[REFLEXIÓN CULTURAL] Cuando el periódico desaparece de la mesa: la pérdida silenciosa de una generación de lectores
Cuando el periódico desaparece de la mesa
No me preocupa solamente que desaparezca el papel. Me preocupa que también desaparezcan aquellos encuentros accidentales con la lectura que, sin que nadie los planificara, ayudaban a formar lectores.
Hay noticias que uno lee y continúa su día. Hay otras que aparentemente hablan de empresas, formatos, costos, circulación o transformación digital, pero terminan tocando lugares mucho más personales. Por ejemplo, cada vez que leo que un periódico abandona su edición impresa- si, esa parte de papel fisico, que me evoca tan bellos recuerdos, siento algo parecido a una pequeña estocada. Siento el dolor de una linda memoria.
No porque crea que el papel sea superior por definición a todo lo digital, ni porque pretenda vivir de espaldas a la tecnología. De hecho, hace mucho tiempo que no compro diariamente un periódico físico pero sigo siendo además, un devorador de diarios desde el teléfono, la computadora o cualquier pantalla que tenga delante. Desde New York Times, Washington Post, variospintos diarios norteamericanos, otros españoles como el Pais, Mundo, entre otros inclusive de América como el Clarín, entre otros.
Sin embargo, cada cierre me recuerda que no está desapareciendo solamente una forma de distribuir noticias.
Está desapareciendo uno de los objetos que me enseñaron a amar la lectura.
Los periódicos fueron mi primera gran puerta hacia el mundo escrito.
Cuando tenía cuatro o cinco años, mi tío Benjamín llegaba a la casa con periódicos. Muchos periódicos. El Siglo, El Nacional y otros diarios dominicanos de aquellos años. Los periódicos de entonces, además, parecían inmensos. Eran grandes físicamente, gruesos, llenos de páginas, secciones, fotografías, anuncios, columnas, deportes, entretenimiento y todo tipo de información.
Para un niño tan pequeño aquello podía parecer un objeto demasiado serio, demasiado adulto.
Para mí ocurría exactamente lo contrario.
Me hacía feliz.
Abría aquellos periódicos enteros, incluso cuando parecían más grandes que mis propios brazos. Pasaba una página detrás de otra buscando lo que más me atraía. Iba hacia los cómics, encontraba a Olafo, al Soldado, a Tapón y otros personajes que entonces formaban parte habitual de las páginas de entretenimiento. Miraba los crucigramas aunque no siempre pudiera resolverlos. Llegaba a los deportes. Me detenía delante de fotografías. Leía titulares. Saltaba de una noticia a otra.
Y muchas veces terminaba leyendo cosas que inicialmente no había ido a buscar.
Ese detalle, ahora que estoy cerca de los cuarenta años, me parece mucho más importante de lo que podía comprender entonces.
Yo no sabía que estaba aprendiendo a leer el mundo
Nadie me sentó frente a aquellos periódicos diciéndome: “Esto desarrollará tu comprensión lectora”. Nadie diseñó una estrategia metodológica para que yo aprendiera la estructura de un diario. Nadie me habló todavía de jerarquización informativa, titulares, secciones, géneros periodísticos o criterios editoriales.
Simplemente había periódicos en casa.
Y yo los abría.
Mientras buscaba una historieta podía encontrarme con una fotografía de política, desde Bosch. Balaguer, Leonel, etc. Mientras iba hacia los deportes pasaba por una noticia internacional (recuerdos esas memorias de Boris Yeltsin, el conflicto ruso con los paises contingentes de la Union Soviética). Mientras buscaba entretenimiento descubría un anuncio, una crónica, una columna o algún acontecimiento que no comprendía completamente, pero que despertaba alguna pregunta.
Aprendí muy temprano que un periódico tenía zonas. Que las noticias más importantes ocupaban determinados espacios. Que un titular grande significaba algo diferente a uno pequeño. Que los deportes estaban en unas páginas, la opinión en otras y el entretenimiento más adelante.
Mucho antes de conocer técnicamente aquellas categorías, ya había adquirido una intuición sobre cómo se organizaba la información.
Por eso, cuando pienso en aquellos años, no recuerdo el periódico solamente como una fuente de noticias. Lo recuerdo como uno de mis momentos felices de la infancia.
Y sé que puede sonar extraño.
Cuando alguien habla de los momentos felices de un niño uno espera escuchar bicicletas, juegos, cumpleaños, juguetes o vacaciones. Yo también tuve algunas de esas cosas, aunque no abundante porque provenia de padres muy pobres que hacian lo que podían con lo que tenían pero entre mis recuerdos felices existe este otro: estar metido entre páginas de periódico. Desde allí adquiri la manía de oler cualquier papel y si: el papel periodico tiene su olor caracteristico.
Leer. Mirar. Buscar. Descubrir.
El periódico siguió acompañándome
La relación no terminó cuando dejé de ser niño.
Entonces soñaba que cuando fuera grande (es decir, un adulto responsable y funcional) uno de mis realizaciones de la adultez iba a ser poder ser un abonado o suscriptor por un año y que el periodico me llegará todos los dias temprano a la puerta de mi casa como todo voraz lector que soy y siempre fui.
Años después, cuando ya era adolescente y luego un joven de dieciocho, veinte o veintidós años, mi hermana todavía podía salir y decir algo parecido a: “Déjame comprarle el diario a Junnior para que lea”.
Ese gesto aparentemente pequeño tenía para mí el mismo efecto emocional.
Había algo especial en recibir el periódico. Abrirlo. Sentarse. Revisarlo completo. No necesariamente leer cada palabra, pero sí recorrerlo. Explorar sus páginas. Enterarse de algo que uno no sabía que quería saber.
Hoy continúo leyendo periódicos, probablemente incluso más que antes. La diferencia es que los leo digitalmente. La costumbre sobrevivió al formato. El soporte cambió, pero la pulsión permanece: quiero saber qué ocurrió, qué se está discutiendo, qué pasó en el país, qué está sucediendo en el mundo.
Y quizás precisamente por haber podido trasladar aquel hábito hacia lo digital entiendo también que el problema no consiste simplemente en decir que la tecnología está destruyendo la lectura.
No es tan sencillo.
Tener acceso no significa estar expuesto
Un niño de hoy dispone de una cantidad de información que mi generación ni siquiera podía imaginar durante la infancia.
Desde una tableta puede entrar a periódicos de cualquier parte del mundo. Puede consultar bibliotecas enteras. Puede abrir una enciclopedia en segundos. Puede leer libros sin tener que salir de su habitación.
Técnicamente tiene más acceso que nosotros.
Pero acceso no significa exposición.
Esa diferencia me parece fundamental.
Cuando había un periódico sobre la mesa de una casa, el niño podía encontrarlo sin buscarlo. Estaba ahí. Formaba parte del paisaje doméstico. El padre lo abría. El abuelo lo reclamaba. La madre hojeaba una sección. Alguien hacía el crucigrama. Otro buscaba deportes. El niño terminaba acercándose, aunque fuera por curiosidad.
El objeto circulaba.
La lectura también.
Una tableta puede contener diez mil libros y cien periódicos, pero cuando está apagada no muestra ninguno.
Todo permanece oculto detrás de una interfaz hasta que alguien decide abrirlo.
El periódico físico funcionaba de otra manera. No necesitaba que uno supiera previamente qué estaba buscando. Estaba colocado delante de nosotros.
Nos exponía a cosas.
Y esa exposición accidental tenía valor.
Antes uno encontraba; ahora muchas veces espera que le aparezca
Existe además otra transformación que me preocupa.
Cuando yo abría un periódico buscando los cómics tenía que atravesar otras informaciones. El periódico no estaba construido exclusivamente a partir de mis preferencias personales. Me obligaba, aunque fuese durante unos segundos, a convivir con acontecimientos que no pertenecían a mis intereses inmediatos.
La lógica digital contemporánea funciona muchas veces de forma opuesta.
Los algoritmos observan lo que miramos, cuánto tiempo permanecemos delante de algo, qué abrimos, qué cerramos y qué nos provoca interacción. Después intentan mostrarnos más de aquello que probablemente mantendrá nuestra atención.
“Esto es lo que ocurrió hoy. Mira alrededor.”
El algoritmo puede terminar diciéndonos:
“Esto es lo que probablemente quieres seguir viendo.”
La diferencia es enorme.
Una cosa favorece el encuentro inesperado con la información. La otra puede encerrarnos progresivamente dentro de nuestros propios intereses.
Por supuesto que internet también permite explorar, investigar y descubrir. Yo mismo lo hago diariamente. Pero para hacerlo se necesita desarrollar previamente cierta disposición hacia la búsqueda.
Y ahí aparece mi inquietud con las nuevas generaciones.
Lo veo frente a mí en el aula
Hace poco, trabajando con estudiantes de segundo de secundaria una unidad relacionada con noticias tecnológicas, hice una pregunta bastante sencilla:
¿Han leído alguna vez un periódico?
La respuesta prácticamente unánime fue no.
No es que esos muchachos odien los periódicos.
Muchos sencillamente nunca han tenido uno entre las manos.
Nunca lo han abierto. Nunca han recorrido físicamente sus páginas. Nunca tuvieron la experiencia de preguntarse dónde estaban los deportes, cómo se organizaba una portada, qué diferencia había entre una sección y otra o por qué determinada noticia aparecía en un espacio más destacado.
Y entonces comprendo que cuando en el aula explicamos la estructura de un periódico, nosotros muchas veces estamos enseñando académicamente algo que generaciones anteriores ya habían visto de forma cotidiana.
Antes la escuela sistematizaba una experiencia que ya existía en el hogar.
Ahora, en muchos casos, debe presentar desde cero un objeto cultural que el estudiante apenas conoce.
Eso cambia mucho las cosas.
Y se vuelve todavía más inquietante cuando uno observa también las dificultades lectoras que presentan numerosos adolescentes.
No sería serio afirmar que los jóvenes leen mal porque desaparecieron los periódicos impresos. La comprensión lectora depende de demasiados factores como para reducirla a una sola causa.
Pero sí considero legítimo preguntarnos algo:
La desaparición de una ecología de lectura
No solamente han desaparecido periódicos. También fueron perdiendo presencia las revistas, las enciclopedias, los almanaques, los catálogos e incluso ciertos impresos comerciales que uno hojeaba simplemente porque estaban allí.
No todos esos materiales contenían gran literatura, por supuesto. Pero contribuían a crear hogares donde había palabras visibles.
Había cosas que leer.
Y un niño curioso podía encontrarlas.
El periódico era una de esas puertas.
Por eso me cuesta aceptar completamente el argumento de que no se pierde nada porque toda esa información continúa disponible digitalmente.
Lo que puede desaparecer es la situación que conducía hacia ella.
No creo que papel sea bueno y pantalla sea mala
Tampoco quiero caer en esa simplificación.
Sería absurdo hacerlo mientras escribo este artículo para un blog que será leído fundamentalmente desde una pantalla.
La tecnología ha democratizado de maneras extraordinarias el acceso al conocimiento. Nos permite consultar fuentes, comparar documentos, encontrar libros, acceder a archivos históricos y leer periódicos de cualquier parte del mundo en cuestión de segundos.
Eso tiene un valor enorme.
El problema aparece cuando confundimos disponibilidad con hábito.
Poner millones de libros dentro de una tableta no produce automáticamente lectores. Tener acceso permanente a las noticias tampoco produce automáticamente ciudadanos informados.
El hábito necesita modelos. Necesita estímulos. Necesita cierta cultura doméstica. Necesita que el niño vea a alguien leer. Necesita objetos, espacios y momentos asociados a la lectura. Y durante décadas el periódico cumplió silenciosamente parte de esa función.
La casa también enseñaba a leer
Mientras más pienso en esto, más importancia le doy a aquella imagen de mi tío Benjamín llegando a casa con periódicos. Él probablemente nunca pensó que estaba construyendo mi formación intelectual. Simplemente llevaba periódicos.
Pero esos periódicos terminaron siendo parte de mi educación.
Ahí nació buena parte de mi curiosidad por las noticias, la política, los deportes, la cultura y la escritura.
Después llegaron los libros.
Después llegaron otros intereses.
Después llegaron los estudios.
Después llegó la docencia.
Después llegó la escritura.
Pero antes de muchas de esas cosas hubo un niño sentado entre páginas enormes de periódico.
Eso es lo que hace que hoy no pueda mirar con indiferencia la desaparición progresiva de las ediciones impresas.
Entiendo las razones económicas. Entiendo la reducción de circulación. Entiendo los costos de impresión. Entiendo que los lectores migramos hacia las pantallas y que, en cierta medida, nosotros mismos contribuimos a acelerar el proceso.
Yo también soy parte de esa contradicción: lamento la desaparición del periódico físico mientras hace años que consumo la mayor parte de mis noticias digitalmente.
Pero comprender por qué ocurre algo no obliga a dejar de lamentar lo que desaparece con ello.
¿Qué estamos dejando sobre la mesa?
Quizás esta sea finalmente la pregunta que más me inquieta.
No me preocupa que los niños del futuro no sepan doblar correctamente un periódico enorme, que desconozcan el olor de la tinta, ni siquiera que nunca compren un diario físico. Eso puede ser simplemente el cambio natural de una tecnología.
Lo que sí me preocupa es qué ocupará su lugar como puerta de entrada espontánea hacia la lectura. ¿Qué objeto encontrará un niño de cinco años mientras los adultos hacen otra cosa? ¿Qué material podrá abrir simplemente porque está allí? ¿Dónde experimentará esa mezcla de juego, información, descubrimiento y curiosidad? ¿Qué encontrará mientras busca otra cosa?
Porque a veces así comienza un lector. No necesariamente con una gran novela, ni con un profesor explicándole la importancia de leer. A veces comienza buscando una tira cómica, después mira una fotografía, después lee un titular, después intenta comprender una noticia, después quiere saber más. Y cuando uno viene a darse cuenta, han pasado treinta años y aquel niño sigue leyendo todos los días.
Quizás por eso cada vez que otro periódico anuncia el final de su edición impresa siento que desaparece una pequeña parte del paisaje que me construyó. No temo por las noticias —las noticias encontrarán siempre otra forma de llegar. Temo por esos encuentros accidentales que producían lectores.
Mi tío Benjamín solamente llevaba periódicos a la casa. Pero, sin saberlo, estaba dejando delante de mí una puerta. Yo la abrí. Y nunca volví a salir del mundo de la lectura.
