Cuando quedarse en casa se convierte en una experiencia placentera
Hay una edad o quizá una carga de trabajo, en la que uno descubre algo que veinte años atrás habría parecido casi una derrota social: un sábado perfecto puede consistir en no salir a ninguna parte.
Casi llegando a mis cuarenta años me resulta curioso reconocerlo porque durante mucho tiempo el descanso parecía venir acompañado de una obligación implícita: si era fin de semana, había que hacer algo; si había dinero, había que salir; si alguien invitaba, rechazar la invitación podía interpretarse como aburrimiento, tacañería o falta de vida social. Ahora puedo tener el sábado libre, disponer del dinero para salir, recibir una invitación perfectamente razonable y pensar, con absoluta tranquilidad: no quiero ir a ninguna parte.
No estoy hablando de tristeza, aislamiento ni de esa sensación en la que nada produce placer. Hablo justamente de lo contrario: quedarse en casa puede producir placer. La cama, una película, comida que me guste, música, alguna lectura, quizá dormir a deshora y, sobre todo, no tener que responderle a nadie durante unas horas. El descanso deja de ser la ausencia de actividad y se convierte en una experiencia por derecho propio.
El problema de creer que descansar es “no hacer nada”
Parte de la confusión está en que socialmente solemos valorar mejor el ocio cuando puede narrarse. “Fui a tal sitio”, “comí en tal restaurante”, “me reuní con fulano”, “me di una vuelta por ahí”. En cambio, decir “me quedé acostado todo el día viendo películas” parece requerir una defensa, como si el descanso tuviera que justificar su productividad.
Sin embargo, la psicología del trabajo lleva años estudiando la recuperación fuera de la jornada laboral. Sabine Sonnentag y Charlotte Fritz identificaron cuatro experiencias especialmente relevantes para recuperarse del trabajo: la desconexión psicológica, la relajación, la sensación de dominio o aprendizaje y el control sobre el propio tiempo. Esta última me parece particularmente importante: descansar también consiste en recuperar la autoridad sobre las horas que durante la semana pertenecen a horarios, obligaciones, estudiantes, reuniones, transporte y compromisos.
En otro estudio diario, Sonnentag y sus colegas encontraron que una baja desconexión del trabajo durante la tarde y la noche se relacionaba con mayor fatiga y estados afectivos menos favorables a la mañana siguiente, mientras que la relajación se asociaba con mayor serenidad. Dicho de una manera menos académica: no basta con dejar físicamente el trabajo; el organismo necesita experimentar que el trabajo terminó.
A veces el verdadero lujo del fin de semana no es tener un lugar al cual ir, sino tener un día en el que nadie espera nada de uno.
Cuando uno trabaja con gente todo el día
En mi caso hay una variable que no puedo ignorar: soy docente. Eso significa que de lunes a viernes mi trabajo no consiste únicamente en cumplir horas. Consiste en hablar, explicar, responder, repetir, observar, corregir, manejar grupos, escuchar, decidir, negociar pequeños conflictos, conversar con colegas, coordinadores, estudiantes y luego seguir interactuando hasta con los motoristas o conductores que forman parte del desplazamiento entre un lugar y otro.
Uno puede ser una persona amable, buen compañero e incluso disfrutar muchas de esas interacciones sin que de ahí se desprenda que quiera prolongarlas indefinidamente. Ser sociable no significa necesitar sociabilidad a toda hora. Después de nueve horas de trabajo con alta exposición interpersonal, llega un punto en que mi “presupuesto social” está gastado. El sábado no necesariamente necesito conocer gente nueva ni volver a reunirme con la misma. A veces necesito silencio o un tiempo maravilloso conmigo mismo disfrutando de mis placeres diversos de Streaming (cine, deportes, etc).
Esto no es exclusivo de la docencia, pero los estudios con profesores son particularmente interesantes. Una investigación con 909 docentes finlandeses encontró asociaciones entre experiencias como desconectarse del trabajo, relajarse y tener control sobre el tiempo libre y mejores indicadores de vitalidad y bienestar. Otro estudio con docentes mostró igualmente que las demandas laborales y la recuperación fuera del trabajo se relacionaban con el agotamiento emocional. No significa que todo profesor deba encerrarse un fin de semana; significa algo mucho más sencillo: la recuperación también forma parte del trabajo, aunque ocurra cuando ya uno salió del centro.
El hogar no significa lo mismo para todo el mundo
Hace poco comentábamos ese fenómeno que circula mucho en redes: personas que llegan del trabajo, estacionan el vehículo frente a la casa y permanecen diez o quince minutos dentro antes de subir. Para algunos, el carro funciona como una pequeña zona de transición. Afuera terminó el trabajo; adentro de la casa quizá comienzan otras responsabilidades: pareja, hijos, familiares, tareas domésticas o simplemente una dinámica que exige seguir disponible.
A mí me ocurre casi lo contrario. Siempre pienso: ¿pero ustedes no sienten placer de llegar a su casa? Y ahí entendí que la respuesta depende muchísimo de lo que la casa represente para cada persona. Si el hogar está lleno de tensión, demandas o conflictos, entrar puede sentirse como iniciar una segunda jornada. Pero cuando la casa es precisamente el lugar donde uno puede estar solo, bajar la guardia y dejar de representar ningún papel social, llegar produce alivio.
Para mí esa distinción es fundamental. No necesito diez minutos dentro del vehículo para prepararme psicológicamente para entrar a casa porque es justamente entrando cuando termino de desconectarme del exterior. Mi casa no compite con el descanso: es parte del descanso. En donde pernocta, debe ser el lugar más seguro del planeta que jamás podría estar. Así duermo.
Y entonces llegó el delivery
Aquí aparece una diferencia generacional y tecnológica que me parece divertida. Antes, quedarse en casa también implicaba renunciar a ciertas experiencias. Si uno quería comer algo particularmente bueno- cosa que particularmente me encanta mucho- había que bañarse, vestirse, salir, tomar transporte, llegar al restaurante, esperar, comer y luego regresar. Hoy buena parte de esa logística puede desaparecer con dos o tres toques en una pantalla.
Y ahí, con dinero, conociéndome un poco, puedo ser todavía más “peligroso” quedándome en casa. Porque si tengo buen diente y quiero comer bien, ya ni siquiera la comida funciona como argumento para obligarme a salir. Para eso existen PedidosYa, Uber Eats y servicios similares. Puedo pedir algo que me guste, recibirlo en la puerta y disfrutarlo sin haberme puesto una ropa bonita, sin enfrentar tránsito y, en un día particularmente glorioso, sin haber tenido siquiera que decidir si valía la pena salir de la cama.
Eso cambia bastante el viejo argumento de que “el que no sale es porque no tiene dinero”. Es una explicación demasiado simple. El dinero elimina restricciones, pero no fabrica deseos. Una persona puede tener perfectamente los recursos para salir y preferir gastar parte de ellos en hacer más cómoda la experiencia de quedarse. En cierto sentido, el consumo moderno ha hecho posible convertir la casa en restaurante, cine, tienda, biblioteca, sala de conciertos y lugar de descanso al mismo tiempo y yo además de docente en mi solaz personal, consumo videojuegos, veo mucho cine europeo, disfruto de eventos deportivos y puedo dormir bastante, todo lo anterior con suficiente horario para llenar cualquier agenda sin salir del hogar.
Claro que esto también tiene su reverso. La comodidad puede convertirse en encierro si uno deja de hacer cosas que sí desea hacer únicamente porque todo lo demás requiere esfuerzo. No estoy defendiendo una vida inmóvil- ya expliqué que soy docente a tiempo completo- ni proponiendo la casa como sustituto universal de la calle, de los amigos o de las experiencias compartidas. Lo importante es distinguir entre dos situaciones que desde afuera pueden parecer iguales: quedarse porque uno no tiene ganas de nada y quedarse porque exactamente eso es lo que uno quería hacer.
La adultez también consiste en volverse selectivo
Quizá lo que cambia con los años no sea que uno se vuelva antisocial, aburrido o menos aventurero. Tal vez simplemente empieza a reconocer mejor cuánto cuestan -en tiempo y energía- determinadas experiencias. Una salida ya no vale por el simple hecho de ser una salida. Tiene que competir con algo que a los veinte años quizá no parecía tan atractivo: varias horas enteras bajo nuestro propio control.
Y cuando la semana ya viene llena de voces, horarios, desplazamientos y responsabilidades, esas horas adquieren otro valor. Hay sábados en los que quiero salir, conversar, comer fuera y cambiar de ambiente. Pero hay otros en los que la idea de bañarme, vestirme, desplazarme y volver a insertarme en una dinámica social pierde la competencia frente a una cama, una buena película y una comida pedida desde el teléfono.
No siento que ese día haya sido desperdiciado. Al contrario: hay veces en que justamente eso era lo que necesitaba para sentir que el fin de semana existió.
Quizá una de las pequeñas revelaciones de acercarse a los cuarenta sea descubrir que el descanso no tiene que parecer entretenido desde afuera para ser profundamente placentero desde adentro. Y que tener dinero no obliga a salir, tener amigos no obliga a reunirse, y disponer de tiempo libre no significa llenarlo inmediatamente de actividades.
A veces el plan es precisamente no tener plan. Y cuando la casa es de verdad el lugar donde uno puede bajar la guardia, comer bien, apagar el ruido exterior y recuperar el control del tiempo, quedarse en casa deja de ser aquello que uno hace porque “no apareció nada mejor”.
La casa, entonces, ya no es el lugar donde uno se quedó. Es el lugar al que uno quería llegar.
Fuentes consultadas
Sonnentag, S. & Fritz, C. (2007). The Recovery Experience Questionnaire: Development and validation of a measure for assessing recuperation and unwinding from work. Journal of Occupational Health Psychology. PubMed.
Sonnentag, S., Binnewies, C. & Mojza, E. J. (2008). “Did you have a nice evening?” A day-level study on recovery experiences, sleep, and affect. Journal of Applied Psychology. PubMed.
Virtanen, A. et al. (2020). Relationships between recovery experiences and well-being among younger and older teachers. PubMed.
Study on teachers, job demands, psychological detachment and relaxation during off-job recovery time (2021). PubMed.