Su papel y legado solitario frente al resto de las Antillas Mayores hispanas
| Lienzo de Cuba y Puerto Rico del 1747 |
Mientras Cuba y Puerto Rico vivían el "sueño dorado" de la sacarocracia bajo el paraguas protector de la Corona en el siglo XIX, Santo Domingo vivía una pesadilla de pobreza y olvido. Pero la historia tiene una ironía suprema: la riqueza adormece, mientras que la necesidad despierta. Fue precisamente ese abandono imperial el que nos obligó a inventarnos a nosotros mismos cuando nadie más quería hacerse cargo.
| La Habana, 1880. |
| Viejo San Juan, 1884 |
No nacimos de un sueño ilustrado. No fuimos el fruto de un contrato social entre criollos cultos que leían a Rousseau en salones de La Habana o Caracas. No hubo congreso en Filadelfia tropicalizada, ni generales que juraran bajo robles sagrados. Nacimos de la urgencia. Nacimos del miedo. Nacimos, sobre todo, del abandono.
Mientras las élites de México o Perú luchaban por heredar un imperio, mientras los cubanos negociaban reformas dentro de una metrópoli que los necesitaba, los dominicanos del siglo XIX enfrentaron una verdad desnuda: nadie nos quería.
Ni España, que nos devolvió como quien suelta lastre en 1809.
Ni Francia, que nos cedió en Basilea sin pestañear (no nos tomaron hasta 1804 cuando no pudieron mas con Haití y su rebelión de esclavos)
Ni siquiera Haití, que nos anexó no por deseo, sino por obsesión geopolítica: una isla partida era una isla vulnerable.
En ese vacío —en esa orfandad imperial— nació algo que el Caribe hispano no conocía: una nación inventada desde abajo, sin permiso, sin bendición, sin garantías.
I. La Paradoja de las Antillas: Riqueza vs. Identidad
Para entender la excepcionalidad dominicana, hay que mirar el mapa del Caribe hispano del siglo XIX.
A la izquierda y derecha de nosotros, Cuba y Puerto Rico florecían. Tras el colapso de Haití y la independencia de México, la Corona española volcó sus recursos, su capital y su protección militar en esas dos islas. La "Fidelísima" Cuba y la "Leal" Puerto Rico recibieron ferrocarriles, inmigración europea cualificada, y un auge económico sin precedentes basado en la plantación intensiva.
| Mapa Cuba, 1861. |
| Puerto Rico, 1908. |
Santo Domingo, en cambio, no tenía nada. Tras el Tratado de Basilea (1795) y la posterior Reconquista (1809), España nos trató como un lastre contable. La "España Boba" no fue un periodo de incubación económica, sino de desolación administrativa. Pero fue en ese vacío de poder, en esa pobreza de hatos y conucos, donde el criollo dejó de sentirse español para empezar a sentirse algo nuevo. Al no tener una metrópoli que nos enviara órdenes ni dinero, aprendimos —a la mala— a gobernarnos y a defendernos solos.
España Boba: el regalo perverso del desinterés
Llamar "España Boba" al periodo 1809-1821 fue un acto de ironía histórica tan aguda como dolorosa. No era España la boba; éramos nosotros, los criollos de Santo Domingo, que creímos que una metrópoli en ruinas —invadida por Napoleón, en guerra civil, perdiendo sus colonias continentales— nos enviaría socorro. Nunca llegó.
México estaba en llamas con Hidalgo. Colombia con Bolívar. Venezuela con Miranda. Todas esas colonias valían la pena: tenían plata, oro, poblaciones densas, rutas comerciales. Santo Domingo tenía… vacas. Y una frontera incómoda con una nación negra que había derrotado a Napoleón.
Pero hay una capa más honda en este abandono que la mera economía o la administración. Hay una herida emocional que los manuales de historia no suelen registrar. El criollo dominicano de la "España Boba" no solo padeció pobreza; padeció la humillación de un hijo que llama a su madre y recibe silencio.
Durante aquellos años, las élites de Santo Domingo escribieron cartas a Madrid, suplicaron atención, reclamaron el lugar que creían merecer en la familia imperial. Y España respondió con el gesto más cruel de todos: la indiferencia funcional. No éramos enemigos; éramos irrelevantes. No merecíamos ni el esfuerzo de una respuesta airada.
Esa orfandad afectiva —esa constatación de que para la Corona éramos el hijo del accidente, no del deseo— sembró una pregunta que tardaría décadas en formularse abiertamente: si nadie nos quiere como hijos, ¿por qué seguimos esperando?
España no envió ni un regimiento, ni un peso fuerte, ni siquiera una carta de aliento cuando Núñez de Cáceres proclamó la "Independencia Efímera" en 1821. ¿Por qué habría de hacerlo? Para Madrid, éramos un apéndice geográfico sin valor estratégico.
Y en esa indiferencia —en ese desprecio funcional— radica la primera paradoja de nuestra nación: fuimos libres antes de ser independientes porque nadie se molestó en esclavizarnos de nuevo. Cuando Haití cruzó la frontera en 1822, España no resistió. Simplemente desapareció del mapa.
En ese silencio metropolitano, los dominicanos entendieron una lección brutal: si quieres existir, tendrás que inventarte tú mismo.
II. El Yunque Haitiano: Donde se forjó el "Nosotros"
El factor determinante que separa el ADN histórico dominicano del cubano o puertorriqueño es la Ocupación Haitiana (1822-1844).
Cuba y Puerto Rico pelearon (tardíamente) contra una "Madre Patria" distante. Nosotros peleamos contra un vecino presente que intentó borrarnos culturalmente.
Cuando Jean-Pierre Boyer unificó la isla, no solo impuso un régimen militar; impuso un choque de civilizaciones. El cierre de la Universidad Santo Tomás de Aquino, la prohibición del español en documentos oficiales y el intento de eliminar las costumbres hispano-católicas no nos "haitianizó". Al contrario: generó un efecto rebote. Fue bajo la bota haitiana que los dominicanos descubrieron que su hispanidad no era un trámite burocrático, sino la esencia de su ser. Pero —y esto es crucial— era una hispanidad ya mestiza, adaptada, criolla. Duarte, Sánchez y Mella no soñaban con volver a ser súbditos de Fernando VII; soñaban con una República libre de toda potencia extranjera.
Haití: el espejo que nos obligó a mirarnos
La ocupación haitiana no fue solo una anexión política. Fue un espejo roto donde los dominicanos vieron reflejada una identidad que rechazaban con pánico visceral. No era odio étnico puro —aunque hubo mucho de eso—; era terror ante la posibilidad de desaparecer como colectivo diferenciado.
Boyé, en su Ensayo histórico, lo documentó con crudeza: confiscación de tierras, prohibición del español en documentos oficiales, intentos de imponer el culto vudú, reclutamiento forzoso para guerras contra Francia. Pero más allá de las políticas concretas, lo que generó el nacionalismo dominicano fue la percepción —justa o no— de que Haití no nos quería como socios; nos quería como extensión de sí misma.
Y en esa presión existencial, nació lo impensable: un proyecto de nación. No para ser libres de algo abstracto, sino para no ser algo concreto: haitianos. Duarte, Sánchez, Mella no soñaban con una república platónica; soñaban con una frontera. Con una lengua propia. Con un dios católico que no bailara ante tambores. Con una historia que no comenzara en 1804.
Ese nacionalismo fue, sí, racializado. Fue, sí, construido sobre el rechazo al negro como símbolo de lo "otro". Hoy lo criticamos con razón. Pero negar que ese miedo fue el catalizador sería mentirnos. Las naciones no nacen de manifiestos filosóficos; nacen de traumas compartidos. Y el nuestro fue la ocupación haitiana.
Esa presión existencial no la tuvo Cuba. No la tuvo Puerto Rico. Ellos debatían sobre autonomismo y representación en las Cortes; nosotros debatíamos sobre si seguiríamos existiendo como pueblo o no. Esa urgencia parió el 27 de febrero de 1844.
Y aquí reside la paradoja más incómoda de nuestra fundación: la ocupación haitiana —que en la memoria popular se recuerda con rencor— fue también el despertador que nos sacó del letargo. Los criollos llevaban décadas buscando el amor de una madre que nunca los quiso de verdad. España nos había abandonado; Francia nos había vendido como moneda de cambio en Basilea sin pestañear; ningún imperio cruzaba el océano para reclamarnos como suyos. Y entonces llegó Haití. Llegó sin pedir permiso, sin invitación, y nos gobernó durante veintidós años con la mano firme de quien no negocia la identidad del otro, sino que la disuelve.
Fue esa presión existencial —la certeza de que si no nos afirmábamos como algo distinto, simplemente dejaríamos de ser— la que transformó la orfandad en conciencia. El grito de 1844 no fue "¡Viva la libertad!" en abstracto. Fue, más hondamente, "ya estamos grandecitos para esto". Fue la voz del adolescente que descubre que ningún padre vendrá a rescatarlo y que, por tanto, tendrá que inventarse su propio nombre.
No hubo que matar a nadie para que ese sentimiento germinara. La ocupación haitiana no fue un baño de sangre; fue, en muchos sentidos, un experimento de administración. Pero fue precisamente su carácter cotidiano, su intento sistemático de borrar nuestras marcas culturales, lo que nos hizo preguntarnos por primera vez qué diablos éramos nosotros. El padre ausente nos había dejado huérfanos; el padrastro presente nos obligó a mirarnos al espejo.
III. Cuba y Puerto Rico: el lujo de no tener que inventarse
Mientras en Santo Domingo se gestaba en secreto la Trinitaria, en La Habana y San Juan los criollos debatían autonomía, no independencia. ¿Por qué?
Porque Cuba y Puerto Rico nunca enfrentaron el vacío existencial que nos definió. España los necesitaba: Cuba por su azúcar, Puerto Rico por su posición estratégica. Hubo guarniciones permanentes, presupuestos coloniales, burocracia activa. No fueron abandonados; fueron explotados. Y la explotación, paradójicamente, genera dependencia, no rebeldía.
Además —y esto es crucial—, ni Cuba ni Puerto Rico tuvieron un "espejo negado" como Haití. No hubo una nación vecina que amenazara borrar su lengua, su religión, su estructura social de un plumazo. Sin ese trauma fundacional, no hubo el ímpetu visceral para decir: "Somos otros. Somos distintos. Somos nosotros".
El independentismo cubano surgió décadas después, alimentado por esclavos liberados y clases medias excluidas —no por élites aterrorizadas ante la absorción cultural. Y en Puerto Rico, el autonomismo prevaleció porque la independencia parecía un salto al vacío económico. Mientras tanto, en Santo Domingo, el vacío ya era nuestra realidad cotidiana desde 1809. Saltar no costaba nada: ya estábamos en el abismo.
IV. La Restauración: El Examen Final de la Nacionalidad
Si 1844 fue el nacimiento, 1863 fue la confirmación de madurez.
La Anexión a España en 1861, orquestada por Pedro Santana, es la prueba definitiva de mi pensar sobre el abandono. Santana, un general de mentalidad antigua, creía que la nación era inviable sin un "padre" europeo. Pensó que al devolvernos a España, el pueblo aplaudiría. Se equivocó catastróficamente.
El pueblo dominicano que recibió a las tropas españolas ya no era el mismo de 1809. Habían pasado cincuenta años de vida propia —y de guerra propia—. El campesino del Cibao, el tabaquero, el general de machete, miró al soldado español y ya no vio a un compatriota; vio a un extranjero más, tan ajeno como el francés o el haitiano.
Santana creyó estar devolviéndonos al hogar perdido. Pensó, con la mentalidad del hijo que aún espera el reconocimiento paterno, que el pueblo recibiría a los españoles con los brazos abiertos, agradecido por fin de volver a la familia. Se equivocó porque no entendió que el pueblo había crecido en la ausencia. Los campesinos que empuñaron el machete en 1863 ya no peleaban contra un invasor; peleaban contra la fantasía de sus propias élites. Peleaban contra la idea de que necesitábamos un padre. En ese sentido, la Guerra de la Restauración fue también una guerra contra el deseo infantil de ser queridos por quien nunca nos quiso.
Los españoles llegaron sin entusiasmo, gobernaron con desdén, y murieron de fiebre amarilla en un terreno que no entendían. Cuando estalló la guerra, Madrid envió refuerzos a regañadientes. Cuando los dominicanos resistieron con machetes y conocimiento del monte, España se retiró sin lamento en 1865.
La Guerra de la Restauración (1863-1865) fue una guerra popular, asimétrica y feroz. Fue la demostración palpable de que la República Dominicana no era el capricho de una élite intelectual en la capital, sino un sentimiento arraigado en la masa rural. Derrotamos al imperio español no con grandes ejércitos, sino con la voluntad de un pueblo que prefería su pobreza soberana a la riqueza subordinada.
Y al ganarla —al expulsar a España definitivamente, sin mediación de nadie— los dominicanos dijeron por fin, con hechos y no con cartas: "No necesitamos que nos quieran. Nos tenemos a nosotros."
Ese retiro selló nuestra identidad nacional. No fuimos liberados por un ejército extranjero (como Cuba en 1898). No negociamos una autonomía (como Puerto Rico en 1897). Nos liberamos solos, contra el imperio que supuestamente nos "protegía". Y en ese acto —en esa guerra sucia, desigual, heroica— el dominicano entendió que su nación no era un regalo de España, ni una concesión de nadie: era algo que había que defender con el cuerpo.
Mientras tanto, en 1865, Cuba y Puerto Rico seguían siendo colonias. Nosotros, "los pobres del barrio", ya éramos dueños de nuestra casa, aunque el techo tuviera goteras.
V. Legado: Soberanía vs. Bienestar o la nación que nadie quiso, pero que se quiso a sí misma
A menudo se nos juzga con dureza por el caos institucional de nuestra Segunda República, comparándonos desfavorablemente con el orden colonial tardío de nuestros vecinos. Es una comparación injusta. La libertad es caótica. Aprender a administrar un Estado sin recursos, sin tradición democrática y bajo amenaza constante requiere un tiempo de aprendizaje sangriento. Nosotros pagamos ese precio en el siglo XIX.
Cuba tuvo que esperar hasta 1898, y su independencia fue secuestrada de inmediato por la Enmienda Platt estadounidense. Puerto Rico pasó de manos españolas a manos norteamericanas sin disparar un tiro de defensa nacional masiva, quedando en un limbo jurídico que, aunque económicamente más estable, ha castrado su soberanía política hasta hoy. Haití, cargando las cadenas financieras de una deuda impuesta en 1825.
Y República Dominicana —pese a dictaduras, corrupción, contradicciones raciales— es una nación soberana que habla español, que exporta cultura, que negocia como Estado en pie de igualdad. No porque España nos diera algo. Sino porque nadie nos dio nada, y tuvimos que construirlo todo.
Ese es nuestro legado frente al resto de las Antillas Mayores hispanas: somos la única nación caribeña que nació sin padrino. Sin metrópoli protectora. Sin potencia que velara por sus intereses. Nacimos solos, en una isla partida, entre el desprecio español y el abrazo asfixiante haitiano. Y en esa soledad forjamos un orgullo feroz: el de quienes no heredaron una patria, sino que la arrancaron de la nada con las uñas.
El Orgullo de la Resiliencia
No escribo esto para denigrar a nuestros hermanos antillanos, sino para revalorizar nuestra propia historia.
Dejemos de lamentarnos por la "España Boba". Ese abandono fue nuestro mayor regalo. Nos obligó a dejar de ser colonos para ser ciudadanos. Nos obligó a mirar a la cara a imperios (España, Francia, Inglaterra, EE.UU.) y vecinos poderosos (Haití) y decir: "Aquí estamos. Pobres, mestizos, imperfectos, pero nuestros."
Somos el único país de América que se ha independizado tres veces (de España en 1821, de Haití en 1844, de España nuevamente en 1865). Esa terquedad histórica no es casualidad; es el callo formado por la fricción de haber sido dejados a nuestra suerte.
No es un orgullo limpio. Está manchado de racismo fundacional, de exclusiones, de mitos necesarios. Pero es nuestro. Y en un Caribe donde tantos pueblos siguen esperando que otros les concedan el derecho a existir, hay algo profundamente digno en haber decidido, una noche de febrero de 1844 frente al río Ozama: "Basta. Esto es nuestro".
No lo regaló España. No lo permitió Francia. No lo respetó Haití. Lo tomamos. Y en esa toma —en ese acto de pura voluntad frente al vacío— reside la esencia más cruda y auténtica de lo que significa ser dominicano: ser nación porque nadie te dejó otra opción que inventarte.
Esta es la herencia más profunda y menos contada de nuestra historia: la independencia dominicana no nació del orgullo de ser grandes, sino de la necesidad de no desaparecer. No hubo en 1844 una arenga triunfalista sobre nuestra superioridad como pueblo. Hubo un grupo de jóvenes que miraron alrededor y vieron un vacío: España no nos quería, Francia nos había vendido, Haití nos absorbía. Y en ese vacío, en esa soledad radical, tomaron una decisión que no era heroica en el sentido épico, sino existencial: "Nos hacemos nación porque no nos queda otra. Porque si no lo hacemos, simplemente dejamos de ser."
Eso no es menos digno que las independencias forjadas en batallas campales contra imperios lejanos. Es, quizás, más auténtico. Porque reconoce que la nación no es un regalo de la historia ni una prueba de superioridad racial o cultural. Es una construcción de emergencia, un salvavidas que nos lanzamos a nosotros mismos cuando las olas amenazaban con ahogarnos.
Fuimos la "peor opción" económica para el imperio, y por eso, paradójicamente, terminamos siendo la mejor versión de una nación independiente en el Caribe hispano. La soledad nos hizo fuertes.
Referencias
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