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[CASO CLANCY] Robert Sapolsky, determinismo, libre albedrío, culpa y psicosis posparto

Robert Sapolsky y la culpa que él no cree que exista

La neurociencia puede ayudarnos a comprender cómo una mente enferma llega hasta lo inconcebible. Otra cosa muy distinta es convertir esa explicación en una teoría según la cual nadie merece realmente culpa, castigo, mérito o recompensa. El caso Lindsay Clancy coloca ambas discusiones peligrosamente cerca.


La publicación de Roxana Kreimer conduce a una intervención particularmente interesante sobre el caso de Lindsay Clancy: la del biólogo y neurocientífico Robert Sapolsky. No se trata de una voz cualquiera. Sapolsky posee una larguísima trayectoria estudiando la relación entre cerebro, hormonas, estrés, ambiente y comportamiento, y precisamente por eso vale la pena escuchar con atención lo que dice.

Pero también vale la pena saber desde dónde lo dice.

Porque quien llegue al video desconociendo la posición filosófica de Sapolsky puede creer que está escuchando solamente la opinión de un neurocientífico sobre la psicosis posparto. No es exactamente así. Junto a la explicación clínica aparece otra convicción mucho más amplia: Sapolsky sostiene que el libre albedrío no existe y que, por consiguiente, conceptos como culpa merecida, castigo merecido, mérito y recompensa carecen de fundamento.

Ese dato no invalida su explicación científica. Pero sí cambia la manera en que debemos escuchar sus conclusiones morales y jurídicas.

Robert Sapolsky analiza el caso Lindsay Clancy, la psicosis posparto y el problema de la responsabilidad criminal.

Primero hay que concederle a Sapolsky lo que Sapolsky realmente demuestra

Sería un error responder a su posición filosófica minimizando la enfermedad mental. Y sería un error todavía mayor imaginar la psicosis únicamente como el estereotipo de una persona permanentemente desconectada de la realidad, incapaz de mantener una conversación coherente, realizar una diligencia cotidiana o parecer racional durante determinados intervalos.

Uno de los puntos más importantes de la explicación de Sapolsky es precisamente que la psicosis posparto puede fluctuar. Una persona puede presentar momentos de aparente normalidad y, sin embargo, encontrarse dentro de un proceso psiquiátrico severo. Eso importa enormemente en el caso Clancy, porque parte de la acusación ha utilizado conductas aparentemente organizadas ocurridas el día de los homicidios como evidencia de racionalidad.

Sapolsky también insiste en distinguir la depresión posparto de la psicosis posparto. No estamos hablando simplemente de tristeza intensa después del parto. En los cuadros psicóticos pueden aparecer delirios, despersonalización, desrealización, desorientación y distorsiones de la realidad específicamente concentradas en el hijo.

Y aquí surge uno de los fenómenos más perturbadores: el llamado filicidio altruista. La madre psicótica puede interpretar la muerte del hijo no como una agresión, sino dentro de una realidad delirante en la que cree estar salvándolo de un sufrimiento, una condenación, una enfermedad o un peligro imaginado.

Comprender que una conducta tiene una explicación psiquiátrica no equivale a justificarla. Pero tampoco podemos juzgar la responsabilidad de una mente gravemente enferma como si la enfermedad fuese apenas un detalle decorativo.

Sapolsky recuerda además elementos difíciles de despachar como simple teatralidad. Después de matar a sus tres hijos, Clancy ingirió medicamentos, se provocó lesiones y se lanzó desde una ventana del segundo piso. La caída produjo una lesión medular devastadora.

Más importante todavía: durante los meses anteriores ya había buscado ayuda por ansiedad, depresión, problemas graves de sueño, pensamientos suicidas y pensamientos relacionados con hacer daño a sus hijos. Pasó por distintos profesionales y recibió múltiples medicamentos psicoactivos dentro de un sistema de atención que, según Sapolsky, funcionó de manera fragmentada.

Nada de esto demuestra automáticamente la inimputabilidad. Pero tampoco es material clínicamente irrelevante. La pregunta legítima es hasta qué punto ese trastorno afectó su capacidad real de comprender, querer y controlar sus actos.

Entonces Sapolsky revela sus cartas

Es hacia el final de su exposición cuando aparece la frase que obliga a reinterpretar buena parte de lo anterior.

Sapolsky recuerda a su audiencia que su posición general es que no existe el libre albedrío. No cree en la culpa como merecimiento moral, ni en el castigo retributivo, ni tampoco —y esto es importante— en el mérito o la recompensa como algo que una persona haya producido desde una voluntad completamente autónoma.

Para él, nuestra conducta emerge de una cadena ininterrumpida de causas: genética, desarrollo cerebral, hormonas, ambiente prenatal, infancia, educación, trauma, cultura, situación económica, experiencias anteriores y acontecimientos ocurridos incluso segundos antes de una determinada acción.

No habría detrás de todo eso un pequeño «yo» independiente que, después de recibir las influencias de la biología y del ambiente, pudiera separarse de ellas y escoger soberanamente.

Por eso Sapolsky no se limita a sostener que Lindsay Clancy podría no ser responsable debido a una enfermedad mental concreta. Su posición profunda es mucho más radical:

Nadie merece propiamente culpa o castigo en sentido retributivo. El problema de Clancy sería un caso especialmente visible de algo que, para Sapolsky, ocurre en todos nosotros: somos el resultado de causas que nunca escogimos.

La sociedad, según este modelo, todavía puede protegerse. Una persona peligrosa puede necesitar ser apartada, del mismo modo que aislamos una amenaza biológica o controlamos cualquier otro riesgo. Pero ese aislamiento no debería basarse en la idea de que el sujeto merece sufrir.

Y aquí aparece el verdadero problema de utilizar a Sapolsky como si fuese simplemente una autoridad científica que llega desde fuera a responder la pregunta moral del caso Clancy.

Su respuesta sobre la culpa no comienza con Lindsay Clancy.

Estaba formulada mucho antes.

Tres preguntas que parecen una sola, pero no lo son

El debate se vuelve más claro cuando dejamos de meter tres problemas distintos dentro de la misma palabra.

¿Qué causó la conducta de Lindsay Clancy? Es principalmente una pregunta clínica y científica. Aquí importan psiquiatría, neurología, farmacología, historia clínica, síntomas y circunstancias.
¿Su enfermedad anuló suficientemente su responsabilidad criminal? Es una pregunta médico-legal. No basta demostrar que existía enfermedad: hay que determinar qué efecto tuvo sobre las capacidades relevantes para la responsabilidad.
¿Puede algún ser humano merecer culpa o castigo? Esta ya no es una pregunta que pueda resolver por sí sola una resonancia magnética, una hormona o una historia clínica. Es una discusión filosófica acerca de libertad, agencia y responsabilidad moral.

Sapolsky tiene una enorme autoridad en la primera pregunta.

Puede aportar información extraordinariamente valiosa a la segunda.

Pero su respuesta a la tercera no se convierte en un descubrimiento científico simplemente porque quien la formule sea un neurocientífico.

Explicar una decisión no es todavía abolir al que decide

Existe aquí un salto que merece atención.

Que toda conducta tenga antecedentes causales no es particularmente controvertido. Nadie aparece en el mundo sin genética, temperamento, historia familiar, lenguaje, experiencias, deseos, heridas, circunstancias sociales o un cerebro determinado.

La pregunta filosófica es otra: ¿el hecho de que nuestras decisiones tengan causas demuestra que no somos agentes responsables de ellas?

La respuesta de Sapolsky es sí.

Pero no es la única respuesta secular disponible.

Una extensa tradición filosófica denominada compatibilismo sostiene que causalidad y responsabilidad no tienen por qué excluirse. Ser libre no tendría que significar convertirse milagrosamente en una causa sin pasado, sino poseer determinadas capacidades: comprender razones, responder a ellas, deliberar, actuar de acuerdo con los propios motivos y ejercer cierto control sin una coacción que destruya esas facultades.

Eso permite decir algo decisivo para el caso Clancy: no todas las causas exculpan de la misma manera.

Dos acciones pueden estar causalmente explicadas y, sin embargo, ser moralmente distintas.

El funcionamiento normal de mi cerebro cuando decido engañar deliberadamente a alguien tiene causas. Una alucinación psicótica que destruye mi contacto con la realidad también tiene causas. Pero afirmar que ambas están causadas no demuestra que debamos atribuirles exactamente el mismo grado de responsabilidad.

Precisamente por eso existen conceptos como coerción, incapacidad, demencia, minoría de edad, intoxicación, error, ignorancia o enfermedad mental. Si cualquier antecedente causal eliminara automáticamente la responsabilidad, esas distinciones serían innecesarias: todos estaríamos siempre igualmente exculpados.

La crítica secular a Sapolsky es más profunda de lo que parece

Una de las objeciones filosóficas importantes a Determined, el libro en el que Sapolsky desarrolla sistemáticamente su negación del libre albedrío, es que el autor puede estar colocando desde el comienzo una condición demasiado exigente para llamar «libre» a cualquier comportamiento.

Si libertad significa actuar sin estar influido por absolutamente ninguna condición previa —sin genes, sin cerebro, sin historia, sin deseos aprendidos, sin causas— entonces, efectivamente, parece difícil encontrar algo parecido en un ser humano.

Pero el compatibilista responde que quizás esa nunca fue la libertad relevante.

Encontrar las causas de una decisión no equivale automáticamente a encontrar una excusa para esa decisión.

La Stanford Encyclopedia of Philosophy recoge precisamente esta disputa: el compatibilismo sostiene que el determinismo puede ser compatible con el tipo de control necesario para hablar de libertad y responsabilidad moral.

Una reseña filosófica de Determined publicada por Notre Dame Philosophical Reviews formula una crítica todavía más directa: la ciencia empírica puede describir mecanismos y antecedentes de la conducta, pero decidir si esos mecanismos destruyen la responsabilidad exige además argumentos metafísicos y normativos.

Dicho de manera sencilla: la neurociencia puede enseñarnos muchísimo sobre aquello que ocurre antes de una elección; no por ello ha resuelto automáticamente qué significa ser autor de nuestros actos.

Y aquí el caso Clancy vuelve a complicarse

Podemos incluso aceptar provisionalmente buena parte de la reconstrucción de Sapolsky y seguir discrepando de su conclusión universal.

Es perfectamente coherente sostener:

Que Lindsay Clancy estaba gravemente enferma.

Que la psicosis posparto puede explicar comportamientos que desde fuera parecen incomprensibles.

Que una persona psicótica puede alternar momentos de aparente lucidez con episodios profundamente alterados.

Que su intento de suicidio posterior no debe ser despachado ligeramente como mera representación.

Que la atención psiquiátrica fragmentada que recibió merece un análisis serio.

Que todo eso puede disminuir —e incluso, dependiendo de la prueba— eliminar su responsabilidad penal.

Y, al mismo tiempo, negar que de ahí se desprenda que ningún ser humano es jamás responsable de nada.

Esta distinción es crucial porque, de lo contrario, el caso de Clancy corre el riesgo de ser utilizado como demostración emocional de una teoría filosófica que en realidad tendría que sobrevivir también a casos muchísimo menos favorables.

El determinismo fuerte de Sapolsky no puede aplicarse solamente a la madre psicótica que despierta compasión.

Tiene que aplicarse al asesino plenamente organizado.

Al abusador.

Al torturador.

Al estafador que planifica durante meses.

Al gobernante que ordena una atrocidad.

Y también, simétricamente, al hombre que sacrifica su vida por otro, a la persona que vence una adicción después de años de lucha y al ser humano que decide hacer lo correcto cuando hacerlo le cuesta todo.

Si Sapolsky tiene razón, ninguno merece en sentido profundo ni condena ni elogio.

Esa es la verdadera magnitud de su propuesta.

La respuesta cristiana no necesita negar la enfermedad mental

Frente a esto existe una tentación religiosa muy mala: defender la responsabilidad moral minimizando los trastornos psiquiátricos. No hace falta.

La tradición cristiana dispone desde hace siglos de una categoría mucho más matizada: una acción puede ser objetivamente terrible y, sin embargo, la imputabilidad subjetiva del autor puede encontrarse reducida o incluso anulada.

El Catecismo de la Iglesia Católica lo expresa con notable claridad: la responsabilidad existe en la medida en que los actos son voluntarios, mientras que la ignorancia, el miedo, la violencia y otros factores psíquicos o sociales pueden disminuir e incluso suprimir la imputabilidad.

Esto resulta especialmente interesante frente al dilema Sapolsky-Clancy.

No hace falta escoger entre dos extremos:

«Clancy hizo algo monstruoso, por tanto necesariamente estaba en pleno dominio de sí»

o

«Clancy pudo estar mentalmente incapacitada, por tanto la responsabilidad moral es una ficción para toda la humanidad».

Existe una tercera posibilidad: la responsabilidad humana es real, pero presupone determinadas capacidades. Cuando esas capacidades están gravemente alteradas, la imputabilidad puede disminuir o desaparecer.

Tomás de Aquino analizaba el problema muchos siglos antes de la neurociencia moderna distinguiendo entre lo voluntario y lo involuntario, y examinando qué ocurre cuando intervienen ignorancia, miedo, violencia o perturbaciones que afectan al acto de la voluntad.

La cuestión no era si el comportamiento tenía causas —por supuesto que las tenía— sino cómo esas causas afectaban al conocimiento y a la voluntad del agente.

Ni siquiera todo cristianismo necesita un libre albedrío «mágico»

Hay además una dificultad para cualquier intento de presentar la discusión como una guerra sencilla entre «ciencia determinista» y «religión defensora de una voluntad absolutamente independiente».

El cristianismo ha contenido históricamente posiciones muy diferentes sobre la libertad.

La tradición reformada, por ejemplo, puede sostener una concepción extraordinariamente fuerte de la providencia divina sin concluir que las decisiones humanas carecen de responsabilidad moral. La Confesión de Westminster llega a afirmar que Dios ordena cuanto ocurre y, al mismo tiempo, niega que ello destruya la voluntad de las criaturas o la realidad de las causas secundarias.

Es, en términos filosóficos contemporáneos, una manera teológica de mostrar que determinación y responsabilidad no tienen por qué presentarse automáticamente como opuestos.

Por tanto, el desacuerdo con Sapolsky no obliga a imaginar un pequeño fantasma dentro del cerebro tomando decisiones al margen de toda causalidad física.

La pregunta puede formularse con mucha más sofisticación:

¿Puede una persona ser realmente autora de una acción aunque su capacidad de razonar, desear y escoger tenga una historia causal?

Sapolsky responde que no.

Buena parte de la filosofía responde que todavía hay mucho que discutir.

Y la teología cristiana responde, en sus distintas tradiciones, que causalidad, providencia, limitación humana y responsabilidad pueden coexistir sin reducir al hombre a una máquina moralmente vacía.

La compasión no necesita abolir la responsabilidad

Quizás uno de los grandes méritos de la intervención de Sapolsky sea obligarnos a abandonar una concepción infantil del mal.

Las personas no actúan desde un vacío. Biología, enfermedad, trauma, pobreza, familia, cultura, drogas, sueño, hormonas, medicamentos, educación y experiencias moldean profundamente lo que somos capaces de hacer.

Eso debería hacernos menos rápidos para odiar.

Más prudentes antes de condenar.

Más interesados en prevenir que en vengarnos.

Más conscientes de que una mente puede enfermar de una manera que desde fuera apenas comprendemos.

Pero ninguna de esas conclusiones obliga necesariamente a seguir a Sapolsky hasta el final.

La compasión puede modificar nuestra comprensión de la culpa sin tener que declarar inexistente toda culpa.

La justicia puede reconocer grados de responsabilidad.

La psiquiatría puede descubrir incapacidades reales.

La sociedad puede distinguir entre castigo, protección, tratamiento y venganza.

Y la religión puede hablar simultáneamente de pecado y misericordia precisamente porque no considera idéntica la situación moral de todos los agentes.

¿Qué queda entonces de Lindsay Clancy?

Queda una tragedia que se resiste a las narraciones simples.

Tres niños están muertos.

Una madre quedó destruida física y psicológicamente.

Un padre perdió a sus hijos y la vida familiar que conocía.

Un sistema psiquiátrico tuvo delante a una mujer que durante meses expresó señales alarmantes sin conseguir evitar el desenlace.

Y una sociedad intenta decidir qué significa hacer justicia cuando quien causó el horror pudo encontrarse, precisamente en el momento decisivo, gravemente incapacitada para gobernar su propia mente.

Sapolsky nos ayuda a comprender por qué la respuesta puede ser bastante más compleja que «sabía que matar estaba mal».

Pero cuando pasa de explicar el cerebro de Lindsay Clancy a sostener que nadie merece culpa por nada, ya no estamos simplemente escuchando neurociencia.

Estamos escuchando filosofía.

Y la filosofía, a diferencia de una concentración hormonal o de una lesión cerebral, no se demuestra colocando un electrodo en el lugar correcto.

Podemos concederle a Sapolsky mucho de su explicación científica sin concederle su metafísica.

Tal vez Lindsay Clancy no deba ser considerada criminalmente responsable de lo que hizo. Si su enfermedad destruyó las capacidades necesarias para responder por sus actos, existe un argumento serio para ello.

Pero esa conclusión debe surgir de lo que ocurrió en ella, de su estado mental, de sus capacidades y de la evidencia del caso.

No de una teoría que había decidido de antemano que, en último término, nadie es culpable.

Y posiblemente sea ahí donde se encuentra la pregunta más incómoda que deja el video de Sapolsky:

si una filosofía exculpa por principio a Lindsay Clancy antes de estudiar su psicosis, ¿hasta qué punto puede presentarse después su conclusión como una consecuencia del estudio de esa psicosis?

No es una pregunta contra la ciencia.

Es precisamente una exigencia para que sepamos dónde termina la ciencia y dónde comienza la filosofía.

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