[HISTORIA] HILDEGART: La Leyenda de una Mente Prodigio cuyo experimento de una Madre enferma nos quitó
Hildegart más allá de Aurora: el libro que me hizo descubrir a la persona detrás de la Virgen Roja
El cine me presentó a una muchacha asesinada por la mujer que la había concebido como un proyecto. La lectura de ¿Se equivocó Marx...? me obligó a conocer algo mucho más incómodo y más interesante: a Hildegart pensando por sí misma.
El cine me presentó a Hildegart como víctima. Su libro me permitió conocerla como persona.
La conocí muerta
AHildegart Rodríguez llegué como probablemente llegue hoy una parte considerable del público: por el cine y, por consiguiente, por su muerte.
Primero aparece Aurora Rodríguez Carballeira. Es inevitable. Una mujer culta, ideológicamente obsesiva, convencida de que podía intervenir en la evolución humana hasta el punto de concebir deliberadamente a una hija que encarnara a una mujer nueva.
Después aparece la criatura extraordinaria: precoz, disciplinada, intelectualmente voraz, convertida siendo apenas una adolescente en escritora, conferenciante, militante y estudiosa de asuntos que incluso hoy resultarían insólitos para alguien de su edad.
Y finalmente aparece el dormitorio, la pistola y la madre que destruye aquello mismo que había decidido crear.
Es una historia cinematográficamente perfecta. Quizá demasiado perfecta. Tiene una creadora, una criatura, una utopía, un conflicto de emancipación y un desenlace monstruoso. Aurora posee además una personalidad tan perturbadora que termina absorbiendo el relato.
Uno quiere comprenderla. Quiere saber qué pensaba. Cómo justificó su proyecto. En qué momento la maternidad se convirtió en propiedad. Cómo alguien que pretendía fabricar una mujer libre pudo asesinarla cuando aquella libertad comenzó a ejercerse.
El problema es que, mientras intentamos descifrar a Aurora, Hildegart corre el riesgo de convertirse otra vez en lo que su madre hizo de ella: un objeto alrededor del cual piensan los demás.
Yo mismo había empezado a caer en esa trampa.
La muchacha que había entendido a medias
Hildegart suele reaparecer ante nosotros como una anomalía biográfica. Una adolescente escribiendo sobre sexualidad, anticoncepción, eugenesia, enfermedades venéreas, matrimonio, maternidad y reforma sexual en la España de comienzos de los años treinta.
El dato impresiona y puede terminar deformando al personaje. Si uno no contextualiza su trabajo, parece encontrarse ante una muchacha obsesionada precozmente con el sexo.
En realidad, aquello que entonces se agrupaba alrededor de la reforma sexual comprendía problemas médicos, jurídicos, demográficos, sociales y políticos de enorme extensión: control de natalidad, condición femenina, educación, reproducción, divorcio, prostitución, enfermedades, maternidad y organización de la familia.
Pero aun después de comprender eso seguía faltándome algo.
Yo conocía a la Hildegart vinculada a la sexología. Conocía a la hija de Aurora. Conocía a la víctima.
Entonces apareció un libro de 1932.
«¡Proletarios de todos los países, uníos!»
Y el personaje cambió.
No era un folleto de veinte páginas. Tampoco una pieza juvenil dedicada a repetir consignas aprendidas. Ante mí apareció un volumen de casi cuatrocientas páginas en el que Hildegart se proponía revisar la tradición marxista, recorrer los antecedentes del socialismo europeo, discutir determinadas previsiones económicas de Marx, confrontar socialismo, comunismo, sindicalismo y anarquismo, analizar el Estado, la acción política, el reformismo y la revolución y terminar proponiendo una recomposición del movimiento obrero.
Entonces comprendí que quizá había conocido primero lo más espectacular de Hildegart y no necesariamente lo más representativo de su inteligencia.
¿Se equivocó Marx...?: un título que engaña
El título prepara al lector para una refutación. Parece anunciar el abandono del marxismo. La sorpresa es que Hildegart realiza casi exactamente lo contrario.
Ella sigue considerándose socialista y, al finalizar el libro, seguirá considerándose marxista. Lo que rechaza es la posibilidad de que Marx haya quedado convertido en una autoridad intocable.
Su razonamiento es sencillo y, a la vez, profundamente heterodoxo: una doctrina que pretende transformar la realidad tiene que permitir que la realidad también la transforme a ella.
Si han transcurrido décadas desde Marx, si la economía ha cambiado, si han aparecido nuevas formas industriales, nuevas experiencias revolucionarias, nuevas organizaciones obreras y nuevos conflictos políticos, ¿por qué habría que continuar tratando cada afirmación marxista como una conclusión definitiva?
Hildegart llega a denunciar que Marx estaba adquiriendo entre sus propios seguidores la condición de una especie de autoridad infalible. Para ella, eso constituye una contradicción esencial: un movimiento revolucionario no puede terminar creando su propia escolástica.
La distinción es fundamental para comprender el resto del libro.
Su propuesta no consiste en destruir el marxismo, sino en depurarlo, palabra que ella misma emplea. Quitar lo que considera envejecido, corregir predicciones que juzga desmentidas por los hechos y reunir elementos dispersos de las distintas familias del movimiento obrero.
El resultado será aquello que denomina neo-marxismo.
Los errores de Marx según Hildegart
Hildegart no procede con timidez.
Uno de los primeros apartados del libro se titula sencillamente Los errores de Marx. Dentro aparecen epígrafes que todavía sorprenden por la seguridad con que están formulados: Marx inconsecuente, Marx plagiario, Marx orgulloso, Marx prescindió del obrero, el despotismo ilustrado de Marx.
La palabra plagiario, particularmente agresiva, necesita ser leída dentro de su argumento. Hildegart no pretende reducir a Marx a un copista mediocre.
Lo que intenta demostrar es que muchas ideas posteriormente identificadas casi exclusivamente con él tenían precedentes en Ricardo, Owen, Fourier, Saint-Simon, Louis Blanc y otros autores.
Su acusación puede ser excesiva en la forma, pero inmediatamente introduce una concesión que impide confundirla con una detractora vulgar: reconoce precisamente el genio de Marx para reunir, sistematizar y dotar de una formidable potencia teórica a materiales intelectuales anteriores.
Es decir: para Hildegart, que una idea tenga antecedentes no elimina el mérito de quien consigue organizarla en un sistema históricamente poderoso.
El Marx economista frente a los hechos posteriores
Después comienza la revisión económica.
Hildegart discute la concentración de capitales, la supervivencia de las pequeñas industrias, la teoría del salario, la pauperización progresiva del proletariado, la acumulación, la propiedad privada, la racionalización industrial y otras piezas del edificio marxista.
Su procedimiento es revelador: intenta colocar una teoría del siglo XIX frente a datos y experiencias disponibles en 1932.
Por ejemplo, cuestiona que el desarrollo capitalista estuviera eliminando inexorablemente la pequeña empresa en la forma prevista y utiliza estadísticas europeas para señalar la persistencia —e incluso crecimiento en determinados períodos— de pequeños establecimientos productivos.
Podemos discutir hoy la calidad de cada dato, la lectura económica de Hildegart o incluso algunas de sus conclusiones. Eso sería otro artículo.
Lo interesante aquí es la operación intelectual: una marxista entiende que la fidelidad a Marx puede exigir demostrar que Marx se equivocó.
No existe en ella veneración por el texto como reliquia.
El obrero que Marx no vio
Sin embargo, la crítica que más me interesó no fue económica.
Hildegart considera que Marx concedió un peso extraordinario a la situación material del obrero y terminó contemplándolo demasiado como factor de producción, como integrante de una clase y como pieza dentro de una estructura económica.
A ella le preocupa algo adicional: qué piensa ese trabajador, qué siente, qué desea y qué clase de ser humano debe llegar a ser incluso después de transformadas las relaciones económicas.
En uno de los pasajes más significativos del volumen llega a reprocharle a Marx haber mirado al obrero casi como una máquina, sin conceder suficiente atención a sus aspiraciones de emancipación filosófica e intelectual.
Esto transforma considerablemente el sentido del libro.
Ya no estamos únicamente ante una controversia acerca de salarios, capitales o propiedad. Hildegart introduce el problema de la conciencia.
Por eso entre los epígrafes del libro aparece uno que podría funcionar perfectamente como síntesis de su preocupación:
«La revolución empieza en la conciencia».
Y aquí la lectura biográfica comienza a volverse inevitable.
Todavía no quiero llegar a Aurora. Antes hay que observar qué sucede cuando Hildegart abandona progresivamente la discusión con un hombre muerto en 1883 y dirige la mirada hacia los socialistas vivos de 1932.
Una marxista mirando hacia el anarquismo
La salida propuesta por Hildegart tampoco consiste en hacerse liberal, conservadora ni socialdemócrata.
Se desplaza en dirección contraria.
Intenta localizar un territorio común entre marxismo, sindicalismo, comunismo y anarquismo. Considera que las divisiones del movimiento obrero han terminado convirtiendo diferencias tácticas e históricas en fronteras casi religiosas.
Los sindicatos adquieren entonces una enorme importancia en su pensamiento porque, a diferencia del partido político, le parecen organismos vinculados directamente a la condición del trabajador como trabajador.
El partido puede atraer intelectuales, profesionales, aspirantes a funcionarios, dirigentes y personas procedentes de diferentes clases. El sindicato, argumenta, nace directamente de la experiencia económica común de quienes producen.
De ahí su preferencia creciente por una organización construida de abajo hacia arriba, mediante sindicatos, federaciones, cooperación y organismos autónomos.
El Estado tampoco queda a salvo.
Basta mirar algunos títulos de capítulos para comprender hasta dónde lleva su razonamiento:
Individuo
«La revolución empieza en la conciencia»; «Individualismo y socialismo pueden marchar de acuerdo».
Autoridad
«La negación del Estado»; «El mito del Estado»; crítica al intervencionismo y a los aparatos partidarios.
Hildegart recupera incluso los pasajes de Marx y Engels que prevén la desaparición del Estado una vez desaparecidas las clases y los utiliza para establecer puentes con el comunismo libertario.
El objetivo final es una especie de frente único proletario capaz de superar la división entre socialistas, comunistas, sindicalistas y anarquistas sin exigir que todos se sometan previamente a una misma ortodoxia.
Ahí aparece su neo-marxismo: menos como una nueva iglesia doctrinal que como una tentativa de síntesis.
Y entonces apareció Aurora sin estar presente
Hay que proceder con cuidado.
¿Se equivocó Marx...? es un libro político. No es un mensaje cifrado contra Aurora Rodríguez.
No conozco ningún pasaje del texto que permita afirmar seriamente que cuando Hildegart atacaba el dogmatismo marxista estuviera pensando secretamente en su madre.
Sería muy fácil caer en la psicología retrospectiva: sabemos cómo termina la historia y empezamos a convertir cada oración anterior en un presagio.
No hace falta hacerlo.
La coincidencia intelectual ya es suficientemente perturbadora.
La vida
Una muchacha concebida y educada según un programa previo diseñado por otra inteligencia, sometida durante años a una vigilancia extraordinaria y orientada hacia una misión que no había elegido al nacer.
El libro
Una joven que denuncia las verdades intocables, el pensamiento impuesto desde arriba, los dirigentes que sustituyen la conciencia colectiva y los sistemas que convierten a individuos en piezas de un mecanismo.
Quizá Hildegart estuviera hablando solamente de política.
Pero nosotros ya conocemos la casa a la que regresaba después de escribir.
Y por eso resulta difícil leer determinados pasajes sin escuchar una resonancia biográfica que el texto quizá no pretendía producir.
¿Hasta dónde puede alguien defender intelectualmente el derecho de los hombres a pensar por sí mismos sin terminar reclamando también ese derecho para su propia vida?
Esa pregunta me parece más fecunda que afirmar que Hildegart estaba escribiendo conscientemente contra Aurora.
Porque algo sí podemos observar: la Hildegart que aparece en estas páginas no es una criatura intelectualmente inmóvil.
Revisa a Marx. Discute con sus maestros. Confronta al partido al que pertenece. Se aproxima a corrientes diferentes. Formula una síntesis propia. Rechaza el dogma. Se reserva el derecho de rectificar.
Eso ya es una forma de autonomía.
El libro que terminó en una ruptura
El final de ¿Se equivocó Marx...? convierte el ensayo en algo todavía más valioso.
Después de centenares de páginas de teoría aparece un epílogo titulado Yo acuso.
Y allí Hildegart deja de discutir solamente categorías.
Habla del socialismo que conoce desde dentro.
Aparecen dirigentes, ambiciones, acumulación de cargos, nepotismo, cambios oportunistas de posición, militantes que convierten el movimiento obrero en una carrera personal y revolucionarios que, una vez integrados en las instituciones, terminan pareciéndose demasiado a aquello que combatían.
El tono es feroz.
También extraordinariamente personal.
Hildegart recuerda haber ingresado muy joven en el socialismo y formula una de las frases decisivas para entender el lugar en el que se encontraba en 1932:
«No abandono el Partido. Es el Partido quien se aleja de mí».
Ella continúa considerándose marxista.
Pero ya no acepta un marxismo tradicional e inmóvil. Habla explícitamente de una renovación constante y de un neo-marxismo conciliador y armónico.
Cree todavía en la lucha de clases y en la unión internacional de los trabajadores. Lo que ha perdido es la confianza en quienes administran institucionalmente esas ideas.
Y entonces sucede algo editorialmente extraordinario.
El libro termina incorporando un envío dirigido al Partido Socialista y a la Unión General de Trabajadores. Hildegart enumera sus afiliaciones y fechas de ingreso y, junto con el propio volumen, comunica su baja.
El libro mismo es la ruptura.
De repente, ¿Se equivocó Marx...? deja de ser únicamente una obra acerca de Marx.
Es también el documento de una joven separándose de una institución que había contribuido a formar su identidad pública.
Y eso, conociendo lo que sucedería pocos meses después en otra esfera de su vida, adquiere una gravedad difícil de ignorar.
Una precaución frente al mito de la niña prodigio
Descubrir esta Hildegart tampoco debería conducirnos al extremo contrario.
No es necesario convertirla en un oráculo adolescente.
El libro contiene afirmaciones históricas discutibles, generalizaciones agresivas, interpretaciones económicas que requieren revisión y una confianza en determinadas soluciones revolucionarias que pertenece intensamente a su momento histórico.
También se percibe su extraordinaria dependencia de las lecturas que maneja. Hildegart cita sin descanso.
Marx, Engels, Sorel, Bernstein, Kautsky, Proudhon, Bakunin, Kropotkin, Owen, Fourier, Saint-Simon, Jaurès, Henri de Man y muchos otros atraviesan las páginas.
Precisamente por eso me interesa.
Porque deja de ser la criatura sobrenatural fabricada por la leyenda.
Aparece una joven intelectual haciendo aquello que hacen los intelectuales reales: leer, absorber, seleccionar, exagerar, discutir, equivocarse, reformular, entusiasmarse y tratar de producir una explicación propia del mundo.
Eso la dignifica mucho más que la mitología.
Regresar al cine después de leerla
Después de ¿Se equivocó Marx...?, resulta difícil regresar a una película sobre Aurora e Hildegart exactamente de la misma manera.
La tragedia continúa allí. Aurora continúa siendo fascinante como objeto psicológico e histórico. El proyecto eugenésico, la maternidad posesiva y el asesinato no pierden ninguna de sus dimensiones.
Pero Hildegart ocupa ahora más espacio.
Ya no es solamente la muchacha extraordinaria que una madre decidió producir.
Tampoco únicamente la hija que comenzó a escapar de su control.
Es alguien capaz de mirar una tradición intelectual gigantesca y preguntarle:
¿Y si estás equivocada?
Capaz de hacer la misma pregunta a su partido.
Capaz de imaginar un socialismo distinto al que había recibido.
Capaz de abandonar una organización sin abandonar necesariamente los ideales que la habían llevado hasta ella.
Y quizá por eso la historia final resulta todavía más cruel.
Aurora había dedicado la vida a producir una inteligencia excepcional. Pero una inteligencia auténtica posee una característica peligrosa para cualquier creador que aspire a seguir siendo propietario de su criatura:
Hildegart revisó a Marx.
Revisó al socialismo de su tiempo.
Se separó de su partido.
No sabemos hasta dónde habría llegado aquella lógica de revisión aplicada a todo lo demás. Tampoco necesitamos inventar una respuesta.
Aurora le impidió disponer del tiempo necesario para escribirla.
Llegué a Hildegart porque una película me contó cómo murió.
Abrí ¿Se equivocó Marx...? esperando encontrar otra curiosidad dentro de la biografía de una niña prodigio.
Encontré algo bastante mejor: una voz.
Y durante casi cuatrocientas páginas ocurrió algo que probablemente constituye la mejor reparación que puede ofrecérsele a una persona convertida durante décadas en apéndice de su propio asesinato:
Aurora dejó de ser necesaria para que Hildegart resultara interesante.
El cine me había presentado a la víctima.
Su libro, finalmente, me presentó a Hildegart.
- Hildegart. ¿Se equivocó Marx...?, Madrid, 1932.
- Centro de Información Documental de Archivos (CIDA), Ministerio de Cultura de España. Documentación biográfica y archivística sobre Hildegart Rodríguez y Aurora Rodríguez Carballeira.
- Para el análisis de la obra se ha trabajado directamente sobre una reproducción digital de la edición de 1932.
- La virgen roja, dirigida por Paula Ortiz, 2024.
Cuando Marx dejó de ser el verdadero adversario
A medida que avanza ¿Se equivocó Marx...?, ocurre un desplazamiento.
El título continúa hablando de Marx, pero el verdadero conflicto empieza a estar en otra parte.
Hildegart mira a los partidos socialistas europeos y especialmente al socialismo español y encuentra burocratización, colaboración gubernamental, dirigentes convertidos en funcionarios, reformismo, intereses personales, abandono del espíritu revolucionario y organizaciones obreras que, según ella, se han acomodado progresivamente al Estado que debían transformar.
La crítica se vuelve particularmente dura cuando analiza la legislación social.
Desde nuestra sensibilidad actual puede resultar desconcertante encontrar a una militante obrera sospechando de seguros sociales, intervenciones estatales y determinadas reformas favorables al trabajador.
Su razonamiento, sin embargo, posee una coherencia interna: teme que el capitalismo pueda conceder suficientes mejoras para neutralizar la voluntad de transformación de quienes lo padecen.
La reforma, en esa lectura, no destruye necesariamente al sistema. Puede prolongarlo.
Hildegart teme que la organización socialista termine aceptando administrar aquello que había nacido para sustituir.
Nada obliga al lector actual a aceptar estas conclusiones de Hildegart. El interés histórico del libro no depende de convertirla nuevamente en autoridad. Precisamente sería contradictorio leer un ensayo contra el dogma de forma dogmática. Su valor está en permitirnos reconstruir qué problemas consideraba decisivos y cómo estaba elaborando una posición política propia.
Y entonces comprendemos el movimiento más curioso de toda la obra: