Anoche Haití derrotó 4-1 a República Dominicana en el Estadio Olímpico Félix Sánchez, en un partido correspondiente a la Liga de Naciones de la Concacaf. La asistencia superó las 20 mil personas y una parte considerable del público era haitiana. Después del encuentro hubo bailes, cánticos, cornetas y celebraciones de aficionados que acababan de ver a su selección imponerse con claridad. Hasta ahí, nada que no hayamos visto cientos de veces alrededor del mundo cuando una comunidad migrante tiene la oportunidad de ver jugar a su país.
Pero entonces aparece esa extraña capacidad nuestra para convertir prácticamente cualquier cosa relacionada con Haití en una señal de alarma nacional.
El periodista Jaime Rincón publicó un comentario que me llamó particularmente la atención. Su preocupación no partía de algún incidente específico ocurrido durante el partido ni de alguna manifestación política. Lo que le inquietaba era otra cosa: que hubiera muchos haitianos, que supieran dónde se celebraba el encuentro, que tuvieran recursos para pagar sus entradas, que asistieran, que apoyaran a su selección y que demostraran capacidad para congregarse. De ahí pasó a una frase mucho más grave: "eso me preocupa mucho", y posteriormente a la advertencia de que, si continuamos así, "vamos a perder la República Dominicana". También sostuvo que debió colocarse un retén migratorio en la entrada y salida del estadio para detener a quienes estuvieran en situación irregular.
Confieso que tuve que escuchar el razonamiento más de una vez. Porque si quitamos por un momento las palabras Haití y haitianos, ¿qué fue exactamente lo que sucedió? Un grupo de extranjeros residentes en un país se enteró de que jugaba su selección nacional, compró entradas, acudió al estadio, se reunió con compatriotas y celebró cuando ganó. ¿Dónde está la anomalía?
Cambiemos Santo Domingo por Miami
Quizás la forma más sencilla de comprobar la inconsistencia sea cambiar los protagonistas. Cuando República Dominicana juega el Clásico Mundial de Béisbol en Miami, miles de dominicanos residentes en Estados Unidos saben perfectamente cuándo juega nuestra selección. Compran entradas, se desplazan desde diferentes ciudades, llevan banderas, se visten con los colores nacionales, cantan, gritan, celebran y convierten por momentos un estadio estadounidense en algo que parece un estadio dominicano. Y la lectura que hacemos nosotros es de orgullo, de diáspora, de identidad, de dominicanidad fuera de nuestras fronteras. Nunca se nos ocurriría concluir que esos dominicanos han demostrado una peligrosa capacidad organizativa porque "ya saben dónde ir", "tienen información", "tienen recursos" y "se reúnen".
Mucho menos aceptaríamos tranquilamente que un comentarista estadounidense viera aquellas imágenes y dijera: "Esto me preocupa. Miren cuántos dominicanos son. Ya saben organizarse. Tienen dinero para pagar entradas. Están integrados. A este paso vamos a perder Estados Unidos". Probablemente nosotros mismos lo acusaríamos de xenófobo, y tendríamos razones para cuestionar semejante razonamiento. Entonces, ¿por qué habría de adquirir lógica cuando sustituimos "dominicanos en Miami" por "haitianos en Santo Domingo"?
La migración es un problema real; un partido de fútbol no es una prueba de invasión
Aquí conviene hacer una precisión porque conozco perfectamente cómo funcionan estas discusiones. República Dominicana posee un problema migratorio real. Compartimos una frontera terrestre con Haití, existen flujos migratorios irregulares importantes, el Estado dominicano tiene derecho a controlar su territorio, exigir documentación y ejecutar su legislación migratoria dentro del marco jurídico correspondiente. También existen debates legítimos sobre presión hospitalaria, mercado laboral, servicios públicos, documentación, seguridad fronteriza y capacidad institucional. Negarlo sería absurdo.
Pero precisamente porque esos problemas existen no necesitamos inventarnos otros. Una discusión seria sobre inmigración requiere datos, legislación, estadísticas, presupuestos, capacidad hospitalaria, situación fronteriza, empleo, regularización y políticas públicas. Un haitiano tocando una corneta porque su selección acaba de meter cuatro goles no constituye una estadística migratoria. Una familia haitiana comprando entradas tampoco. Un grupo de jóvenes celebrando una victoria deportiva tampoco. Y veinte mil personas dentro de un estadio no constituyen automáticamente veinte mil indocumentados. Confundir esas categorías no fortalece la defensa de la soberanía dominicana. La empobrece intelectualmente.
La frase que revela el problema
Hay una parte del comentario de Rincón que me resulta especialmente reveladora. Dice, aproximadamente, que ellos "ya tienen información", "tienen recursos", "están integrados" y saben dónde acudir cuando algo les interesa. Pensemos un segundo en lo extraño del planteamiento: ¿desde cuándo estar informado es un comportamiento sospechoso?, ¿desde cuándo poder comprar una entrada constituye una señal de peligro?, ¿desde cuándo integrarse a una sociedad debe preocuparnos?, ¿desde cuándo reunirse para apoyar a una selección nacional demuestra alguna intención diferente de apoyar a una selección nacional? Cuando esas características comienzan a presentarse como indicios alarmantes, el problema ya no es exactamente qué hizo ese grupo. El problema empieza a ser que ese grupo sea visible. Y ahí es donde una conversación sobre inmigración puede deslizarse con demasiada facilidad hacia otra cosa.
Nuestros hermanos haitianos no dejan de ser haitianos porque vivan aquí
Hay algo que tampoco debería sorprendernos. Un haitiano residente en República Dominicana puede trabajar aquí, estudiar aquí, comprar aquí, tener amigos dominicanos y desarrollar perfectamente una vida cotidiana dentro de nuestra sociedad. Y cuando juega Haití, seguir queriendo que gane Haití. Eso no es una contradicción: la integración no exige la desaparición de la identidad. El dominicano que vive veinte años en Nueva York puede amar profundamente a Estados Unidos, respetar sus leyes, trabajar, pagar impuestos y criar allí a sus hijos, pero cuando juega República Dominicana contra Estados Unidos probablemente se pone la camiseta dominicana. Y nadie racional debería concluir por eso que constituye una amenaza para la soberanía estadounidense. Las diásporas funcionan así en todas partes: uno puede incorporarse a una sociedad sin borrar la memoria del lugar del que procede.
Una historia difícil no justifica cualquier lectura
Por supuesto, dominicanos y haitianos no somos dos pueblos cualesquiera viviendo en extremos distantes del planeta. Compartimos una isla con una historia que tiene invasiones, guerras, conflictos fronterizos, ocupaciones, masacres, migraciones, intercambios económicos y heridas que todavía influyen en la manera en que ambos pueblos se observan. Sería infantil fingir que esa historia no existe, y también sería infantil pretender que ambas sociedades carecen de tensiones contemporáneas. Pero precisamente porque nuestra historia es compleja deberíamos tener más cuidado, no menos, con las interpretaciones que hacemos de cada acontecimiento.
Cuando cualquier concentración de haitianos confirma automáticamente una amenaza, cualquier hecho sirve para confirmar la tesis previamente establecida: si trabajan juntos, preocupación; si viven en determinados sectores, preocupación; si utilizan hospitales, preocupación; si venden productos, preocupación; si se reúnen, preocupación; si celebran fútbol, preocupación. Llegados a ese punto ya no estamos examinando acontecimientos para construir una conclusión. Estamos buscando acontecimientos que puedan acomodarse a una conclusión construida previamente. Eso tiene nombre en lógica: sesgo de confirmación.
Los nacionalistas de cartón
Y aquí entran mis queridos nacionalistas de cartón. Los conocemos. Viven permanentemente a dos comentarios de que desaparezca la República Dominicana: una bandera haitiana en una esquina significa que "esto se perdió", un video de veinte haitianos reunidos significa que "ya están organizados", una conversación en creole dentro de un autobús se convierte prácticamente en evidencia geopolítica. Y, por supuesto, después del partido comenzaron a aparecer los comentarios habituales en redes sociales.
No niego que exista nacionalismo legítimo ni considero ilegítimo que un dominicano defienda la soberanía, las fronteras, la cultura o los intereses de su país. Yo mismo considero completamente natural que exista una identidad dominicana fuerte. El problema aparece cuando el patriotismo deja de necesitar argumentos. El nacionalista de cartón no fortalece institucionalmente el país, no estudia seriamente el fenómeno migratorio, no propone políticas sostenibles, no analiza estadísticas ni distingue entre residente legal, irregular, turista, trabajador temporal o descendiente. Su principal actividad patriótica consiste en alarmarse en Facebook, donde cada video nuevo demuestra nuevamente que la patria desaparecerá pasado mañana.
Las redes tampoco son el país
Hay otro error que cometemos constantemente: creer que los comentarios de redes sociales representan fielmente la convivencia cotidiana. No es así. Las redes premian el conflicto: el comentario moderado rara vez recibe cien respuestas, el incendiario sí. Quien escribe "vi el partido, había muchos haitianos y celebraron su victoria" probablemente no genere ninguna conversación. Quien escribe "NOS ESTÁN INVADIENDO Y NADIE HACE NADA" obtiene inmediatamente una pequeña convención de patriotas digitales.
Pero salgamos de Facebook por un momento. Dominicanos y haitianos trabajan juntos todos los días, se compran y venden productos, comparten espacios laborales, viajan en los mismos vehículos, viven en los mismos sectores, construyen edificios juntos, trabajan en agricultura, comercio, servicios y construcción. Hay conflictos, claro. Hay prejuicios, evidentemente. Hay abusos de un lado y del otro, y hay problemas migratorios que el Estado tiene obligación de atender. Pero la convivencia cotidiana suele ser mucho menos cinematográfica que la guerra civil permanente que uno imaginaría leyendo determinados comentarios. Ese contraste debería enseñarnos algo sobre la diferencia entre la sociedad real y la sociedad representada por los algoritmos.
Nos ganaron 4-1. Eso fue lo que pasó
Quizás nuestra verdadera tragedia nacional aquella noche sea mucho más sencilla: Haití jugó mejor y nos ganó 4-1. Un equipo mundialista contra alguien que aspira. El goleador Wilson Isidor marcó dos veces, Louicius Don Deedson abrió el marcador y Yassin Fortune completó la goleada. República Dominicana apenas encontró el descuento mediante Dorny Romero. Y los haitianos celebraron.
¿Qué queríamos que hicieran?
¿Que pidieran disculpas?
¿Que salieran silenciosamente del estadio para no despertar sospechas?
¿Que evitaran juntarse porque demasiados haitianos felices en una misma imagen podrían perturbar a Twitter dominicano?
A veces un partido de fútbol es simplemente un partido de fútbol.
Tenemos suficientes problemas reales en República Dominicana para fabricar amenazas imaginarias. Podemos discutir inmigración, frontera, documentación, soberanía y la complicada relación que durante dos siglos han mantenido los dos países que comparten esta isla, y podemos hacerlo seriamente, incluso con posiciones profundamente distintas. Pero convertir la alegría de unos aficionados después de una victoria deportiva en evidencia de que "vamos a perder la República Dominicana" no es análisis. Es alarma. Y en pleno siglo XXI deberíamos exigirle algo más a quienes tienen un micrófono delante.