesidades, pero las del otro solo las vemos desde afuera.
Al final decidí no responderle nada de lo que había pensado. No porque no tuviera argumentos, sino porque entendí algo más importante que ganar una discusión de un minuto antes de llegar a casa.
Éramos simplemente dos hombres cansados buscando el pan.
Dos personas intentando echar hacia adelante a su familia de la manera que saben, aceptando sacrificios que quizá otros no aceptarían. Él desde un motor. Yo desde un aula. Ambos atravesando la misma noche y la misma distancia, aunque cada uno creyera que la carga del otro era distinta.
Y quizás ahí está una de las formas más silenciosas de la empatía: entender que, aunque no compartiríamos la vida del otro, ambos estamos sobreviviendo como podemos.