Reflexión · Educación · Vocación docente
La excepción no hace la regla, pero a veces salva una historia
Un reencuentro que despierta recuerdos
Hace unos días tuve la oportunidad de conversar con una profesora jubilada que fue parte importante de mi formación escolar. Primero como maestra y posteriormente como directora del colegio donde cursé prácticamente toda mi educación preuniversitaria. Hacía muchos años que no hablábamos y, al contarle algunas cosas de mi vida, recibí una respuesta que me hizo recordar un episodio de mi adolescencia que, visto desde mi condición actual de docente, adquiere un significado muy particular.
«No me sorprende nada, conocí desde el principio que tenías potencial», me escribió. También expresó su alegría al saber que, de alguna manera, le había dado respuesta a lo que ella había visto en mí cuando era niño. Sus palabras me llevaron a una época de mi vida que no estuvo precisamente marcada por los mejores resultados académicos.
El estudiante que fui
Desde pequeño fui un estudiante aplicado. No necesariamente el mejor de todos, pero sí uno que mostraba interés por aprender. En ocasiones lograba aparecer en el famoso cuadro de honor, aquel mural donde se colocaban públicamente los nombres de los estudiantes más destacados de cada curso. Para quienes pertenecemos a aquella generación, aparecer allí constituía todo un reconocimiento. Mi permanencia en aquel colegio había sido posible gracias a una beca gestionada por un tío, en una etapa muy temprana de mi vida, cuando mi padre estaba próximo a partir de este mundo. De manera que esa institución no solo representó el lugar donde recibí mi formación escolar, sino también buena parte del escenario donde transcurrieron mi infancia y adolescencia.
Sin embargo, llegó el bachillerato y con él una transformación que no fue precisamente favorable para mis estudios. Pasar al bachillerato significaba encontrarse de repente con estudiantes mucho mayores, algunos de diecisiete, dieciocho y hasta diecinueve años. Para un muchacho de doce o trece, aquellos jóvenes parecían prácticamente hombres hechos y derechos. En medio de esa transición llegaron nuevas amistades, nuevos intereses y también una etapa de bastante desorientación. Conocí el rap y el hip hop, comencé a escribir mis propias letras, me alejé de la iglesia y fui perdiendo progresivamente el interés por los estudios. A esto se añadían las dificultades económicas que atravesábamos en casa. No puedo decir que fuera un estudiante sin capacidades. Lo que había perdido era, principalmente, el sentido de responsabilidad.
La oficina de la dirección
Recuerdo que la directora me llamó a su oficina. Para quienes estudiamos en aquellos años, una convocatoria a la dirección no era precisamente motivo de alegría. La dirección escolar representaba autoridad y, en no pocas ocasiones, temor. No era un lugar al que uno quisiera acudir por asuntos disciplinarios o académicos. Allí me comunicó que no había reunido los puntos necesarios para aprobar el curso. Mis resultados no eran suficientes y existía la posibilidad de enfrentar las consecuencias académicas correspondientes.
Sin embargo, aquella directora —la llamaré Dominga— decidió ayudarme. Me habló del potencial que había observado en mí desde pequeño. Sabía que durante años había sido un estudiante aplicado y que lo que estaba ocurriendo conmigo no respondía a una incapacidad para aprender. Había visto una trayectoria anterior que contrastaba con el muchacho desinteresado que tenía delante. Y decidió darme una oportunidad.
La mirada del docente, años después
Muchos años después, convertido yo también en profesor, he vuelto a pensar en aquella decisión, especialmente cuando tengo delante estudiantes que no reúnen las competencias necesarias para avanzar al siguiente grado. Aquí comienza una contradicción que, por lo menos en apariencia, podría parecer difícil de justificar: yo fui beneficiario de una excepción académica y, sin embargo, hoy defiendo que los estudiantes deben alcanzar los aprendizajes correspondientes antes de ser promovidos. No creo que ambas posiciones sean necesariamente incompatibles.
En mi ejercicio docente he conocido estudiantes que llegan a determinados grados con deficiencias acumuladas desde cursos anteriores: dificultades serias de lectura, escritura, comprensión e interpretación. No se trata simplemente de muchachos que no quieren estudiar, sino de estudiantes que todavía no dominan competencias indispensables para desenvolverse en niveles superiores. En esas circunstancias, promoverlos por consideración, presión institucional o simple deseo de evitar una reprobación puede terminar perjudicándolos. Un estudiante que no ha desarrollado determinadas competencias en tercero de secundaria difícilmente resolverá todas sus dificultades por el simple hecho de llegar a cuarto.
No todos los casos son iguales
Hay quienes poseen las capacidades necesarias pero atraviesan momentos de desmotivación, conflictos familiares, problemas de conducta o circunstancias personales que afectan temporalmente su rendimiento. Otros necesitan reforzar aprendizajes fundamentales que todavía no han logrado desarrollar. Y algunos presentan ambas situaciones al mismo tiempo. Ahí es donde el juicio del educador adquiere una importancia que no siempre puede reducirse a un número en el registro de calificaciones.
Mi antigua directora conocía algo que las notas de aquel año no reflejaban completamente. Eso no significa que su decisión estuviera libre de riesgos. Tampoco puedo afirmar que, de haberme hecho repetir, mi vida habría tomado necesariamente un rumbo negativo. Quizá habría reaccionado de otra manera. Es imposible saberlo. Lo cierto es que me concedió una oportunidad cuando mis resultados académicos no parecían justificarla.
La conversión y el nuevo rumbo
Tiempo después, en diciembre de 2004, cuando tenía diecisiete años y cursaba tercero de bachillerato, experimenté mi conversión al Señor. Aquello marcó una transformación profunda en mi vida. Las dificultades económicas de mi familia no desaparecieron, pero mi manera de enfrentar las responsabilidades comenzó a cambiar. Recuperé el interés por cumplir con mis obligaciones y me involucré de lleno en el ministerio de la iglesia. Ya no era el mismo muchacho que había perdido el rumbo. Quería ser pastor.
- 2004 Conversión al Señor en diciembre, a los 17 años, cursando tercero de bachillerato.
- 2006 Graduación a los 19 años. Un mes después, examen de admisión al seminario.
- 2006 – 2010 Formación en el seminario durante cuatro años.
No cuento esto para presentar mi experiencia como modelo de lo que necesariamente ocurrirá con otros estudiantes, ni para sostener que una oportunidad académica produce automáticamente una transformación personal. Mi recuperación estuvo vinculada a un proceso espiritual que llegó después de aquella reunión en la dirección. Pero sí me permite reconocer algo: aquella profesora no confundió mi conducta de un momento con la totalidad de mis posibilidades. Y esa es una distinción que hoy considero fundamental.
Entre la exigencia y la comprensión
En educación se habla mucho de oportunidades, inclusión, comprensión y acompañamiento. Son principios valiosos, pero pueden perder parte de su significado cuando se aplican sin discernimiento. Dar oportunidades no debería equivaler a promover automáticamente, del mismo modo que exigir resultados no tendría que significar desconocer las circunstancias particulares de cada estudiante. Hay ocasiones en que una excepción puede estar justificada. Otras veces, precisamente por responsabilidad con el estudiante, corresponde mantener la exigencia y ayudarlo a alcanzar lo que todavía no ha conseguido. La dificultad está en saber distinguir una situación de otra.
También conviene reconocer que el docente no siempre dispone de toda la información necesaria. Una conducta que parece desinterés puede esconder dificultades familiares; un estudiante que aparenta comprender los contenidos puede arrastrar deficiencias importantes; y otro que demuestra una gran capacidad intelectual puede carecer de los hábitos necesarios para aprovecharla. Por eso las excepciones requieren razones, conocimiento del estudiante y límites. No pueden convertirse en una política general donde finalmente todos avanzan, independientemente de lo que hayan aprendido. Cuando la excepción se convierte en costumbre, deja de ser una respuesta a una circunstancia particular y comienza a debilitar la propia finalidad de la evaluación.
Al otro lado del escritorio
Hoy puedo agradecer profundamente la oportunidad que recibí sin concluir que todos los estudiantes deban ser promovidos en circunstancias semejantes. Puedo reconocer el criterio que tuvo aquella directora y, al mismo tiempo, sostener que hay estudiantes a quienes no les hacemos ningún favor permitiéndoles avanzar sin las competencias necesarias. Quizá una de las mayores dificultades de nuestra profesión consiste precisamente en eso: comprender que tratar justamente a los estudiantes no siempre significa tomar idénticas decisiones con todos, pero tampoco conceder excepciones sin un fundamento que las justifique.
La conversación con aquella profesora jubilada me recordó que, detrás de determinadas decisiones escolares, puede haber consecuencias que solo llegamos a comprender muchos años después. Ella vio algo en aquel muchacho que yo mismo había comenzado a descuidar. No sé qué habría pasado si hubiera tomado otra decisión. Tampoco sé cuántos de los estudiantes que hoy atraviesan dificultades académicas terminarán encontrando su rumbo. Lo que sí sé es que ahora me corresponde estar del otro lado del escritorio.
La excepción no hace la regla. Nunca debería hacerla. Pero, en determinadas circunstancias, una excepción bien considerada puede darle tiempo a una historia que todavía no ha terminado de escribirse.
Creo que, al igual que Dominga, el docente necesita desarrollar ese olfato: saber cuándo sí y cuándo no. No todas las historias habrán terminado de la misma manera, y sería ingenuo pretenderlo. Pero lo que sí sé es que ella actuó desde sus convicciones más profundas, con independencia de si técnicamente yo merecía o no aprobar segundo de bachillerato. Y eso, con el tiempo, también se convierte en una lección de vida y para toda la vida.