Hay personas cuya importancia termina siendo tan cotidiana que casi dejamos de percibirla. Linus Torvalds es una de ellas. Quienes nos movemos, aunque sea modestamente, entre código, repositorios, versiones, ramas, commits y proyectos digitales tenemos razones suficientes para reconocer su enorme aporte. Torvalds inició en 1991 el desarrollo del núcleo Linux y, años después en 2005, creó Git, el sistema de control de versiones que hoy forma parte natural del trabajo de millones de programadores. La propia Linux Foundation lo presenta sencillamente como creador de Linux y Git: dos proyectos cuyo impacto resulta difícil exagerar.
Los que "comemos" un poco de código sabemos lo que eso significa. Git nos ha simplificado la vida de una manera que quizá solo apreciamos realmente cuando algo sale mal: una versión que debemos recuperar, un cambio que queremos comparar, una modificación que necesitamos aislar o ese maravilloso momento en que descubrimos que todavía existe un commit anterior capaz de salvar varias horas (o varios días) de trabajo. Parto del reconocimiento. No necesito estar de acuerdo con las ideas religiosas de Torvalds para admirar al hombre de tecnología. Y precisamente por eso me resultó tan simpática una pequeña ironía que encontré leyendo acerca de él.
He created Linux and Git without ChatGPT OR Claude. https://t.co/h3ShQSXGYb
— chanduu (@chanduuu_cs) October 4, 2026
El ateo y sus dos reglas de oro
Torvalds ha sido bastante explícito respecto de su irreligiosidad. En distintas declaraciones se ha descrito como completamente arreligioso, ateo y también agnóstico, y ha cuestionado particularmente la idea de que sea necesaria la religión para fundamentar la moral o para apreciar la naturaleza. Hasta ahí, nada especialmente sorprendente. Cada persona construye sus convicciones, y Torvalds no parece tener dificultad alguna para delimitar las suyas.
Pero entonces aparece una declaración suya, recogida en Linus the Liberator, a propósito de una conferencia LinuxWorld, que me hizo sonreír. Torvalds explica que tiene algo así como dos reglas de oro para la vida. La primera consiste en tratar a los demás como uno quisiera ser tratado. Inmediatamente añade, casi marcando territorio, que por alguna razón la gente relaciona aquello con el cristianismo, aunque él no es cristiano sino agnóstico. Su segunda regla es sentirse orgulloso de lo que uno hace.
La razón no es tan misteriosa
Naturalmente, que Torvalds repita una idea presente en el cristianismo no lo convierte en cristiano. Tampoco significa necesariamente que haya tomado conscientemente la frase de los Evangelios: formas de la llamada Regla de Oro aparecen en diferentes culturas y tradiciones morales. Pero tampoco es cierto que la gente la relacione con el cristianismo "por alguna razón" misteriosa. Hay una razón bastante evidente. Jesús dice en Mateo 7:12: Mateo 7:12 "Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos". Y en Lucas 6:31 vuelve la misma formulación fundamental: Lucas 6:31 "Como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos". Es difícil reprocharle a un cristiano que, al escuchar una frase prácticamente idéntica, piense inmediatamente en Jesús.
Lo que encuentro interesante no es usar aquello para decir: "¿Ves, Linus? En el fondo eres cristiano". Eso sería absurdo y además destruiría lo interesante de la observación. La ironía está en otra parte: Torvalds siente la necesidad de marcar distancia respecto del cristianismo justo después de formular como una de sus reglas fundamentales una máxima perfectamente compatible con él y, en su forma positiva, literalmente presente en los Evangelios.
La segunda regla y Qohelet
Su segunda regla tampoco lo aleja demasiado de terrenos conocidos por quienes hemos leído la literatura sapiencial bíblica. "Siéntete orgulloso de lo que haces", dice Torvalds. Naturalmente, "orgullo" puede tener significados diferentes, y la Biblia cuestiona abundantemente la soberbia. Pero si entendemos su frase como satisfacción por la obra bien realizada, dignidad en el trabajo y capacidad para disfrutar el fruto del propio esfuerzo, inmediatamente pienso en Qohelet: el famoso y anónimo predicador que algunos atribuyen, por sus formas y desenlace, a Salomón, aunque explícitamente eso no esté confirmado.
Eclesiastés 2:24 No hay cosa mejor para el ser humano que disfrutar de su trabajo y ver el bien que obtiene de él.Eclesiastés vuelve una y otra vez sobre una idea sorprendentemente terrenal: dentro de una existencia limitada, fatigosa y muchas veces incomprensible, existe un bien en comer, beber, disfrutar y encontrar satisfacción en el propio trabajo. No como resignación, sino como sabiduría. La idea reaparece con una insistencia que parece deliberada.
Eclesiastés 3:13"Y también que todo hombre coma y beba, y goce el bien de toda su labor, es don de Dios". Eclesiastés 3:22
"Así, pues, he visto que no hay cosa mejor para el hombre que alegrarse en su trabajo, porque esta es su parte". Eclesiastés 5:18-19
"He aquí, pues, el bien que yo he visto: que lo bueno es comer y beber, y gozar uno del bien de todo su trabajo con que se fatiga debajo del sol, todos los días de su vida que Dios le ha dado; porque esta es su parte. Asimismo, a todo hombre a quien Dios da riquezas y bienes, y le da también facultad para que coma de ellas, y tome su parte, y goce de su trabajo, esto es don de Dios".
De manera que las dos reglas personales que Torvalds presenta mientras aclara que no es cristiano podrían sentarse tranquilamente a conversar con Mateo y con Eclesiastés. Eso no demuestra nada acerca de su fe. Pero sí dice algo acerca de cómo muchas personas se relacionan con la Biblia, o al menos dicen/creen entender sobre ella.
Un libro rechazado sin haber sido leído
A veces tengo la impresión de que algunas personas han rechazado un libro que realmente nunca han leído. Es un argumento parecido a lo que comentábamos sobre el Don Quijote y otras obras canónicas de la literatura universal hace unos días en este espacio: la gente cree conocer el libro porque ha escuchado hablar de él, porque alguien le citó un pasaje, porque lo vio mencionado en una discusión. Con la Biblia ocurre algo similar, quizás más intenso. Quienes la rechazan suelen conocer sus guerras, sus castigos, determinadas historias terribles del Antiguo Testamento, versículos utilizados durante siglos como munición en debates religiosos, políticos o morales, y hasta algunas caricaturas modernas sobre aquello que supuestamente enseña. Lo que desconocen, con frecuencia, es algo mucho más cotidiano: la extraordinaria cantidad de sabiduría humana condensada en sus páginas, especialmente en los libros sapienciales.
Los Proverbios de Salomón, por ejemplo, puede hablar durante unas pocas líneas acerca de algo que a nosotros nos toma veinte páginas explicar: la arrogancia, la amistad, la administración del dinero, la prudencia, la lengua que destruye relaciones, la respuesta pronunciada en el momento equivocado, la pereza, la ira, la elección de compañías, la importancia de escuchar consejo o la necedad de aquel que piensa que siempre tiene razón. Job se atreve a preguntar qué hacemos con el sufrimiento cuando las explicaciones fáciles dejan de funcionar.
Qohelet observa la existencia con una lucidez que por momentos parece escrita por un pensador contemporáneo: trabajamos, acumulamos, competimos, queremos controlar lo que ocurrirá después de nosotros y terminamos descubriendo que muchas cosas son vapor, viento que intentamos agarrar con las manos. Los Salmos conocen la angustia, el miedo, la euforia, el cansancio, la gratitud y hasta esa experiencia incómoda de dirigirse a Dios cuando precisamente parece que Dios guarda silencio.
Y si ampliamos la mirada hacia los libros deuterocanónicos (o apócrifos, dependiendo de la tradición cristiana desde la cual se los nombre) encontramos todavía más. Sirácida, por ejemplo, está lleno de pequeñas observaciones sobre conducta, amistad, palabra, educación y prudencia que podrían circular hoy como aforismos en cualquier red social sin que muchos sospecharan que proceden de un texto religioso antiguo.
Dale una oportunidad a Proverbios
Hace años tuve una amistad particularmente bonita con una persona con quien compartía literatura. Leíamos nuestros escritos, poesías, fragmentos de novelas; hablábamos de nuestras ideas y existía entre nosotros esa clase de afinidad difícil de describir solamente como intelectual. Nunca intenté convertir aquello en una campaña de evangelización. De hecho, mi propia vida espiritual atravesaba entonces momentos bastante irregulares. Pero la fe está tan incorporada a mi manera de interpretar el mundo que inevitablemente termina apareciendo cuando hablo de literatura, de relaciones humanas, de ética o de vida. En algún momento le dije algo muy sencillo: "Dale una oportunidad a Proverbios". No le estaba diciendo que comenzara por Romanos, que estudiara una doctrina o que aceptara una profesión de fe. Simplemente tenía la impresión de que, por su sensibilidad literaria, podía encontrarse allí con algo que no esperaba.
Porque hay una experiencia que he tenido muchas veces hablando con personas que conocen la Biblia solamente desde afuera: cuando finalmente leen algunos textos sapienciales, se sorprenden. No porque inmediatamente crean, sino porque descubren que aquello también habla de ellos. Habla del amigo que conviene conservar, de la palabra que habría sido mejor callar, del consejo que rechazamos por orgullo, del dinero administrado sin prudencia, de la persona que habla demasiado, del que piensa antes de responder, de aquello que sentimos cuando alguien que nos hirió termina cayendo, de nuestras propias contradicciones.
Y en esa amarga trinchera de la decepción invertida —esperaban algo peor— es donde las posturas comienzan a moverse de manera subrepticia. Del rampante ateísmo a un agnosticismo algo más humilde, no por conversión sino por reconocimiento. Algo dentro de la persona que leía con escepticismo empieza a ceder, no ante un argumento teológico sino ante algo más difícil de rebatir: el espejo.
Porque hay mucha humanidad y dignidad en esos textos. Una sabiduría milenaria que el mundo moderno, con toda su avasallante tecnología y su fe en el progreso, sigue necesitando con una urgencia que prefiere no admitir. Los embates siguen siendo los mismos de siempre: la culpa, la rabia, la decepción, la frustración, la desesperanza. La pregunta de si uno tiene sentido o no lo tiene. El viejo dilema de ser o no ser que ningún algoritmo ha conseguido resolver todavía.
Eso es lo que encuentro fascinante en la anécdota de Torvalds y en otras parecidas: no la contradicción que podría usarse como argumento de debate, sino la continuidad silenciosa entre la sabiduría antigua y la intuición contemporánea. La humanidad sigue haciéndose las mismas preguntas. Solo ha cambiado el lenguaje con que las formula, y a veces ni siquiera eso.
Primero Proverbios, después Jesús
Alguna vez, medio en serio y medio en broma, he dicho que yo no quiero vivir como Jesús: primero quisiera conseguir vivir como dicen los Proverbios. Naturalmente, no estoy colocando a Proverbios por encima de Jesús. Estoy confesando exactamente lo contrario. Si apenas logro dominar la lengua como recomienda Proverbios, controlar mi ira, aceptar correcciones, actuar con prudencia, trabajar diligentemente y no responder como un necio, imaginar el estándar moral de Jesús hace que la situación se vuelva todavía más complicada. Uno intenta refugiarse en Proverbios y descubre que tampoco allí hay escapatoria.
Quizás por eso la anécdota de Torvalds me produjo tanta gracia. No porque haya encontrado una contradicción capaz de refutar su ateísmo o su agnosticismo, pues sería una lectura demasiado superficial, sino porque encontré algo mucho más humano: un hombre extraordinariamente racional, uno de los grandes arquitectos tecnológicos de nuestro tiempo, decide resumir su ética cotidiana en dos ideas sencillas: trata bien a los demás y haz algo de lo que puedas sentirte satisfecho. Y desde mi pequeña esquina bíblica no puedo evitar sonreír y pensar que Mateo y el Predicador probablemente aprobarían.
Quizá una de las mayores injusticias que hemos cometido con la Biblia -creyentes y no creyentes por igual- consiste en reducirla exclusivamente a aquello que podemos discutir acerca de ella. Ese libro negro que probablemente reposa olvidado en algún estante de hospital, en una celda, en un rincón recóndito del hogar o en la casa de algún familiar o vecino, es también un inmenso depósito de observación humana que pocas veces nos tomamos el trabajo de abrir sin agenda previa.
Está bien reconocer que allí hay dolor, tragedia, violencia y episodios difíciles que merecen estudiarse y contextualizarse en lugar de maquillarlos. Pero también hay generaciones enteras preguntándose cómo vivir, cómo hablar, cómo trabajar, cómo amar, cómo administrar, cómo sufrir, cómo envejecer y cómo aceptar que no controlamos completamente nuestra existencia. Esa es la parte que rara vez se menciona cuando alguien descarta el libro, como si la incomodidad de algunos pasajes autorizara ignorar la profundidad de otros.
Por eso, al leer sobre Linus y algunos otros grandes cerebros modernos, me resulta curioso cuando alguien se aleja cuidadosamente de "lo bíblico" y después, desde otro camino completamente distinto, termina encontrándose con alguna de esas mismas intuiciones. No necesito decirle entonces que secretamente cree; eso sería reducir la observación a un argumento de conversión, que no es el punto y que además suele ser contraproducente.
Me basta con reconocer algo mucho más modesto: la sabiduría puede encontrarnos incluso cuando no sabemos que ya había alguien escribiendo sobre ella hace algunos miles de años. Y en ocasiones, hasta puede encontrarnos mientras hacemos un git commit.