[ADOLESCENCIA] 18 AÑOS: entre la Legalidad, la Conciencia y la Construcción de una Identidad con Agencia pero Torpe
El día que cumplimos 18 no apareció otra persona
Sobre los adolescentes que ya toman decisiones, los adultos que todavía no han madurado y por qué preferimos resolver preguntas difíciles con una fecha de nacimiento en lugar de mirar el caso real.
Por qué 18 y no otro número
Antes de discutir lo que ocurre alrededor de esa frontera, vale la pena preguntarse de dónde salió. Los 18 años no surgieron de un estudio sobre desarrollo humano ni de una reflexión profunda sobre cuándo una persona está lista para responder plenamente por sus actos. Surgieron, en buena medida, de una negociación política. Si, como casi todo lo que tiene impacto en la vida de los seres humanos: intereses.
El empujón más conocido vino de los Estados Unidos durante la guerra de Vietnam. Los jóvenes reclutados a los 18 años para morir en una guerra que no eligieron argumentaron con una lógica difícil de rebatir: si el Estado los consideraba suficientemente adultos para enviarlos al frente, también debían serlo para votar y elegir a quienes tomaban esa decisión (ya que los 21 años eran el tope definitivo entonces). El lema era corto y contundente: old enough to fight, old enough to vote. El argumento no era sobre madurez; era sobre coherencia. Y funcionó.
A nivel global, la consolidación llegó en 1989 con la Convención sobre los Derechos del Niño de las Naciones Unidas, que fijó en 18 años el límite entre la niñez y la adultez legal, salvo que las legislaciones locales establecieran otra cosa. Eso obligó a la mayoría de los países a armonizar sus códigos bajo ese umbral. Antes de ese proceso, la adultez legal solía llegar a los 21, e incluso a los 25 en algunos sistemas heredados del derecho civil napoleónico. No fue la ciencia la que movió ese número hacia abajo; fueron la industrialización, la presión del mercado laboral, la expansión de la educación superior y, en varios casos, la simple conveniencia administrativa.
Argentina, por ejemplo, redujo la mayoría de edad de 21 a 18 recién en 2009, mediante una reforma legal que respondía más a la realidad práctica de los jóvenes que a nueva evidencia sobre su desarrollo. República Dominicana y buena parte de América Latina siguieron trayectorias similares, adaptando sus códigos civiles de manera gradual a lo largo del siglo XX y principios del XXI.
Lo que me interesa de ese recorrido no es el dato histórico en sí, sino lo que revela: la frontera de los 18 años es una decisión de un consenso de sectores por intereses politico, no un descubrimiento cientifico ni psicológico. Tiene razones de ser y cumple funciones importantes. Pero confundirla con una verdad sobre el desarrollo humano, como si en ese día algo dentro de una persona se reorganizara de manera irreversible, es un error que cometemos con demasiada frecuencia y con demasiadas consecuencias, sin ni siquiera meditar en sus repercusiones.
Cuando cumplir 18 años no nos cambió la vida mágicamente
Hay algo extraño en la manera en que hablamos de los 18 años. Una persona puede acostarse siendo, para buena parte de la conversación pública, alguien que todavía no sabe lo que hace y despertarse al día siguiente convertida en un adulto al que se le exige plena conciencia de sus actos. La ley necesita fijar una frontera, y entiendo perfectamente por qué. Lo que me cuesta aceptar es que terminemos confundiendo esa frontera administrativa con una transformación interior que ocurre mientras dormimos.
Cuando éramos adolescentes, ese número lo cargábamos como una promesa. Lo contábamos hacia atrás como si al llegar a cero se abriera una puerta hacia la libertad plena y la emancipación total. Lo que nadie nos advertía con suficiente honestidad era que del otro lado no había emancipación sino responsabilidad, y que el Estado tenía más urgencia en reclamar nuestro voto que nosotros en empezar a ganarnos la vida. El choque con esa realidad fue, para muchos, la primera gran decepción adulta.
Me acerco a los 40 y, cuando pienso en mí a los 16, no encuentro a un desconocido. Claro que no era una versión acabada: era incompleta, torpe y, si se quiere, algo ingenua. Pero ya estaban allí muchas de mis inquietudes: la inclinación a enseñar, la fe, el interés por las ideas, las cosas que quería escribir y una manera bastante reconocible de mirar el mundo. He vivido experiencias que aquel muchacho no podía anticipar, he corregido opiniones y seguramente aprendí a soportar mejor ciertas frustraciones. Pero sería falso decir que antes de los 18 no sabía quién quería ser, y que mi identidad apareció años más tarde, una vez que la sociedad decidió llamarme adulto.
Lo confirma también mirar a quienes compartieron esa etapa conmigo. Cuando veo a mis amigos y conocidos de aquella vida estudiantil, es notable la certeza identitaria que ya cargábamos cada uno: niños adolescentes forjándose entre el desarrollo y la madurez, la exploración personal en toda su amplitud y la reafirmación de quiénes éramos en la construcción de ese sujeto que hoy anda entre los 37 y los 42. Lo que teníamos adentro ya estaba tomando forma. Eso me lleva a pensar que los adolescentes probablemente no son tan «inocentes» como a veces preferimos creer, a pesar de toda la protección que merecen, pero tampoco tan libres ni tan formados como para eludir una conversación incómoda sobre agencia, futuro y esa búsqueda reafirmada de identidad que los mueve en tantos frentes a la vez.
Por supuesto, mi experiencia no es una regla para todos. Hay personas que cambian radicalmente de rumbo y otras que tardan mucho más en encontrarlo. Aun así, basta conversar sin condescendencia con adolescentes para advertir que algunos ya tienen proyectos, convicciones y lealtades muy firmes; otros han tomado decisiones equivocadas con la misma firmeza. Decir que todavía están en desarrollo es cierto. Concluir de ahí que no desean, no calculan, no eligen o no participan activamente en la construcción de su propia vida es otra cosa. Y en esa conclusión, muchos de nosotros nos estamos mintiendo de manera bastante deliberada.
Lo que la ciencia ya sabe y el discurso público prefiere ignorar
En 2019, un equipo liderado por Grace Icenogle y Laurence Steinberg publicó en Law and Human Behavior los resultados de un estudio multinacional que debería haber cambiado la conversación pública sobre la adolescencia. El hallazgo central: la capacidad cognitiva de los adolescentes, que comprende razonar, deliberar y evaluar opciones, alcanza niveles adultos alrededor de los 16 años. La madurez psicosocial, que incluye el autocontrol bajo presión emocional, la resistencia a la influencia de pares y la evaluación de consecuencias a largo plazo, no llega a niveles adultos sino hasta bien entrados los 20.
Es la conclusión más robusta del Modelo de Sistemas Duales que Steinberg desarrolló durante dos décadas: el sistema socioemocional, que amplifica la búsqueda de recompensas, madura antes que el sistema de control cognitivo, que frena impulsos. En contextos «fríos», sin presión ni estímulos emocionales intensos, un adolescente de 15 o 16 años razona con una calidad lógica comparable a la de un adulto. En contextos «calientes», con excitación, presión grupal o una recompensa inmediata, decide peor. No porque no sepa razonar, sino porque el freno todavía no tiene la fuerza para contener al acelerador.
Las Academias Nacionales de Ciencias de Estados Unidos lo documentan sin ambages: los 18 y los 26 años son marcadores arbitrarios de los límites del desarrollo, y la preferencia por conductas riesgosas sube entre los 10 y los 16 para descender recién hacia los 26. Steinberg fue además el científico principal del amicus brief que convenció a la Corte Suprema de Estados Unidos en Roper v. Simmons (2005) para abolir la pena de muerte en menores: el argumento no fue que los adolescentes son inocentes, sino que su desarrollo los hace menos plenamente responsables. Reconocer que alguien no es plenamente responsable no es lo mismo que decir que no actuó.
Aquí suele aparecer la respuesta rápida: «Es que el cerebro no termina de desarrollarse hasta después de los 20». Hay verdad en esa idea, pero conviene tener cuidado con lo que se intenta demostrar. Que ciertas capacidades sigan madurando no significa que antes de una fecha concreta una persona carezca de razonamiento, intención o comprensión. Tampoco significa que todas sus decisiones tengan el mismo peso ni que un adulto de 45 años actúe siempre con buen juicio.
Un embarazo y una historia que todavía no conocemos
En República Dominicana, un informe del UNFPA señala que el 20 % de las mujeres de 20 a 24 años ya eran madres antes de cumplir los 18. El mismo documento indica que el 18 % de las adolescentes de 15 a 19 años reportó parejas sexuales al menos 10 años mayores. Son indicadores de poblaciones distintas: muestran la importancia de investigar las diferencias de edad y poder, pero no permiten atribuir una edad al padre de cada embarazo ni establecer cuántos de esos padres eran también adolescentes.
Hace poco vi circular una noticia sobre 311 embarazos en menores de 15 años durante los primeros 6 meses de 2026. En los comentarios alguien propuso reescribir el titular así: «311 adultos abusaron de menores y las embarazaron». La reacción nace de una preocupación legítima. Una niña embarazada requiere atención, protección y preguntas serias sobre las circunstancias en que ocurrió. Pero el número de embarazos, por sí mismo, no nos dice la edad de quienes las embarazaron ni permite reconstruir los 311 casos.
¿Hubo adultos que abusaron de niñas? Es una posibilidad que debe investigarse con rigor, y cuando se comprueba no hay que buscar eufemismos. ¿Pudo haber relaciones entre adolescentes de edades cercanas? También es posible. ¿Pudo haber presión o coerción entre menores? Desde luego. La incomodidad consiste en reconocer que esas preguntas no se contestan contando embarazos y que cada respuesta exige una actuación distinta. El deseo de denunciar una injusticia no debería autorizarnos a presentar como conocido lo que aún no sabemos.
Tengo un primo que a los 17 años, junto a su novia de la misma edad, ya esperaba su tercer hijo antes de cumplir los 18. Hoy tienen más de 30, cinco hijos y una vida construida juntos. No lo cuento para celebrarlo ni para ignorar riesgos, sino para señalar algo que las consignas tienden a borrar: que la sexualidad adolescente existe, que en ocasiones ocurre entre pares de edades similares, y que equiparar automáticamente todo embarazo temprano con una violación no solo puede ser inexacto, sino que nos impide ver lo que sí ocurrió.
Reconocer que los adolescentes pueden iniciar relaciones entre ellos no convierte un embarazo a los 14 años en una buena noticia ni vuelve irrelevante la protección de una menor. Permite, más bien, mirar el caso real en lugar de reemplazarlo por una escena única que ya viene acompañada de culpable, explicación y consigna. También nos obliga a hablar de educación, deseo, información, presión de grupo y responsabilidad compartida: asuntos mucho menos fáciles de resumir en una sección de comentarios.
Pero hay otra pregunta que casi nunca hacemos: ¿qué ocurre con la adolescente que también tiene actividad sexual y nunca aparece en una estadística de embarazos? Tal vez utilizó protección, tal vez sus experiencias fueron de otra clase o sencillamente no hubo un embarazo. Desde afuera no podemos saberlo. Sin embargo, su vida no se vuelve inexistente porque no haya producido una noticia, una conversación familiar difícil o una señal visible para la escuela. Si solo miramos a quienes quedaron embarazadas, terminamos confundiendo el resultado que podemos contar con todas las experiencias que lo preceden o que nunca conducen a él.
Ahí se revela algo incómodo de nuestra forma de hablar sobre la adolescencia: muchas veces solo admitimos que existe una vida sexual cuando aparece un embarazo, una denuncia o un escándalo. Mientras no ocurre nada de eso, preferimos imaginar que no hay preguntas, decisiones, encuentros ni riesgos. Y cuando finalmente una consecuencia nos obliga a mirar, queremos resolver en un titular la historia completa de una persona a la que quizá nunca habíamos escuchado. La protección debería comenzar antes del resultado visible, precisamente cuando todavía se puede conversar sobre límites, información, presión y cuidado sin reducir a nadie a una cifra.
El muchacho que empezó a delinquir antes de ser adulto
La dificultad se vuelve todavía más evidente cuando pensamos en la delincuencia juvenil. Imaginemos a un muchacho que comenzó a robar a los 12 años, que a los 14 ya había aprendido a moverse dentro de un grupo y que a los 17 obtenía de ese entorno dinero, reconocimiento y un sentido de pertenencia. Al cumplir 18, de pronto hablamos de él como de un adulto que escogió un camino. Sin embargo, ese camino no comenzó el día de su cumpleaños. Llevaba años tomando forma mediante actos, recompensas, vínculos y decisiones repetidas.
Esto no significa que un niño de 12 años deba ser tratado como uno de 30. Significa que tampoco podemos entender su trayectoria si lo describimos como una pieza que otros movieron sin que él hiciera nada. En una historia así puede haber abandono, pobreza, violencia, adultos que lo utilizaron y oportunidades que nunca estuvieron realmente a su alcance. También puede haber iniciativa, cálculo, orgullo por una reputación adquirida y resistencia a dejarla atrás. Negar cualquiera de esas dimensiones porque nos resulta incómoda hace más pobre el diagnóstico.
Los estudios sobre trayectorias delictivas han encontrado una distinción útil: algunos comportamientos antisociales aparecen en la adolescencia y disminuyen después; otros comienzan temprano y persisten durante buena parte de la vida adulta. Esa distinción no sirve para mirar a un alumno y dictar su destino. Sirve para recordar que no existe una sola historia llamada «delincuencia juvenil» y que, en ciertos casos, la continuidad entre el adolescente y el adulto es precisamente el problema que debemos comprender.
UNICEF estimó unos 34.000 menores detenidos en 2024 en América Latina y el Caribe, región con la segunda tasa más alta de detención infantil: 26 por cada 100.000 niños. Esa cifra describe a quienes estaban privados de libertad en la administración de justicia; no equivale al número de adolescentes que cometieron delitos ni demuestra por sí sola que endurecer las penas vaya a reducirlos.
Por eso me detengo en una frase que algunos repiten cuando ya están hundidos en ese mundo: «No tengo nada que perder». Puede ser una bravata, pero también puede expresar que la vida fuera del grupo se ha vuelto difícil de imaginar. Dejar una actividad puede significar perder ingresos, vínculos, protección, estatus y hasta el nombre que uno se había construido. Salir no depende únicamente de pronunciar un discurso sobre las buenas decisiones; requiere que exista una alternativa suficientemente real para competir con lo que esa persona ya conoce.
Es por eso que cuando miro a mis 16 años y a mis casi 40, no veo una ruptura radical. Las cosas que yo quería ser, las que creía y las que aspiraba a hacer, en lo esencial siguen ahí. No ha habido un cambio sustancial de identidad con relación a la personalidad o temperamento. Del mismo modo, muchos que empezaron muy mal y tomaron caminos peores no esperaron a los 28 o a los 45 para saber quiénes eran. Esa búsqueda de quién uno es no se consigue a una edad determinada. Ya desde muy joven, aunque con luchas y ensayos, mucha gente tiene bastante claro qué quiere. Por eso, cuando esos jóvenes en conflicto con la ley se hacen adultos, muchos repiten esa expresión: no tienen nada que perder. Ya asumieron que ese mundo forma parte de su realidad y de su identidad. La recuperación es pesada y los incentivos para salir no siempre se ven. Aspiraciones hubieron, cuanto menos.
Cuando un adolescente toma un camino destructivo, buscamos de inmediato al adulto que lo indujo, a la familia que falló o al entorno que lo empujó. Muchas veces esas influencias existen y hay que examinarlas. Pero si la explicación termina ahí, desaparece el adolescente que también fue probando, eligiendo, repitiendo actos y formando una idea de sí mismo. Negarle esa agencia no lo protege; lo borra. Y un sujeto borrado no puede ser interpelado, acompañado ni responsabilizado de manera útil.
Siempre buscamos un tercero, pero se nos olvida que el adulto del mañana se forma desde niño.
El adulto del mañana no aparece de repente al cumplir dieciocho. Parte de sus convicciones, sus hábitos y hasta sus formas de hacer daño pueden llevar años construyéndose. Reconocerlo no equivale a tratar a un niño como si tuviera la responsabilidad de uno de 40; permite intervenir mientras esa trayectoria todavía se está formando, en vez de fingir que comenzó cuando la ley decidió llamarlo adulto.
El adulto que cumplió 18 y nada cambió en su cabeza
Y está el caso que nadie quiere tocar: alguien de 45 años que actúa con menos juicio que un alumno de 16. Conduce borracho, toma decisiones financieras desastrosas por impulso, repite patrones que nunca revisó. Tiene plena responsabilidad legal y ninguna de las excusas que le concedemos al adolescente. ¿Qué nos dice eso sobre usar «adulto» como sinónimo de «maduro»? Que la madurez no es un evento que ocurre una vez a los 18; es un proceso que puede estancarse, retroceder o simplemente no haber llegado a las áreas que más importan.
A veces, cuando un adolescente de confianza cumple años en la escuela, le digo con media sonrisa: «Felicidades, ya puedes caer preso» o «Bravo, ahora vas a decidir el futuro del país y no tienes ni idea de quiénes son los candidatos». Me devuelven una carcajada, porque anhelan ser mayores para tener independencia, pero en la práctica no han procesado lo que les espera del otro lado de los 18. La mayoría de edad les suena a llave, no a carga.
Por eso me resulta absurdo asumir que un día más en el calendario convierte a ese adolescente en un referente de madurez. Pero tampoco creo que sea un ser sin criterio ni conciencia de sus actos. Esa doble negación es la que cuesta sostener: ni oráculo ni tabla rasa, sino alguien en proceso, igual que casi todos los adultos que conozco.
También hay diferencias enormes entre individuos. He conocido jóvenes capaces de sostener compromisos que algunos adultos no podrían mantener, y personas mayores que parecen haber confundido la experiencia acumulada con la madurez. La edad importa, pero no hace por sí sola el trabajo de observar a una persona. Tal vez una parte del problema sea que usamos «adulto» para nombrar simultáneamente una categoría legal, una etapa biográfica y una virtud moral, como si las tres llegaran siempre juntas.
Cumplir 18 cambia nuestra posición ante la ley. No reescribe, en una noche, los años que ya llevamos siendo alguien. Proteger a un adolescente no exige negar que actúa. Reconocer que actúa no exige dejar de protegerlo.
La protección también necesita escuchar
Quizá nos cuesta hablar de la agencia adolescente porque tememos que reconocerla se use para quitarles protección. El temor no es imaginario. Hay adultos que se aprovechan de la inexperiencia, de la necesidad económica o afectiva y de las diferencias de poder; también hay quienes invocan una supuesta «madurez» de la víctima para restarle gravedad a lo que hicieron. Nada de lo que estoy planteando sirve para justificar eso. Precisamente por esa razón conviene ser rigurosos: si todo caso recibe de antemano la misma explicación, dejamos de atender las relaciones de poder concretas que hay que identificar.
Hay además una consecuencia que vale la pena enunciar con claridad: reconocer que un adolescente tiene deseos, criterio y una identidad en construcción no reduce la responsabilidad del adulto que se aprovecha de eso. La aumenta. Quien actúa desde una posición de poder sobre alguien que todavía está formándose no lo hace sobre una hoja en blanco, sino sobre una persona que ya estaba construyendo algo. Usar esa vulnerabilidad en proceso no es menos grave que explotar la ignorancia total; en ciertos casos, es más calculado. Por eso este argumento no es una puerta trasera para rebajar condenas ni para suavizar lo que ocurrió. Es precisamente lo contrario: obliga a mirar con más detalle, no con menos.
Sin embargo, proteger a alguien no exige describirlo como una persona vacía de voluntad. Pensemos en el adolescente que rechaza ayuda, que vuelve a un grupo peligroso o que insiste en una relación que su familia desaprueba. Podemos creer que se equivoca y debemos preguntarnos si está siendo manipulado o amenazado. Pero, si queremos intervenir de manera útil, necesitamos entender qué obtiene allí, qué desea conservar y por qué nuestras alternativas no le parecen suficientes. Hablarle como si no tuviera razones suele ser una forma bastante eficaz de dejar de escucharlo.
En el aula uno ve esta tensión de cerca. Como maestro de estudiantes en sobreedad, con expediente cuestionable o de familias disfuncionales, aprendo a leer rápido la diferencia entre quien recibe una pregunta sobre sus planes como una invitación y quien la recibe como una acusación disfrazada. Hay adolescentes a los que les entusiasma que un adulto les pregunte hacia dónde van; otros han decidido su vida mucho antes de que lleguemos nosotros y cualquier interrogante les suena a cuestionamiento. Ninguna conversación seria empieza suponiendo que todos tienen la misma madurez, pero tampoco declarando que sus decisiones son inmodificables. Entre esas dos simplificaciones está el trabajo difícil de conocer a la persona que tenemos delante.
También observo que algunos de esos adolescentes, en su rebeldía, toman decisiones que terminan perjudicando a quienes los rodean. Y lamentablemente, unos cuantos no logran encontrar en la escuela un eje restaurador, a pesar de los múltiples esfuerzos que hacemos los distintos actores de la comunidad educativa. No porque no queramos, sino porque vivimos siendo sustituidos por la única red que de verdad pesa: la familia, los tutores, los amigos cercanos. Cuando esa red no existe o falla, llegamos tarde y con poco.
Y aun así, hay algo que no deja de darme esperanza: ver cómo muchos de ellos, en medio de condiciones adversas y sin red de apoyo genuina, hacen un esfuerzo deliberado por salir del lugar vulnerable en el que viven. Eso ayuda a recordar que nuestro trabajo no es en vano. Pero también obliga a ser honesto: como docente, tengo funciones limitadas frente a una vida que recibe embates constantes, que no ve incentivo claro en la educación ni en lo que nosotros llamamos el buen camino. Esa distancia entre lo que queremos ofrecer y lo que ellos pueden recibir es, quizá, la tensión más honesta que conozco en este oficio y que poco se discute en los círculos públicos sobre educación adolescente y sus crisis.
Lo que no cabe en un cartel
No pongo estos casos uno junto al otro para sugerir que son equivalentes, sino porque revelan la misma falla de nuestro lenguaje: pasamos de «no podía decidir nada» a «responde plenamente por todo» en la fecha de un cumpleaños, y esa discontinuidad es demasiado cómoda para ser honesta. Al adolescente se le niega toda agencia cuando su conducta resulta incómoda, ya se trate de su sexualidad, sus decisiones de riesgo o su capacidad de hacer daño, pero se espera que el día que cumple dieciocho asuma plenamente las consecuencias de una trayectoria que empezó mucho antes. No podemos tenerlo de las dos maneras.
La investigación sobre desarrollo cerebral nos da una pista que el debate público suele ignorar: ciertas capacidades de razonamiento pueden alcanzar niveles adultos hacia los 16 años en promedio, mientras otras vinculadas a la autorregulación y al control de impulsos siguen madurando bastante después de los 18. Eso no entrega un veredicto para cada individuo ni sugiere que debamos ignorar la ley. Lo que desmonta es algo más básico: la idea del interruptor. La idea de que hay un momento preciso en que alguien deja de ser una cosa y se convierte en otra.
No propongo sustituir los 18 años por una prueba improvisada de madurez. Una sociedad necesita edades claras para reconocer derechos y fijar responsabilidades, y abrir cada decisión legal a la impresión subjetiva de un tercero traería otros problemas. Lo que propongo es más modesto y, al mismo tiempo, más exigente: dejar de hablar como si esa regla resolviera por sí sola lo que ocurrió antes o explicara quién es la persona después. Cuando falten datos, decir «no lo sabemos»; cuando haya abuso, llamarlo abuso sin rodeos; y cuando un adolescente haya actuado con intención, no borrar esa intención para que encaje en una imagen cómoda de la infancia.
Hay preguntas que no tienen respuesta cómoda para una publicación de redes. ¿Cuánta responsabilidad atribuirle a quien comprende un acto, pero está profundamente condicionado por su entorno? ¿Cuándo una conducta adolescente expresa exploración y cuándo está dominada por la coerción? ¿Qué debe pesar más en una intervención: la protección, la autonomía, el daño causado o la posibilidad real de cambiar? No siempre sabremos contestar con seguridad, y esa falta de certeza no debería avergonzarnos tanto como la facilidad con que a veces simulamos tenerla.
Volviendo a mis 16 años, me habría molestado profundamente que alguien dijera que mis ideas, mis aspiraciones y mi vocación no contaban todavía porque faltaban 2 años para ser adulto. Hoy entiendo mejor mis límites de entonces, pero también sé que ya era yo. Y si acepto esa continuidad cuando hablo de lo que hice bien, debo estar dispuesto a pensarla cuando observo trayectorias que salieron mal, sin convertir a nadie en un caso perdido ni borrar las condiciones que hicieron más difícil otro camino.
Lo veo también desde el otro lado del escritorio. Hay estudiantes que llegan con una historia que la escuela no escribió y que difícilmente va a poder reescribir sola. Algunos encuentran en el aula algo parecido a un ancla; otros no logran verla como una salida porque afuera los espera una vida que tiene más urgencia y más peso que cualquier argumento que yo pueda ofrecerles. Eso no me hace dejar de intentarlo, pero sí me obliga a ser honesto sobre lo que un maestro puede y no puede hacer frente a condiciones que lo superan. La escuela no es el principio ni el fin de la historia de nadie.
Tal vez esa sea la conversación incómoda que nos falta, especialmente en América Latina, donde el tema sigue siendo un elefante en la habitación: admitir que un adolescente puede necesitar protección y, a la vez, estar tomando decisiones que importan; que un adulto puede tener todas las responsabilidades legales y seguir siendo profundamente inmaduro; y que ninguna de esas verdades cancela a la otra. La fecha de nacimiento nos dice cuántos años tiene alguien. Para saber quién es, qué hizo y qué puede llegar a hacer, todavía tenemos que escuchar, investigar y pensar.
Porque el día que cumplimos 18 años no apareció de la nada otra persona. La persona que llegó a esa edad ya llevaba años viviendo, eligiendo y siendo formada por lo que había elegido y por lo que le había tocado vivir. Ignorar eso no protege a nadie. Solo nos hace más cómodos.
Fuentes consultadas
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