[MATERNIDAD CULTURAL] Del aborto tardío al infanticidio: lo que Laken, Lindsay y los hijos de Clancy revelan sobre la empatía que no debate
Estamos a 10 bebes muertos más de que las mujeres pidan una ley que les permita "abortar" hasta 5 años después de que haya nacido el bebé
— Edrosa (@edrosita) August 24, 2026
Un análisis sobre el doble estándar moral en casos de filicidio materno, la romantización del crimen femenino y hacia dónde apunta el discurso contemporáneo cuando nadie está prestando atención.
El tuit que encabeza este artículo es hiperbólico. Lo sé. Y precisamente por eso lo uso como portada: no porque tenga razón en los hechos, sino porque captura con brutalidad instintiva un miedo que el discurso progresista contemporáneo se niega a tomarse en serio. Cuando la exageración empieza a parecerse a una dirección real, el problema no es el exagerado. El problema es la dirección.
La semana del 19 de agosto de 2026 ofreció, en simultáneo, dos casos que iluminan ese problema con una claridad que resulta difícil de ignorar.
Dos casos, un mismo patrón
Caso uno. Laken Snelling, exanimadora de la Universidad de Kentucky, se declaró culpable de asfixiar a su bebé recién nacido y esconderlo en una bolsa de basura dentro de su armario. Su defensa invocó el "estrés emocional". Una fracción considerable de la reacción pública en redes sociales (no toda, pero sí una fracción notable) respondió con comprensión antes de responder con condena.
La ex animadora de Kentucky, Laken Snelling, se ha declarado culpable de matar a su bebé recién nacido y meterlo en una bolsa de basura en su armario, alegando que estaba bajo "estrés emocional". pic.twitter.com/Zqd9cFSLoP
— Wall Street Wolverine (@wallstwolverine) August 24, 2026
Caso dos. Lindsay Clancy, enfermera de Massachusetts, enfrenta juicio por estrangular a sus tres hijos (Cora, de 5 años; Dawson, de 3; y Callan, de 8 meses) en enero de 2023. Su defensa alega psicosis posparto severa: alucinaciones auditivas, doce fármacos psiquiátricos recetados en cuatro meses previos, un estado mental que habría anulado su capacidad de acción consciente. La fiscalía señala notas en su teléfono que expresan resentimiento hacia sus hijos, y el hecho de que ella misma organizó los 25 minutos de ausencia de su esposo. El juicio sigue en curso.
Lo que no sigue en curso, sin embargo, es la prudencia de una parte de TikTok: mientras los hechos se debaten en un tribunal, un sector del discurso digital construyó una narrativa paralela señalando al esposo, Patrick Clancy, quien tiene coartada verificada y quien fue la víctima adicional de esta tragedia, como el verdadero responsable. Sin evidencia. Sin proceso. Con la misma velocidad con que se absolvió a la madre.
El efecto ángel caído
Esto no es un accidente ni una anomalía: tiene nombre en la literatura criminológica. Se llama efecto ángel caído, y describe el mecanismo por el cual la maternidad, percibida culturalmente como estado naturalmente protector, convierte el crimen materno en ruptura patológica de la naturaleza ("algo se rompió en ella") en lugar de en acto agente de una persona que tomó una decisión.
El mismo crimen cometido por un padre se lee de forma radicalmente distinta: como confirmación de un rasgo que ya se sospechaba. Violencia. Control. Egoísmo. El hombre no "cayó"; el hombre reveló lo que ya era. La mujer no actuó; la mujer se quebró. Son dos marcos morales distintos aplicados al mismo tipo de crimen según el sexo del perpetrador.
El resultado práctico es predecible: empatía automática para ella, sospecha diferida para él. Y cuando la sospecha no tiene a dónde ir, porque la evidencia apunta claramente a la madre, el discurso digital inventa un culpable masculino de repuesto.
Dos marcos para el mismo crimen
Cuando la perpetradora es la madre: el discurso público busca primero una explicación médica o circunstancial: depresión, psicosis, colapso emocional. Todo eso antes de asignar responsabilidad moral plena. Los titulares hablan de "sobrecarga", "voces", "tragedia". Raramente aparece la palabra "asesina" en el encabezado.
Cuando el perpetrador es el padre: el mismo público raramente concede ese beneficio de la duda. Los titulares usan "mató", "asesinó", "crimen". El contexto psiquiátrico, si existe, aparece relegado al final del artículo.
No se trata de negar que la psicosis posparto exista o sea relevante como atenuante legal. Se trata de que el mismo nivel de matiz casi nunca se ofrece de entrada cuando el sujeto es un hombre.
El costo de romantizar
Hay una distinción que el discurso viral sistemáticamente colapsa, y vale la pena reconstruirla con precisión:
Comprender las causas de un crimen, incluyendo el estado psiquiátrico de quien lo cometió, es útil, necesario y moralmente correcto. Nos ayuda a prevenir, a mejorar la atención en salud mental perinatal, a construir políticas públicas más humanas. Esa comprensión es el trabajo serio que hacen los peritos, los jurados y, eventualmente, los jueces.
Absolver moralmente sin evidencia, antes de que termine el proceso judicial, en la corte del algoritmo, es otra cosa. Es lo que hace que Patrick Clancy reciba acoso de personas convencidas de su culpabilidad sin un solo dato que la sustente. Es lo que hace que "estrés emocional" suene como una explicación suficiente para asfixiar a un recién nacido. Es lo que convierte a la perpetradora en víctima del sistema antes de que el sistema haya hablado.
Se puede sostener simultáneamente que la psicosis posparto es real, está subdiagnosticada y merece tratamiento serio como atenuante legal, y que eso no debe traducirse en absolución moral colectiva automática, ni en la invención de chivos expiatorios masculinos cuando la evidencia apunta en una sola dirección.
Esa vía intermedia es la que el discurso viral rara vez toma. Porque no es viral.
Massachusetts y la dirección que nadie quiere nombrar
El 10 de agosto de 2026, la gobernadora de Massachusetts, Maura Healey, firmó la Ley H.5595, conocida como Prioritizing Patients Act. Desde entonces, las redes sociales la describieron, más de 20.000 veces según un rastreo de AFP, como la ley que "legaliza el aborto hasta el noveno mes" o que "permite el infanticidio".
Dicho eso, y es importante decirlo, el hecho de que la ley haya sido distorsionada por el discurso viral no significa que no merezca debate serio. Significa exactamente lo contrario: que el debate que merece está siendo secuestrado por los extremos de ambos lados, y que en ese secuestro se pierde la pregunta real.
La pregunta real no es si H.5595 legaliza el infanticidio. No lo hace. La pregunta real es hacia dónde apunta la lógica cultural que hace que ese debate sea cada vez más difícil de tener con honestidad.
Cuando el criterio que determina si un feto tiene protección legal es exclusivamente el criterio profesional del médico, sin límite temporal explícito en la ley ni categorías definidas por el Estado, se abre un espacio de indefinición que no es teórico. Es el mismo espacio en el que se mueve el discurso cuando convierte a una madre que mató a sus hijos en víctima antes que en agente. Es el mismo espacio en el que "estrés emocional" compite con "asfixió a un recién nacido" por la narrativa dominante.
No estoy diciendo que una cosa lleve a la otra de forma automática. Estoy diciendo que las dos cosas comparten un suelo filosófico: la tendencia a subordinar la protección del más vulnerable a la narrativa de quien ejerce poder sobre él.
Lo que la secularidad no puede explicar
Desde una mentalidad progresista, con su premisa de que el ser humano no es malo por naturaleza sino por construcción, que en esencia es bueno y que el entorno es el que lo corrompe, este tipo de casos generan un cortocircuito. El sistema no tiene dónde colocarlos. Si la humanidad es fundamentalmente buena, ¿cómo explica que una madre estrangule a sus hijos? La respuesta que produce el discurso secular es predecible: busca un culpable externo, un diagnóstico, una estructura social que haya fallado. Lo que no puede hacer, por principio, es señalar al corazón humano.
El marco teológico judeocristiano no tiene ese problema. Y para entender por qué, hay que entender primero cuál es el problema de fondo que el progresismo heredó sin saberlo.
Jean-Jacques Rousseau no afirmaba que el ser humano fuera perfecto ni santo. Su tesis es más sutil y más peligrosa: el hombre es bueno por naturaleza, y es la sociedad la que lo corrompe. En su estado primitivo, el ser humano se guía por sentimientos inocentes: la autocompasión, la empatía espontánea. Es la civilización, la propiedad privada, la desigualdad estructural lo que despierta el egoísmo y la crueldad. La maldad no viene de adentro; viene de afuera. El hombre no es el problema: el sistema es el problema.
Esa premisa, declaración fundacional del pensamiento progresista moderno, es lo que produce el cortocircuito cuando una madre mata a sus hijos. Si el ser humano es bueno por naturaleza, entonces lo que ocurrió no puede ser un acto agente de una persona moralmente responsable. Tiene que ser una ruptura, una falla del sistema, una enfermedad, una construcción social que salió mal. La narrativa busca el culpable externo porque el marco filosófico no permite que el culpable esté adentro.
Y aclaro algo antes de seguir, porque el matiz importa: que no nos alarme no significa que lo normalicemos. Bajo ninguna circunstancia esto es normal. Es grave. Es abominable. Es repugnante en todo ángulo y en toda circunstancia posible. Cuando digo que no nos alarma, lo digo en el sentido de que no nos sorprende: el hombre sin el temor de Dios en su corazón, sin la semilla de lo divino, sin esa conciencia espiritual que orienta y frena, puede derivar en exactamente este tipo de hechos atroces. Lo fue en la antigüedad. Lo es hoy en la modernidad. No es una novedad del siglo XXI.
La paga del pecado es muerte, escribe Pablo en Romanos 6:23. No es una metáfora poética ni una amenaza religiosa: es un diagnóstico antropológico. Todo hombre o mujer que prescinde de los principios bajo los cuales la sabiduría opera puede llegar a lo inimaginable. El crimen, el hecho de naturaleza atroz, no tiene género. No tiene credo. Sucede en el corazón o el alma que ha sacado de su centro la paz y que, como dice Isaías, ya no persevera en Dios: "Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera" (Isaías 26:3). Cuando esa paz está ausente, cuando ese amor que debería ser la norma que rige todos nuestros actos ha sido desplazado, cualquier persona, hombre o mujer, se convierte en candidato para lo horrible.
Y hay algo que la misma Palabra hace que resulta revelador en este debate específico: Dios compara su amor con el de una madre. Es la más alta referencia humana del amor incondicional. Y aun así, la Escritura lleva esa comparación a un límite: "¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti" (Isaías 49:15). El amor materno es la cima del amor humano. Pero sigue siendo humano. Y lo humano, sin ancla trascendente, sin ese germen que lo orienta hacia el otro, puede fallar de las formas más brutales que podamos imaginar.
La mente secular, cuando se enfrenta a que una madre puede matar a sus hijos, no tiene respuesta suficiente. Por eso prefiere reducirlo a una discusión de género, a una narrativa heteropatriarcal, a un diagnóstico psiquiátrico que desplace la agencia moral. La teología bíblica no necesita esos rodeos: establece simplemente que si hay humanidad, si hay carne y alma no rendida a un principio superior, hay potencial para cualquier hecho horrible, incluyendo matar a los propios hijos y construir después una palabra moderna, con menos de cien años de historia, para llamarlo de otra manera.
El tuit que nadie debería tomarse literalmente, pero tampoco descartar
Vuelvo al tuit de portada. "Estamos a 10 bebés muertos más de que las mujeres pidan una ley que les permita abortar hasta 5 años después de que haya nacido el bebé."
Es una hipérbole. Nadie está legislando eso. El número es inventado, la proyección es absurda en términos jurídicos, y usarlo como descripción literal de la realidad actual sería una desinformación.
Pero descartarlo completamente también sería un error intelectual. No porque prediga el futuro con precisión, sino porque señala, con la torpeza característica del discurso viral, una dirección que el análisis serio sí debería nombrar: la erosión progresiva de los marcos morales que distinguen entre interrumpir un embarazo y terminar una vida independiente.
Esa erosión no ocurre de golpe. Ocurre cada vez que el discurso público convierte el filicidio en tragedia antes de convertirlo en crimen. Ocurre cada vez que la empatía hacia la perpetradora desplaza la memoria de la víctima. Ocurre cada vez que una ley que elimina restricciones se defiende exclusivamente desde casos límite (el diagnóstico devastador, la complicación catastrófica) sin admitir que los marcos que crea también aplican a casos que no son límite.
Lo alarmante no es el tuit. Lo alarmante es que el tuit sea cada vez menos difícil de imaginar como dirección.
La psicosis posparto existe. El sufrimiento materno existe. El sistema de salud mental perinatal falla crónicamente en identificar y tratar casos graves antes de que se conviertan en tragedias. Todo eso es real y merece atención urgente. Y Cora tenía cinco años, Dawson tres, Callan ocho meses. Eso también es real, y merece que lo nombremos primero.