Que el miedo a morir no nos impida vivir
Estaba preparando mis apuntes para las clases del día cuando mi suegra se acercó con su celular.
—Junnior, mira esto. Hay que tener cuidado.
Pensé que me mostraría algo sobre un terremoto o alguna otra amenaza. Era un video de un hombre que supuestamente había muerto por usar demasiado el abanico. No terminé de verlo.
—Pero, suegra, la muerte es inevitable. Llevo toda la vida usando abanico.
Me quedé pensando en nuestra preocupación por evitar la muerte. Podemos morir por circunstancias extraordinarias, pero también al atragantarnos con un hueso de pollo, sufrir una caída o dar un mal paso. La fragilidad nos acompaña incluso en los actos más cotidianos.
Claro que debemos cuidarnos: comer lo mejor posible, hacer ejercicio y evitar riesgos innecesarios. Pero ninguna precaución nos garantiza seguir vivos. Podemos hacer nuestra parte sin llegar a controlar cuánto tiempo estaremos aquí.
Después pensé en mi suegra, que me lleva más de veinticinco años. Su preocupación también expresa algo profundamente humano: el deseo de permanecer. Recordé entonces Eclesiastés 3:11, donde se dice que Dios puso eternidad en nuestro corazón. Por muchos años que tengamos, seguimos deseando la vida.
Pero ¿qué hacemos con ese deseo cuando sabemos que no podemos asegurarnos otro día?
Creo que podemos vivir en paz, cumplir nuestras responsabilidades y cuidarnos sin abusar de nosotros mismos ni de los demás. En este calor tropical, no voy a dejar de usar abanico porque alguien haya muerto supuestamente por eso. Aun evitando esa causa, seguiría siendo mortal.
No dediquemos toda la vida a intentar no morir. Luchemos por nuestros sueños, ayudemos a nuestra gente y procuremos hacer más felices sus días. Encomendémonos a Dios para que nos ayude a vivir con sentido y a estar preparados cuando llegue el momento de partir.