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Hay una clase de cansancio que no viene del cuerpo. Viene de la mente. Del momento exacto en que tú cierras algo internamente y dices: "por fin terminé". El problema es cuando la vida, la universidad o una asesora deciden que no, que todavía no has terminado nada.
Eso me pasó un domingo lluvioso.
La tesis estaba lista. Cerrada. Entregada. Mentalmente archivada. Diez días sin hablar del tema. Diez días donde por primera vez en semanas mi cerebro dejó de reorganizar párrafos, justificar marcos teóricos y revisar citas APA hasta en sueños.
Y entonces apareció el mensaje.
La asesora añadió un sexto objetivo.
Yo primero me quedé callado. Ni siquiera reaccioné molesto. Fue más bien una sorpresa absurda, de esas que uno relee dos veces porque el cerebro no procesa. ¿Un sexto objetivo? ¿Ahora? ¿Con el documento ya terminado? ¿A días de defensa?
La gente cree que un objetivo en una tesis es una línea más. Una cosita pequeña. Una ocurrencia académica. Pero una tesis es como un muñeco armado pieza por pieza. Si tú le alargas una pierna, tienes que ajustar la otra. Si le ensanchas el torso, hay que mover los brazos para que no parezca Johnny Bravo.
Todo conecta.
Un objetivo nuevo no es escribir un párrafo y ya. Son antecedentes nuevos. Nacionales e internacionales. Es volver a tocar discusión de resultados. Es modificar conclusiones. Es revisar coherencia. Es abrir de nuevo una puerta que ya yo había cerrado emocionalmente.
Y ahí fue donde el domingo se me dañó.
No por el trabajo solamente. Sino por la sensación de que nadie pensó en la carga que eso implicaba. Como si el tiempo del otro fuera infinito. Como si porque uno sabe hacerlo entonces tiene la obligación automática de resolverlo todo.
Lo más curioso es que al principio hasta pensé hacerlo sin problema. Yo no soy una máquina de cobrar. Hay gente a la que yo le resuelvo cosas hasta gratis porque son gente consciente. Gente que sabe decir: "loco, gracias". Gente que entiende que detrás de un documento hay una persona amanecida frente a una laptop.
Pero el problema nunca fue solo el sexto objetivo.
Fue el tono: el Poder de la Forma.
La sensación de que el cambio venía impuesto. Como si no hubiera diferencia entre una corrección normal y alterar la estructura de un trabajo ya terminado. Como si porque la asesora "es la que sabe", entonces uno tiene que aceptar cualquier cosa sin cuestionarla.
Y no.
Yo siempre he sido crítico. Lo era cuando hice mi tesis y todavía lo soy en posgrado. Yo respeto la autoridad académica, pero no creo en normalizar decisiones mal manejadas solo porque vienen de arriba. Pensar críticamente no es ser conflictivo. Es entender que las cosas también tienen límites razonables.
Después vino la frase bíblica.
La raíz de todos los males es el amor al dinero.
Y ahí sí entendí que no estaban viendo mi punto. Porque esto nunca fue sobre codicia. Fue sobre reconocimiento. Sobre consideración. Sobre entender que cambiar el alcance de un trabajo tiene consecuencias.
A veces mil pesos significan más emocionalmente que veinte mil. Porque no es el monto. Es el gesto. Es que alguien diga: "sé que esto no te tocaba". Hay personas que entienden eso naturalmente. Otras creen que pagar una vez les da derecho absoluto sobre tu tiempo, tu energía y tu paciencia.
Yo no soy esclavo de nadie.
Cumplí con lo acordado. Entregué lo mío. Si aparece un objetivo nuevo después de cerrar el proyecto, eso ya es otra conversación. Y decirlo no me hace avaro. Me hace consciente de mi trabajo.
El domingo seguía lloviendo mientras yo pensaba todo eso.
Y lo más irónico es que quizá sí hubiese ayudado de gratis… si me hubiesen hablado como ser humano antes que como obligación.