I. El periódico y los números
De los tantos sueños que uno tiene desde niño están los clásicos: ser bombero, astronauta, arquitecto. Yo, como siempre fui un poco peculiar, tuve dos que me acompañaron durante muchos años: ser periodista y ser escritor.
Uno lo logré. El otro, de alguna manera, también.
Porque desde muy pequeño desarrollé una fascinación por los periódicos. Primero, como casi todos los niños, por las tiras cómicas. Luego, cuando aprendí a leer, por las noticias. Pero si había una sección que me atrapaba por completo, era la de deportes.
Cuando fui inducido al béisbol a mis ocho años, gracias a la influencia de mi padrastro, esa fascinación encontró su forma definitiva. Los que crecimos antes de internet recordamos aquellos periódicos que publicaban los box scores completos de las Grandes Ligas. Si había diez partidos, aparecían los diez partidos. Estaban las alineaciones, los lanzadores, las carreras impulsadas, los hits, los errores y todas las estadísticas tradicionales.
Yo podía pasar largos ratos mirando aquellos números.
Veía que Sammy Sosa había bateado de 4-2, que Mark Grace había sacado tres hits en cuatro turnos, y me parecía algo fascinante. No porque entendiera toda la profundidad de las estadísticas, sino porque intuía que detrás de cada número había una historia.
Recuerdo pensar muchas veces:Yo quiero hacer eso. Yo quiero ser anotador.
II. El anotador del barrio
Cuando jugábamos béisbol en el barrio, en aquellas calles de los 90s y principios de los 2000s donde todavía se podía jugar sin demasiadas preocupaciones, yo asumía ese papel con entusiasmo. No era precisamente una estrella del juego, pero siempre terminaba anotando mis registros ofensivos estadísticos.
Al final del partido aparecían las estadísticas improvisadas:
—Yo bateé de 5-2 con dos hits y empujé tres carreras.
—Rubén conectó dos jonrones e impulsó cinco.
Tal vez aquellos números no eran del todo exactos, pero para nosotros eran oficiales. Y a mí me producía una satisfacción enorme registrarlos. Me gustaba especialmente el promedio de bateo. Mucho antes de aprender qué era el OBP o el slugging, ya conocía la magia del .286, del .300 o del .250. Aquellas cifras tenían algo especial.
Con el tiempo entendí que nunca sería anotador profesional. La vida tomó otros caminos y me llevó hacia la educación, la escritura y la enseñanza, pero siempre recordé con grato donaire aquellas libretas llenas de estadísticas —reales y otras ficticias— donde solía generar jugadores imaginarios y construirles una carrera entera a partir de los números tradicionales.
III. La temporada de cierre
Sin embargo, cada año, cuando llega junio y toca cerrar las calificaciones, ocurre algo curioso. Mientras muchos profesores viven estos días con estrés, yo los disfruto.
@isolinadguez Aquí no andamos jugando no. 😎#docente #libroderegistro #boletinesdenotas #completados #findeaño ♬ الصوت الأصلي - •
Estamos en plena temporada de cerrar registros, completar recuperaciones, registrar completivos, revisar actas y calcular promedios. Las páginas que comenzaron vacías en agosto ahora están llenas de números.
- P1.
- P2.
- P3.
- P4.
- Recuperaciones de cada P.
- Completivos.
- Calificaciones finales.
- Examenes Especiales
En los pasillos y en la sala de profesores veo cómo el estrés le transforma la cara a mis colegas. Buscan atajos, le tiran fotos al registro, intentan que la inteligencia artificial les saque el promedio más rápido.
Yo saco mi calculadora de teclas grandes —ventajas y desventajas de la miopía— y me pongo a trabajar con una sonrisa que prefiero no explicar.
Siempre les digo a mis compañeros que este es mi momento favorito del año. Nunca explico realmente por qué. Sé que no lo entenderían sin esta historia larga, así que me guardo el secreto y aprieto las teclas a la antigua.
IV. El box score del aula
La razón es sencilla.
Cuando veo esas páginas llenas de números, esa hoja que es mi box score, vuelvo a sentir algo parecido a lo que sentía cuando observaba los periódicos de niño.
Porque para mí esas cifras también cuentan historias.Detrás de un 86 hay un estudiante que trabajó consistentemente durante todo el año. Detrás de un 70 hay alguien que luchó para aprobar. Detrás de una recuperación aprobada hay una segunda oportunidad aprovechada. Ahí puedo ver los cuatro turnos al bate de los períodos, los fouls peleados en las recuperaciones, la nota final.
Mis compañeros ven registros. Yo veo estadísticas. Ellos ven números. Yo veo temporadas completas.
Y entonces entiendo algo que durante mucho tiempo no había notado.
Tal vez no llegué a ser anotador de Grandes Ligas ni de una liga callejera. Pero sí terminé siendo el anotador de mi propio equipo.
Cada año registro el desempeño de decenas de estudiantes. Calculo promedios. Registro recuperaciones. Cierro temporadas académicas. Y aunque el terreno de juego cambió, la esencia sigue siendo la misma: observar una historia y convertirla en números. O quizás, mejor dicho, observar números y descubrir la historia que contienen.
Así que mientras aprieto las teclas gordas de mi calculadora, no puedo evitar sentir un orgullo inmenso y pensar:
Mamá, no fui el anotador de las Grandes Ligas. Pero soy el anotador de mi registro.
